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Nació el 20 de octubre de 1854 en Charleville, departamento de
Ardenas. Hijo de una campesina y de un militar aventurero que
abandonó mujer e hijos. Educado en un colegio laico, con 8 años
compone sus primeros trabajos conocidos en prosa. Estudiante
prodigio y niño modelo, gozó de una ardiente fe religiosa que le
valió el sobrenombre de "El cochino santurrón". En 1870, el año en
que termina sus estudios secundarios, la Revue pour tous publica el
poema "Los regalos de los huérfanos". En agosto de ese año realiza
su primera escapada a París. El dinero que tiene para el billete no
es suficiente, de modo que se cuela en el tren. Detenido y
encarcelado, será su profesor de retórica -Georges Izambard- quien
acuda en su auxilio. Cuando vuelve a Charleville sólo tiene una
idea: "todo menos trabajar". Cuando en París estalla la Comuna
(1871), Rimbaud corre a la capital a reunirse con los comuneros.
Junto a los revolucionarios redactará himnos y manifiestos. Abandona
por sus groserías y la mala calidad de su dieta alimenticia.
Desengañado del ideal revolucionario, abraza el nihilismo, merced a
ello concebirá algo inusitado hasta entonces: una poesía que busca
inspiración en la disipación, la negación absoluta de todos los
valores -tanto los revolucionarios como los burgueses- y el abismo.
El 13 de mayo, escribe a Izamard, una primera carta sobre la
videncia, el 15 le escribe a Paul Demeny la Carta del Vidente; envía
a ambos varios poemas. Un anarquista amigo de Izamard le pone en
contacto con Paul Verlaine, a quien remitirá el poema "El barco
ebrio". A la sazón, Rimbaud cuenta 17 años; el autor de los 'Poemas
saturnianos', diez más. Entre agosto y septiembre se escribe con
Paul Verlaine, quién lo califica como verdadero poeta y como
vidente. Paul Verlaine lo llama a París y Arthur llega y vive junto
a Verlaine y su esposa, en casa de los padres de esta. Frecuenta en
París a Jean Richepin, Etienne Carjat y Jean Louis Forain.
Perdidamente enamorado, Verlaine dejará atrás su familia y su
modesto empleo de funcionario para viajar con Rimbaud a Bélgica y a
Inglaterra. Se engaña, lo que para él no es más que un frenesí que
viene a justificar su propuesta estética, para Rimbaud es el vértigo
de la autodestrucción. Las veladas de absenta y hachís de los dos
poetas constan en los anales del desorden y el exceso, entre una y
otra, Rimbaud escribe 'Una temporada en el infierno' (1873).
Finalmente, Verlaine, enloquecido y celoso, descerraja un tiro en el
pecho de Rimbaud. Recluido Verlaine en una cárcel belga, Rimbaud
regresa a Francia, pero su carrera literaria se ha visto seriamente
afectada por el escándalo. El resto de los escritores le dan la
espalda. A partir de 1874 vive en Londres con el poeta Germain
Nouveau. Allí permanecerá casi todo el año; escribe sin duda la
parte más grande de Iluminaciones. En 1875, desde Charleville, en
enero, parte hacia Stuttgart con la intención de aprender alemán.
Obtiene un puesto de preceptor. A fines de febrero se encuentra con
Verlaine. Rimbaud va de Stuttgart a Milán a pie. Repatriado por
intervención del cónsul francés en Livonia, en otoño se encuentra
nuevamente en Charleville. Continúa el estudio de las lenguas
españolas, italianas, árabes, etc.. el propio Rimbaud quema todos
sus manuscritos y deja de escribir. A partir de entonces subsistirá
como mercader en tierras africanas, donde contrae matrimonio con una
abisinia. El tráfico de armas también fue otra de sus fuentes de
ingresos por aquellos parajes. Verlaine, convencido de que Rimbaud
había muerto, recopiló sus poemas en Iluminaciones (1886). Esta obra
contiene el famoso Soneto de las vocales, en el que a cada una de
las cinco vocales se le asigna un color. En febrero de 1891, debido
a fuertes dolores en la rodilla, es llevado a Adén y en mayo, en
Marsella le es amputada una pierna. Viaja junto a su familia a un
pueblito de la región de Ardennes. Cuando se encontraba en Marsella
con la idea de embarcarse para Etiopía, es ingresado de urgencia en
el Hospital de la Concepción donde fallece el 10 de noviembre de
1891.
Adiós
¡El otoño ya! ¿Pero por qué añorar un eterno sol, si estamos
empeñados en el descubrimiento de la claridad divina, lejos de las
gentes que mueren en las estaciones?
El otoño. Nuestra barca, alzándose en las brumas inmóviles, gira
hacia el puerto de la miseria, la ciudad enorme con su cielo
maculado de fuego y lodo. ¡Ah, los harapos podridos, el pan empapado
de lluvia, la embriaguez, los mil amores que me han crucificado!.
¡De modo que nunca ha de acabar esta reina voraz de millones de
almas y de cuerpos muertos y que serán juzgados! Yo me vuelvo a ver
con la piel roída por el fango y la peste, las axilas y los cabellos
llenos de gusanos y con gusanos más gruesos aún el corazón, yacente
entre desconocidos sin edad, sin sentimiento...Hubiera podido morir
allí... ¡Que horrible evocación! Yo detesto la miseria.
¡Y temo al invierno porque es la estación de la comodidad!
A veces veo en el cielo playas sin fin, cubiertas de blancas y
gozosas naciones. Por encima de mí, un gran navío de oro agita sus
pabellones multicolores bajo las brisas matinales. Yo he creado
todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. He tratado
de inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas
lenguas. Yo he creído adquirir poderes sobrenaturales. ¡Pues bien!
Tengo que enterrar mi imaginación y mis recuerdos! Una hermosa
gloria de artista y de narrador desvanecida!.
¡Yo! Yo que me titulara ángel o mago, que me dispensé de toda moral,
soy devuelto a la tierra, con un deber de perseguir la rugosa
realidad para estrechar! Campesino!
¿Estoy engañado? ¿Sería para mi la caridad hermana de la muerte?
En fin, pediré perdón por haberme nutrido de mentira. Y vamos.
¡Pero ni una mano amiga! ¿Y dónde conseguir socorro?
Sí, la nueva hora es, por lo menos, muy severa.
Pues yo puedo decir que alcancé la victoria: el rechinar de dientes,
los silbidos de fuego, los suspiros pestilentes, se moderan. Todos
los recuerdos inmundos se borran. Mis últimas añoranzas se
escabullen - celos de los mendigos, de los bandoleros, de los amigos
de la muerte, de los retardados de todas clases. ¡Si yo me vengara,
condenados!
Hay que ser absolutamente moderno.
Nada de cánticos: conservar lo ganado. ¡Dura noche! La sangre seca
humea sobre mi rostro, y no tengo cosa alguna tras de mí, ¡fuera de
ese horrible arbolillo!... El combate espiritual es tan brutal como
las batallas de los hombres; pero la visión de la justicia es sólo
el placer de Dios.
Entre tanto, estamos en la víspera. Recibamos todos los influjos de
vigor y de real ternura. Y a la aurora, armados de una ardiente
paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades.
¡Qué hablaba yo de mano amiga! Es una buena ventaja que pueda reírme
de los viejos amores mentirosos, y cubrir de vergüenza a esas
parejas embaucadoras - he visto allá el infierno de las mujeres -; y
me será permitido poseer la verdad en un alma y un cuerpo.
Abril - agosto, 1873
"Una temporada en el infierno"
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