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Mamita
Dolores
Teatro
Zamacuco
El siglo
XXI
Mamita Dolores
(Pieza
en un acto)
Personajes
Femeninos:
Dolores
Hija
Masculinos:
El Pescador
Médico 1
Médico 2
Acto único
La sala está en penumbra. El romperse de las olas del mar se
escucha con fuerza. Al parecer todo flota y se mueve, como si la
casa entera, transformada de pronto en un barco, se hallara a merced
de la descomunal fuerza del agua.
Al lado izquierdo del escenario, la cama donde duermen Mamita
Dolores y El Pescador semeja un bote a la deriva que se bambolea al
capricho de las ondas. Cerca del espaldar, hacia el foro, hay un
pequeño lavamanos, jabón, toallas, frascos con cremas diversas y un
espejo. Estos cachivaches, al chocar entre sí, tintinean. A un lado
de la cama, clavado en la pared del foro, hay una percha y de ella
cuelga un vestido rojo.
A
la derecha del escenario, separada por un biombo, hay una salita con
sus sillones antiguos de esterilla bien conservados, una alfombra y
una mesita central. De una de las paredes del foro cuelga un viejo
teléfono. Al fondo la puerta y un par de ventanas, que permanecen
cerradas. En el piso y en las paredes las conchas, las estrellas de
mar, las redes y otros aparejos de pesca se entremezclan en
desorden.
Suena tres veces el timbre, con discretos intervalos. Cesa la furia
del mar, como por encanto. Después se escuchan golpes dados con los
nudillos de la mano sobre la madera. Finalmente se mueve el manubrio
y se abre la puerta. Aparece entonces la cabeza de la Hija.
Hija.- (En voz alta). ¡Mamá! ¡Mamá! ¿No se ha
levantado aún? El mar está picado. ¡Qué temporal!
El Pescador.- (Se incorpora y da suaves golpecitos en la
cara de Mamita Dolores, para que se despierte). Ya está aquí tu
hija, cariño.
Mamita Dolores.- (Sin abrir los ojos). Estate quieto
un rato, por favor. No me has dejado dormir toda la noche. Me muero
de sueño.
Mamita Dolores adopta una posición rígida y vuelve a dormir.
El Pescador.- ¡Como tú quieras, preciosa! El viejo marinero
se sumergirá esta vez hasta las profundidades de tu mar… (Mete la
cabeza bajo el cobertor y desaparece).
La Hija entra. Avanza hasta la mesita central de la sala.
Hija.- (En voz alta). Son las nueve y media de la
mañana, mamacita y usted todavía en la cama… (Aparte). Jesús…
cómo apesta esto. Casi no se puede caminar por aquí con estas
conchas regadas por el piso. Todo está cubierto de arena y escamas
de pescado.
La Hija enciende el interruptor. Una luz mortecina cae perpendicular
desde una lámpara de faro que cuelga del techo. La Hija toma una
escoba y empieza a barrer el piso.
Hija.- Hay que limpiar, claro que hay que limpiar. ¿Y quien
debe encargarse de esto? ¡Yo, por supuesto! Desde que Mamita Dolores
anda con ese viejo inmundo…
La Hija recoge la basura y la arroja en un cesto. Hecho esto, avanza
hasta el biombo y desde allí pregunta:
Hija.- (En voz alta). Soy yo, mamá. ¡Ya
llegué! ¿Puedo pasar? ¡Mamá! ¡Mamá! ¿Está visible?
La Hija retira el biombo y avanza hasta la cama; mira primero con
curiosidad y luego con preocupación e incredulidad el cuerpo rígido
de Mamita Dolores.
Hija.- ¿Qué ha pasado aquí? ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Está?
¿Está muerta? (Grita). ¡Mamita Dolores! ¡Contésteme!
La Hija apoya su cabeza contra el pecho de la madre, para escuchar
los latidos de su corazón.
