agencia de NOTICIAS LITERA
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New York, NY. EE.UU. Año 6- - |
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Julio 15 / 2006 |
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YO MATÉ AL CHE Víctor Montoya*
Su voz, enronquecida por el tabaco y el asma, me golpeó en los oídos, al tiempo que sus palabras me provocaron una rara sensación de odio, duda y compasión. No entendía cómo un prisionero, además de esperar con tranquilidad la hora de su muerte, podía calmar los ánimos de su asesino. Levanté el fusil a la altura del pecho y, acaso sin apuntar el cañón, disparé la primera ráfaga que le destrozó las piernas y lo dobló en dos, sin quejidos, antes de que la segunda ráfaga lo tumbara entre los bancos desvencijados, los labios entreabiertos, como a punto de decirme algo, y los ojos mirándome todavía desde el otro lado de la vida. Cumplida la orden, y mientras la sangre cundía en la tierra apisonada, salí del aula dejando la puerta abierta a mis espaldas. El estampido de los tiros se apoderó de mi mente y el alcohol corría por mis venas. Mi cuerpo temblaba bajo el uniforme de verde olivo y mi camisa moteada se impregnó de miedo, sudor y pólvora. Desde entonces han pasado muchos años, pero yo recuerdo el episodio como si fuera ayer. Lo veo al Che con la pinta impresionante, la barba salvaje, la melena ensortijada y los ojos grandes y claros como la inmensidad de su alma.
Lo peor es que cada 9 de Octubre, apenas despierto de esta horrible pesadilla, mis hijos me recuerdan que el Che de América, a quien creía haberlo matado en la escuelita de La Higuera, es una llama encendida en el corazón de la gente, porque correspondía a esa categoría de hombres cuya muerte les da más vida de la que tenían en vida. De haber sabido esto, a la luz de la historia y la experiencia, me hubiese negado a disparar contra el Che, así hubiera tenido que pagar el precio de la “traición a la patria” con mi vida. Pero ya es tarde, demasiado tarde...
A veces, de sólo escuchar su nombre, siento que el cielo se me viene
encima y el mundo se hunde a mis pies precipitándose en un abismo. Otras
veces, como me sucede ahora, no puedo seguir escribiendo; los dedos se
me crispan, el corazón me golpea por dentro y los recuerdos me remuerden
la conciencia, como gritándome desde el fondo de mí mismo: “¡Asesino!”.
*Víctor Montoya. Escritor boliviano radicado en Suecia.
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