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Nació el
30 de mayo de 1931 en Oviedo y a los dos años y tras la muerte de su
padre, se trasladó a León junto a su madre, ciudad en la que siempre
ha vivido y donde dirige la Fundación Sierra-Pambley, creada en 1887
por Francisco Giner de los Ríos con los principios de la Institución
Libre de Enseñanza. De formación autodidacta empezó a trabajar en
1945 como recadero en un banco durante muchos años, actividad que
compaginó con estudios medios, publicó sus primeros poemas en 1960,
como los escritos en 1947 'Sublevación inmóvil'. En ese mismo tiempo
escribió 'Blues castellano', que entonces no editó por razones de
censura. Perteneciente sólo por edad a la Generación de los 50,
aunque alejado del sentir poético con el que se inició este grupo
inclinado por la poesía social, con el que no tuvo nada que ver,
Gamoneda vivió activamente también los momentos de la resistencia
antifranquista. Tras la muerte de Franco y tras años de silencio
poético aparecieron sus libros: 'Descripción de la mentira',
'Lápidas', 'Arden las pérdidas' o 'Libro del Frío'. También ha
publicado estudios monográficos de escultores, como José Luis
Sánchez (1981) y Julio Hernández (1981), y de los pintores Francisco
Echanz (1978) y Juan Barjola (1980). Doctor 'honoris causa' por la
Universidad de León, también posee el premio Nacional de Poesía en
1986 por 'Edad', y fue nominado al Premio Europa. Aparece incluido
en la antología 'Insulas extrañas' y su poesía completa (1947-2004)
ha quedado reunida en el volumen 'Esta luz', editado por Galaxia
Gutenberg-Círculo de Lectores. Una de las voces más hondas y
singulares de la poesía en lengua española, ha merecido a lo largo
de su vida premios como el Nacional de Poesía, el Premio Castilla y
León de las Letras y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Ganó
el Premio Cervantes 2006, considerado el más prestigioso de las
letras hispanas y que concede el Ministerio de Cultura de España en
reconocimiento al conjunto de la obra de un escritor.
Aún:
Hubo un
tiempo en que mis únicas pasiones eran la pobreza
y la
lluvia.
Ahora
siento la pureza de los límites y mi pasión no existiría
si
dijese su nombre.
Alguien
ha entrado en la memoria blanca, en la inmovilidad
del
corazón.
Veo una
luz debajo de la niebla y la dulzura del error me hace
cerrar
los ojos.
Es la
ebriedad de la melancolía; como acercar el rostro a una
rosa
enferma, indecisa entre el perfume y la muerte.
Hablan
los manantiales en la noche, hablan en los imanes
del
silencio.
Siento
la suavidad de las palabras olvidadas.
La
obscenidad entró en mis huesos y, más tarde, aquel aceite
sigiloso, el que prepara el corazón.
Ahora
vendrán los días de las grandes milongas.
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