Hija.- ¡Aún vive! ¡Aún late su corazón! ¿Por qué no
despierta? ¿Por qué no me habla?
La Hija corre hacia el teléfono y marca los números con mano
temblorosa.
Hija.- ¡Hola! ¡Hola! ¡Hermano! ¡Mamá está inconsciente..! (Pausa).
¡Claro que estoy aquí, en la casa de ella! ¿Dónde más podría estar?
¡Aquí, aquí, en la pequeña villa, frente al mar! (Pausa).
Ella insiste en venir acá. ¿Qué culpa tengo yo? Desde que se hizo
amiga de ese inmundo marinero solo quiere pasar aquí, a la orilla
del mar… (Pausa). Ayer por la tarde se cayó. Creo que se
golpeó la cabeza… (Pausa). No, no, no… No es como tú dices…
La muchacha y yo hemos estado cuidándole todo el tiempo… pero ya
sabes cómo es ella… (Pausa). No. Hoy no vendrá la muchacha.
Es domingo, hermano. Los domingos no trabaja. (Pausa).
Anoche, al acostarse dijo mamita que nada le dolía. Se durmió
tranquila, como de costumbre… (Pausa). Sí, sí… claro, claro…
Este rato voy a llamar a la ambulancia… (Pausa). Ven rápido…
te espero. (Pausa). ¡Una cosa más! Llama, por favor, a mis
otros hermanos… (Con voz llorosa). Que vengan todos… Creo que
esta vez la perderemos…
La Hija cuelga el teléfono y se deja caer en uno de los sillones.
Llora amargamente. El ruido del mar se escucha, como el rugido de
una bestia herida.
Mamita Dolores.- (Se incorpora, sin levantarse de la cama
y pregunta). ¿Eres tú hija?
El Pescador.- (Saca la cabeza. Se pone de pies
sobre la cama y mira por encima del parapeto). Es ella, querida…
es tu hija… pero no te responderá. Estoy seguro que no te
responderá. Así son las muchachas ahora.
Mamita Dolores.- ¿Y por qué no me responderá? ¡Ella
siempre responde cuando yo le llamo!
El Pescador.- (Vuelve a meterse debajo del cobertor).
Porque está asustada y llamará nuevamente a los
hombres de la ambulancia. Tú sabes bien que ella… no comprende lo
nuestro…
Mamita Dolores.- No.
No lo hará. Ella no me hará una cosa de esas. (Pausa). ¡Voy a
levantarme este rato y voy a decirle de una vez que no se meta en lo
nuestro… (Lanza a un lado el cobertor, se sienta al borde de la
cama y está a punto de levantarse).
El Pescador.- No te afanes. Lo echarías todo a perder. Ven,
acuéstate. Todavía no ha llegado la hora…
Mamita Dolores se acuesta, adopta la pose rígida y se queda dormida.
El Pescador la cubre amorosamente con el cobertor y se zambulle
dentro de la cama.
La Hija se levanta como un resorte. Avanza hasta el teléfono y
llama al servicio de ambulancias.
Hija.- ¡Hola! ¡Buenos días! ¿Servicio de ambulancias? (Pausa).
¿Podría enviar de urgencia a los paramédicos? (Pausa). Es
para mi madre. Está inconsciente… (Pausa) Ayer se cayó y se
golpeó la cabeza… (Pausa). No llamé ayer porque mi madre dijo
que nada le dolía… Anote la dirección, por favor: Calle de los
Delfines 705. (Pausa). ¡Les espero, gracias!
La Hija retorna a la cama donde yace Mamita Dolores. Levanta el
cobertor y se tapa la nariz, a causa del hedor nauseabundo.
Hija.- ¡Qué asco! ¡Ya me suponía esto! ¡Qué suciedad! ¡Qué
horror! ¡Miren esto! ¿A quien se le ocurre meter en la cama estos
pescados podridos? (Saca algunos pescados y los lanza contra el
piso). ¡Hay que limpiar esto antes de que lleguen los de la
ambulancia!
