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Fernando Vallejo
y sus tratos con la muerte
Por
Gabriel Jiménez Emán
Confieso que últimamente he dejado al azar
mis encuentros con obras recientes. La publicidad o las recomendaciones
poco me sirven en el momento de elegir algún libro o autor, tan
dispar y variada es la oferta de libros en el "mercado",
aún aceptando que tal especie exista cuando hablamos de arte literario.
Las preferencias personales no se miden por el tamaño de las campañas;
simplemente existen las obras y un azar que las congrega en nuestras
manos, acaso cuando estamos menos despabilados, cuando no andamos
en busca de una sorpresa o de uno de esos autores tan abombados
por las promociones que de entrada nos parecen sospechosos. Aún
así, el azar sorprende de cuando en cuando nuestra sensibilidad
y nos depara, por vías del asombro, una que otra obra.
Por
esta vía cae en mis manos la novela El desbarrancadero (Alfaguara,
Bogotá, 2001), de Fernando Vallejo, un escritor de quien nunca había
oído hablar. Se nos informa en la solapa de esta edición que es
autor de cinco novelas autobiográficas, escritas todas en México,
donde reside, reunidas bajo el título de El río del tiempo, y es,
además, cineasta y biólogo.
De
entrada, la novela parece ir naufragando en sus detalles, en demasiadas
anécdotas, en un tropel de información en crudo, apabullante, como
si tuviésemos que penetrar en un mundo preestablecido sin ningún
preámbulo y aceptarlo sin más ni más. Se le admite o no, se sigue
en su sintonía o se le abandona: esa es su apuesta y su riesgo.
En un primer momento no me atrapó, pero en el segundo lo abrí y
me dejé llevar por sus leyes narrativas, nada suaves, nada reconfortantes.
Por lo contrario, se trata de un mundo sórdido, dominado por el
humor cruel, por la escatología, las enfermedades, las drogas, el
odio o la locura, pero también poblado de una peculiar sinceridad,
expresada a través de un lenguaje cáustico, despellejado, que va
entrando en el ámbito de una casa colombiana de Medellín, la familia
Rendón, y va como buscando en los intersticios de ésta las claves
de una serie de taras sentimentales, sociales y culturales para
exponerlas en una red de situaciones fuertes que van urdiendo la
trama del libro, sin ambages, de modo implacable, sin retóricas
ni dobleces.
Vallejo narra de modo frontal, descarga las anécdotas desde el principio
con toda la bilis del caso. El personaje narrador, Fernando Rendón,
está ya muerto, pero igual habita en esa casona de Medellín donde
acaba de morir de sida su hermano Darío ("que vive como un
incendio"), y se vale del recuerdo de ese querido hermano,
vividor, fumador de marihuana, homosexual como él. Son víctimas
directas de su madre, a quien Fernando llama la Loca, y del odio
de otro de sus hermanos, a quien llama el Gran Guevón, para ir presentándolos
en un cuadro bastante corrosivo donde la crueldad cotidiana, los
vicios y la desidia van recomponiendo el universo de la novela.
No
tiene empacho Vallejo en ir describiéndonos la mandonería de la
Loca, de su obsesión de entregarse a las enfermedades y los médicos,
y en describirnos su "hijoeputez" y la de otros, esto
es, "la maldad de un demonio que sólo existe en Colombia, puesto
que sólo en Colombia hemos sido capaces de nombrarlo". También
nos describe sus raptos de psicosis y su vocación de caos, traducción
de un matriarcado ejercido en medio de un enjambre de existencias
atribuladas, que sería difícil calificar siquiera de "familia".
El componente básico de todos ellos es la desilusión, ese fatum
de la despreocupación y la desesperanza que les lanza por el desbarrancadero:
de la droga, de la evasión, los placeres fáciles y los paraísos
artificiales. Todo esto ha permitido presentar a esta novela como
una "metáfora de la muerte", pero también en una experiencia
"desolada y conmovedora."
Es
obvio que Vallejo ha explorado buena parte de la riqueza sentimental
y humana de estos personajes, nos ha brindado un fresco bastante
rico de situaciones y de estados de ánimo que son como pesadillas
íntimas: todo ello inyectado de un humor implacable, herramienta
que usa para sacar a flote todo tipo de detalles escabrosos, mezclando
los afectos dulces a los amargos, la ternura juvenil a los estados
depresivos, y a conjugar y complejizar los contextos políticos a
los tejidos sociales.
La
nota editorial nos dice que Vallejo rompe aquí con el punto de vista
tradicional del narrador omnisciente, del que todo lo ve y sabe,
y asume en cambio su voz propia, su Yo con todo lo que éste implica.
Si se nos habla de su carácter autobiográfico; no obstante, si hemos
de tomar a esta novela como una crónica donde apenas varían nombres
y algunas situaciones, estaríamos corriendo el peligro de identificar
la prosa artística con la prosa testimonial o periodística, o acaso
con algún viso cinematográfico, con ciertas chaturas y obviedades
del cine realista. Pero no, habría que admitir que Vallejo logra
encantarnos con este fresco del mal, aún en medio de un lenguaje
prolijo, donde algunas anécdotas lucen demás y ciertas situaciones
son prescindibles o prosaicas.