La Hija toma una toalla y empieza a limpiar.
Hija.- Esta no es la primera vez… Siempre es lo mismo… El
otro día encontré hasta dos caballitos de mar y cinco medusas.
La Hija va hacia el pequeño lavabo, abre la llave y lava la toalla.
Hija.- El colchón está podrido. Hasta me da vergüenza
secarlo al sol. Con lo curiosos que son los vecinos…
La Hija retorna a la cama y continúa la limpieza.
Hija.- ¡Hago lo que puedo! Tres años que cuido a mi madre.
Tres años que le visto, le doy de comer en la boca, le aseo y le
peino. Si alguno de mis hermanos estuviera aquí hasta podría
llevarle a la tina y bañarle… ¡Yo sola no alcanzo a levantarle! (Pausa)
¡Ya está! ¡Por fin he logrado limpiar toda esta inmundicia!
La Hija lava la toalla, después tiende la pieza húmeda sobre el
espaldar de la cama para que se seque. Recoge los pescados del suelo
y los coloca en el basurero.
Hija.- ¿Y esos paramédicos? ¿A qué hora pensarán venir? (Se
sienta sobre la cama) ¡Qué barbaridad! ¡Cómo apesta! ¡Hay que
abrir las ventanas!
La Hija va hacia las ventanas. Las abre. Descorre las cortinas y
deja que penetre a raudales la luz de la playa y el aire fresco. Las
enormes olas danzan afuera como si hubieran enloquecido.
Suena el timbre. La Hija corre y abre la puerta.
Hija.- ¿Son ustedes los paramédicos?
Los Médicos aparecen en el marco de la puerta, elegante y
pulcramente vestidos con sus mandiles blancos. En sus manos cargan
sus enormes maletines negros.
Médico 1.- Somos médicos, señorita. Los paramédicos están en
huelga. Hemos tenido que venir nosotros. ¿No tiene usted problemas
con eso?
Hija.- Supongo que no.
Médico 2.- ¿Podemos pasar? El mar ha enloquecido. Si nos
quedamos aquí hasta podríamos ser barridos por alguna ola.
Hija.- Claro, por supuesto. ¡Qué tonta soy! ¡Entren, por
favor!
Entran los Médicos.
Médico 1.- Qué diferencia. Afuera la tempestad y aquí la
calma. Este es en realidad un ambiente confortable.
Médico 2.- Sí, confortable.
Médico 1.- (Desde una de las ventanas). Miren: el mar
se ha aquietado de pronto. Qué paz, qué tranquilidad. Se ha calmado
el monstruo y ahora se bambolea plácidamente hacia arriba y hacia
abajo. (Pausa). Este sitio resulta increíble, es como estar
en mar abierto: hasta se percibe el olor de la sal…
Hija.- Debe ser la humedad. La casa es antigua… y cuando los
vecinos riegan su jardín el agua filtra por las paredes…
Médico 2.- ¿Podemos sentarnos?
Hija.- ¿No quisieran primero auscultar a mi madre?
Médico 1.- Bueno… sí. Nos gustaría auscultar a su madre, pero
tenemos previamente que llenar los cuestionarios, verificar los
papeles… en fin… los trámites de rigor…
Los Médicos se sientan cómodamente en los sillones y dejan sus
maletines sobre la mesita central.
Hija.- ¡Pero mi madre está muy mal! ¡Está inconsciente desde
anoche! ¿No podrían dejar para más tarde la verificación de los
documentos?
Médico 2.- Nada podemos hacer nosotros. Son las reglas de la
compañía… Son disposiciones estrictas y no tenemos autorización para
saltar sobre los procedimientos. Se han dado tantos y tantos casos:
gente que nos llama y jura que tiene derecho a recibir el servicio,
pero no lo tiene; gente que dice que pagará en efectivo, pero no
paga y tenemos que retener luego al enfermo, en garantía del pago…
Médico 1.- ¿Tiene algún seguro médico su madre o va a
cancelar nuestros servicios profesionales en efectivo?
Hija.- Mi madre está asegurada.
Médico 1.- ¿Nos permite mirar los papeles?
La Hija va hacia el velador y empieza a hurgar en los cajones.
Hija.- Los papeles… los papeles… ¿Dónde están esos malditos
papeles?
El Médico 1 saca una cajetilla y ofrece un cigarrillo al Médico 2.
Ambos galenos llevan los cigarrillos apagados a sus labios.
Médico 1.- ¿Nos permite fumar?
Hija.- ¿No le hará mal el humo del cigarrillo a mi madre?
Médico 2.- Eso no podemos saberlo. Todavía no la hemos
examinado. No tenemos un diagnóstico.
Hija.- Entonces… sería mejor que no fumen, al menos por
ahora…
Los Médicos, visiblemente molestos guardan los cigarrillos en la
cajetilla.
Médico 1.- Ese olorcito… ese agradable olorcito… me gustaría
tener una casa como esta. (Pausa). Perece un barco, sí, un
barco que navega a la deriva por piélagos ignotos.
Hija.- ¡Aquí están los papeles del seguro! (Toma los
papeles y le entrega al Médico 1).
El Médico 1 examina los papeles y los pasa luego al Médico 2.
Médico 1.- Parece que todo está en regla.
Médico 2.- Sí, todo parece estar en regla.
Hija.- ¿Entonces la auscultarán?
Médico 1.- Sí, claro, la auscultaremos…
Médico 2.- Solo permítanos llenar la ficha médica, por favor…
Médico 1.- Son los reglamentos…
Médico 2.- ¿Nombre de la paciente?
Hija.- Mamita Dolores.
Médico 2.- ¿Solo así? ¿No tiene apellidos?
Hija.- No, no los tiene. Mire, aquí está su cédula de
identidad, si quiere verificar lo que le digo.
Médico 2.- No hace falta. ¿Edad?
Hija.- Ochenta y cinco años.
Médico 2.- ¿Estado civil?
Hija.- ¡Viuda! (Llora). Ella empezó a ponerse malita
luego del naufragio en el que perdí a mi padre… Mi padre era
pescador, ¿sabe..? Él construyó esta casa… Se querían tanto… eran el
uno para el otro…
Médico 2.- Entonces… su madre es viuda… y vive sola…
Hija.- No. Vive con su conviviente. Ese es precisamente el
problema. (Pausa). Cuando Mamita Dolores conoció a ese
maldito marinero perdió la cabeza. ¿Me entienden ustedes? Perdió la
cabeza…
Médico 1.- Sí, claro… eso es bastante común…
Médico 2.- ¿Entonces… su actual estado civil… digamos… ha
cambiado de viuda… a casada?
Médico 1.- ¿Se ha casado su madre con ese marinero?
Hija.- ¡Claro que no! ¡Qué cosas dice usted! ¿Cómo podría
casarse con un hombre así? (Pausa). Un ser tan repulsivo…
Médico 1.- ¿Repulsivo dice? ¿Puede ser más explícita?
¿Conoce usted al conviviente de su madre? ¿Lo ha visto? ¿Ha
conversado con él? ¿Podría describirlo?
Hija.- No, no, no. Jamás lo he visto. Jamás he hablado con
él, pero no lo soporto… Mire toda esta inmundicia. (Muestra el
tarro de la basura). Pescados podridos, arena, conchas y
caracoles. Todo esto lo trae él… Pero mi madre dice que son regalos,
muestras de su inefable amor…
Médico 1.- Sí, claro… eso es bastante común…
Médico 2.- ¡Regresemos, por favor, a la ficha!
¿Enfermedades anteriores?