La
muerte de Darío, principal acicate de la narración, va abriendo
vías en la historia y develando en medio de la agonía de éste las
señas de un destino trágico, o mejor dicho, de los destinos fatídicos
que suelen moverse en tierra colombiana, merced a los diversos registros
de la vida interiorana, poblada de presencias atávicas y de tratos
cotidianos con espectros, donde los fantasmas de la psique acechan
a cada personaje y lo lanzan al ruedo de una azarosa existencia;
aunque casi siempre tales existencias se hallen bien metidas en
sus moldes primitivos, y desde esa misma elementalidad vayan construyendo
sus mundos mágicos y reveladores gracias a su humor, a sus aspectos
cómicos e hilarantes, sin los cuales la lectura de esta obra resultaría
poco menos que una pesadilla.
La
primera acción novelesca la marcan las enfermedades, el sida de
Darío, la sífilis, la adicción a la marihuana, al alcohol, al bazuco,
o el paraíso de la comida. Apenas se nos habla de Silvio, el hermano
suicida, o de Carlos, que atenúa la temperatura mórbida del ambiente.
Hay un fragmento genial, donde cielo e infierno están descritos
desde una óptica de placer degustativo: "El cielo me lo imagino
como unos chicharrones de manteca de cerdo, fritos en si mismos,
crepitando de rabia y cargados de colesterol que me forme
un trombo que me obstruya las arterias y me paralice el corazón".
Del
mismo modo, se puede mostrar la mecánica del poder político en Colombia,
que podría resumirse en estas palabras: "Masturba al pueblo,
adula a los poderosos, llora con los damnificados, y a todos promételes,
promételes, promételes, y una vez elegido proclama a los cuatro
vientos tu amor a tu país, pero si te lo compran véndelo, y si no
hipotécalo que las generaciones venideras pagan: el futuro es de
los jóvenes."
Son
apenas dos ejemplos al azar de páginas donde se respira la anti-hipocresía
y el estallido de las convenciones: el sacrilegio traducido en la
constante burla al Papa, a los curas católicos o a Dios, o la mofa
hecha de la institución médica, o la práctica del racismo con los
negros o la crítica de la fe. Se abunda en escatologías y se hace
énfasis en la fatalidad de los seres y en la pérdida de ilusiones
y esperanzas. Por contraparte, se impone la existencialidad, el
vivir por el vivir, el goce del instante mientras se pueda. Lo demás
es una visión apocalíptica del existir, del propio país, del destino.
Tanto así que Fernando Rendón, el narrador, ya está muerto cuando
inicia la historia, y no hace sino reconstruir, desde su propia
muerte, el absurdo de la vigilia. Sin más, nos dice el narrador
que "el hombre nace malo y la sociedad lo empeora. Por amor
a la naturaleza, por equilibrio ecológico, para salvar los vastos
mares hay que acabar con esa plaga."
Lentamente se va acercando al momento de explicar el definitivo
declive familiar. Un crescendo trágico empieza desde la página 164
y ya es imposible detenerlo; como un remolino, la muerte se va tragando
todo. El hombre no es allí sino "una mísera trama de recuerdos".
Así se dice que "es en la lobreguez viscosa del útero ciego
donde se registran todas las desdichas humanas, pugnando por salir",
o se nos habla de "la pobre vida, que es nuestra forma optimista
de llamar a la muerte".
Tenemos, pues, a un libro que no está hecho para paladares suaves
o delicados. Es una obra que hay qué leer con el estómago bien puesto
y con la mueca de cierto ánimo risueño como exorcismo, sino queremos
sucumbir al desánimo o la depresión. La novela no tiene capítulos
ni acápites, ni separaciones espaciadas. Sería una novela-río de
no ser por los párrafos dictados por los puntos y aparte. Hay en
ella un diestro manejo de los diálogos y los registros orales y
de localismos colombianos, bien insertos en el discurso central.
Pese a su cercanía con la crónica y con ciertos giros chatos del
periodismo, la novela alcanza buenos momentos expresivos. Hasta
se da el lujo Vallejo de usar la jerga farmacológica y médica y
hasta ciertos giros en latín para lograr efectos ridículos, para
burlarse de la novela intelectual y de ciertas formas "bellas"
de narrar. Sería interesante asistir a la visión de Vallejo sobre
Nueva York o México, cotejadas con su escenario colombiano.
De
haber sido una novela más extensa, quizá habría sido asfixiante
para el lector, con su abalorio de dramas escatológicos y tragedias
a la orden del día. Salió en cambio una obra breve, que no alcanza
las doscientas páginas. Ello le pareció suficiente a Vallejo para
llevar a cabo esta terrible relación de hechos, sucesos o historias
--las cuales preferimos ficcionadas que comprobadas-- de una familia
colombiana de Medellín, en el ocaso aciago del segundo milenio.
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