Hija.- Las comunes, las que tiene todo el mundo: gripes, a
veces alguna tos… un dolor de estómago… un dolor de muelas…
Médico 2.- (Hace una enumeración muy rápida de las
enfermedades, como si recitara alguna letanía). ¿Epilepsia?
¿Tuberculosis? ¿Algún tipo de cáncer? ¿Osteoporosis?
¿Osteomielitis? ¿Sarcoma? ¿Sida? ¿Mal de Parkinson? ¿Herpes?
¿Disentería?
Hija.- No, no, no, no, nada de eso…
Médico 1.- ¿Alergias? ¿Cálculos biliares? ¿Poliomielitis?
¿Enfermedades gastrointestinales? ¿Sífilis? ¿Meningitis?
¿Apendicitis? ¿Colitis?
Hija.- No, no, no, no, nada de eso…
Médico 2.- Bueno… creo que es todo.
Médico 1.- ¿Dónde está la enferma?
Hija.- Está aquí, en la cama, doctor.
Los Médicos toman sus maletines y se aproximan a la cama de Mamita
Dolores.
Médico 1.- ¿Podemos verla?
Hija.- Claro, sigan ustedes.
Médico 2.- (Mira con curiosidad el vestido rojo). ¿Ese
vestido es de su madre?
Hija.- ¿Por qué lo pregunta?
Médico 2.- Esos vestidos estuvieron de moda hace muchos,
muchos años… probablemente cuando su madre era joven. (Al Médico
1). ¿Vio usted el reportaje, colega?
Médico 1.- Sí. Lo pasaron por la televisión. Hasta habían
hecho un porro. (Toma el vestido, se lo coloca delante, como si
fuera a bailar con alguna chica y canta):
Esa de rojo que viene allí
Cuando la miro no sé que me da
Hay, hay, qué barbaridad.
Hay, hay, ya no aguanto más.
La Hija le quita el vestido al Médico y lo cuelga nuevamente en
la percha.
Hija.- Mi madre adora ese vestido. Dice que mi padre le dio
cuando eran novios.
Los Médicos abren sus maletines y van colocando parsimoniosamente
sobre la cama una gama completa de frascos, esparadrapos, jeringas,
pinzas, tijeras, estetoscopios y otros instrumentos quirúrgicos.
Médico 1.- (Al Médico 2). Me encanta su equipo,
colega.
Médico 2.- (Al Médico 1). Lo compré la semana pasada
en New York. Este es uno de los más completos y modernos kits
que existen en el mercado.
Médico 1.- (Al Médico 2) ¡No lo dudo! (Pausa).
¿Y este aparato… para qué se utiliza?
Médico 2.- (Al Médico 1). No sé. Aún no he leído las
instrucciones.
Médico 1.- (Al Médico 2). Sí, claro. A mí me suele
pasar igual… (Se coloca uno de los estetoscopios). A ver…
veamos ese corazoncito… (Coloca el estetoscopio sobre el pecho
de Mamita Dolores). Suena bien… tiene ritmo. (El Pescador
emerge de entre el cobertor y muestra su pecho desnudo. El Médico
coloca su estetoscopio sobre el pecho de El Pescador). Sin
embargo… hay algo raro… bastante raro… se diría que hay un ruido…
algo como un eco… ¡Escuche usted, colega!
El Médico 2 se pone el estetoscopio y ausculta el pecho de Mamita
Dolores y luego el pecho de El Pescador.
Médico 2.- (Al Médico 1). Se diría que laten dos
corazones. Sí. Se escucha perfecta y nítidamente el latido de dos
corazones.
El Pescador.- (A la Hija). A mi me parece totalmente
normal que se escuche el latido de dos corazones. Mi corazón y el
corazón de tu madre, querida…
Médico 2.- (A la Hija). ¿Sufre su madre del síndrome
de corazón dual?
Hija.- ¿Qué es eso?
Médico 1.- El colega quiere saber si su madre tiene dos
corazones: uno a la derecha y otro a la izquierda…
El Pescador.- (A los Médicos). ¿Qué tonterías están
diciendo ustedes? ¡Dos corazones! ¿A quién se le ocurre una necedad
como esa?
Hija.- ¿Dos corazones dicen ustedes? No lo sé. Ella siempre
ha sido tan especial… (Pausa). ¡Mírenla! ¡Hagan algo,
por favor! ¡Se está muriendo! Respira con mucha dificultad. Parece
que la flema le tapa la garganta.
Médico 2.- Sí, claro, ya lo habíamos notado. ¿Nos deja
trabajar, por favor?
Médico 1.- Una gran cantidad de flema se ha acumulado en la
garganta, colega. Si llevamos a la paciente hasta el hospital, en
ese estado probablemente no sobreviva…
Médico 2.- Tiene usted razón, colega. Debemos proceder.
Médico 1.- Sí, claro, debemos proceder.
Médico 2.- (A la hija). ¿Le puede abrir la boca, por
favor?
La Hija intenta abrir la boca de Mamita Dolores, pero no lo logra.
Hija.- Está remordida, doctor.
Médico 1.- Tengo una pata de cabra, es infalible para estos
casos. (Toma un hierro largo y lo muestra con orgullo). Para
usar esto debo necesariamente subir a la cama. (A la Hija).
¿Me permite?
El Pescador.- ¿Uno más a la cama? ¡Vaya si esta gente es
atrevida! No quiero ver eso. Yo no puedo ver eso. (Se zambulle
dentro del cobertor y desaparece).
Hija.- ¿No va usted a lastimar su boca?
Médico 1.- Le lastimaré un poco, sí... pero también le
curaremos eso… qué caray… ¿No somos médicos?
El Médico 1 sube a la cama. Se para con las piernas abiertas, detrás
de Mamita Dolores. Empuja con fuerza la pata de cabra y logra abrir
la boca de la enferma. La boca sangra.
Médico 1.- ¡Qué mandíbulas para poderosas! ¡Casi logra
vencerme! ¡Pero este aparato es infalible! Allí está, la boca
totalmente abierta.
Mamita Dolores vomita un chorro de sangre. El mandil del Médico 2 ha
quedado manchado de rojo.
Médico 2.- Ha vomitado la paciente. Yo no esperaba esto. (A
la Hija). Usted nada nos dijo sobre estos contratiempos… (Pausa).
¿Qué comió ayer la paciente?
Hija.- Pan y un poco de leche…
Médico 2.- ¿Pan y leche? ¿Nada más? ¿Y entonces por qué razón
ha vomitado sangre?
Hija.- ¡No lo sé doctor! ¿No se habrá lastimado con la pata
de cabra?
El Médico 1 se baja de la cama de un salto.
Médico 1.- ¿Qué está insinuando, señorita? ¿No se da cuenta
que esa sangre es negra y está llena de coágulos? La enferma tiene
un derrame interno… Díganos… cuando se cayó… ¿se fracturó alguna
costilla?
Hija.- No lo sé doctor.
Los dos Médicos levantan las cobijas y desnudan el pecho de la
enferma.
Médico 1.- ¿Lo ve, colega? Yo tenía razón. Toque, toque aquí…
hay una costilla rota.
Médico 2.- (A la Hija). ¿Por qué nada nos dijo sobre
la costilla rota?
Hija.- ¿Y cómo podía yo saber que Mamita Dolores tenía una
costilla rota?
Médico 2.- Cuando ella se cayó… ¿No fue usted la que le
levantó del suelo?
Hija.- Sí, claro, fui yo… pero ella me dijo que nada le
dolía…
Médico 1 y Médico 2.- ¡Anómalo!
La enferma lanza otro chorro de sangre.
Médico 1.- Tenemos que entubar.
Médico 2.- Sí, hay que entubar, caso contrario podría
ahogarse en su propia sangre.
Los Médicos toman una sonda gruesa, de plástico, la desdoblan.
Colocan en uno de los extremos una boquilla, para remorderla entre
los dientes. Suben los dos a la cama y empiezan a entubar a la
paciente.
Médico 1.- Nada hay como el plástico alemán. Fíjese, colega,
con qué facilidad entra por la garganta y desciende por la traquea.
Médico 2.- ¿Y la boquilla es también alemana?
Médico 1.- No. La boquilla es china… pero funcionará… (Pausa).
Estamos acercándonos ya a la boca del estómago… Un empujoncito más
y…
La sangre empieza a fluir por el tubo, como si se tratara de una
pileta de agua.
Médico 1.- Lo que sospechaba…
Médico 2.- Menos mal que la entubamos a tiempo.
Hija.- ¿Nada harán para parar la sangre?
Médico 1 y Médico 2.- (Muy molestos). ¡Déjenos
trabajar, señorita! ¡Ocúpese de sus cosas!
Hija.- ¡Oh, madre mía! ¡Oh, madre mía! ¿De dónde brota tanta
sangre?
Médico 1.- (Al Médico 2). Mire, colega. Con esta llave
de paso podemos regular el flujo.
El Médico 1 abre y cierra la llave. El chorro de sangre aumenta o
disminuye a voluntad.
Médico 2.- ¡Qué maravilla! (Pausa). ¿Un suero?
Médico 1.- ¡Por supuesto, un suero!
Médico 2.- (Al Médico 1). Canalice usted la vena,
colega, mientras yo preparo el equipo.
Los Médicos colocan el suero y aseguran la muñeca de la enferma con
grueso esparadrapo.
Médico 1.- (A la Hija). Su madre tiene muy buenas
venas. Eso sí que le puedo asegurar. Hasta un ciego podría canalizar
esas venas.
Médico 2.- (Al Médico 1). ¿Oxígeno?
Médico 1.- (Al Médico 2). Sí, colóquele usted la
máscara, mientras yo preparo el tanque.
Los Médicos colocan el oxígeno a la paciente.
El Médico 2 toma la presión a Mamita Dolores.
Médico 2.- (Al Médico 1). ¡Increíble! Mire como baja.
Mire como baja.
Médico 1.- (A la Hija). Voy por la camilla.
Tendremos que llevar a su madre a la clínica. (Sale).
Médico 2.- Sí, la tenemos que llevar de urgencia. La estamos
perdiendo. Su presión ha bajado completamente.
Mamita Dolores se levanta de la cama. También lo hace El Pescador.
Mamita Dolores.- Hija mía. Hija, no te desesperes. Me voy con
él, con tu padre. ¿No quieres tú también venir con nosotros? Es una
mañana tan hermosa.
El Pescador.- Vamos, querida. Se hace tarde. Pronto empezará
a subir la marea.
Mamita Dolores.- Deja que me cambie de ropa, querido. (Se
quita la ropa y la acomoda sobre la cama. Toma el vestido
rojo y se viste. Se mira coquetamente al espejo). Siempre me
gustó este vestido. Gracias por regalármelo.
El Pescador.- ¡Qué hermosa te ves!
Salen Mamita Dolores y El Pescador.
Entra con la camilla el Médico 1.
Médico 1.- (Al Médico 2). ¿Me ayuda, colega?
Entre los dos Médicos cargan la pesada ropa de cama de Mamita
Dolores.
Médico 2.- Está muy pesada.
Médico 1.- Está muy rígida. Creo que la perdimos.
Hija.- (Mira hacia la percha donde estaba colgado el
vestido rojo y la encuentra vacía). ¿Y el vestido rojo? ¿Cómo no
me di cuenta? ¡He sido una estúpida! (Como si despertara de una
pesadilla). ¡Mamá!. ¡Papá!. ¡Espérenme! Yo también iré. Sí.
Claro que iré con ustedes. (Se precipita a la puerta).
Afuera ruge el mar.
Telón |