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Nació el
2 de abril de 1840 en París. Hijo de un ingeniero civil italiano que
a su muerte dejo a la familia en la pobreza. Se crió en
Aix-en-Provence, en cuyo colegio cursó los estudios primarios y
conoció a Cézanne. Gracias a una beca de estudios se trasladó a
París para estudiar en el Liceo de Saint-Louis. No consiguió
terminar el bachillerato y comenzó a trabajar como empleado en la
editorial Hachette. Publicó su primera obra, Cuentos para Ninon, aun
bajo la influencia del romanticismo, en 1864, y en 1867 presentó
Thérèse Raquin, su primera novela propiamente naturalista, un
estudio psicológico del asesinato y la pasión. Interesado por los
experimentos científicos sobre la herencia, quiso escribir un novela
que penetrara en todos los aspectos de la vida humana, dando a esta
nueva escuela de ficción literaria el nombre de naturalismo con el
que pretendía hacer un análisis científico como los que habían hecho
Darwin y Marx.
Escribió
una serie de veinte novelas entre 1871 y 1893, bajo el título
genérico de Les Rougon-Macquart. Fue calificado de obsceno y
criticado por exagerar la criminalidad y el comportamiento a menudo
patológico de las clases más desfavorecidas. Algunos de los libros
que se ocupan de las cinco generaciones de la familia, alcanzaron
una gran popularidad, entre las que destacan La taberna (1877),
estudio sobre el alcoholismo; Nana, basada en la prostitución;
Pot-bouille (1882), análisis sobre las pretensiones de la clase
media; Germinal (1885), relato sobre las condiciones de vida de los
mineros; La bestia humana (1890), donde analiza las tendencias
homicidas; y El desastre (1892), un relato sobre la caída del
Segundo Imperio. Sus obras posteriores, escritas a partir de 1893,
son menos objetivas y más dogmáticas. Entre éstas figura la serie
Las tres ciudades (1894-1898), que incluye Lourdes (1894), Roma
(1896) y París (1898). Autor también de varios libros de crítica
literaria en los que ataca a los escritores románticos. El mejor de
sus escritos críticos es el ensayo La novela experimental (1880) y
la colección de ensayos Los novelistas naturalistas (1881).
En enero
de 1898 se vio envuelto en el caso Dreyfus, cuando escribió una
carta abierta que se publicó en el diario parisino L'Aurore. Es la
famosa carta conocida como J'accuse ('Yo acuso'), en la que arremete
contra las autoridades francesas por perseguir al oficial de
artillería judío Alfred Dreyfus, acusado de traición. Tras la
publicación de esta carta, fue desterrado a Inglaterra durante un
año. Murió en París, el 29 de septiembre de 1902, intoxicado por el
monóxido de carbono que producía una chimenea en mal estado.
Yo acuso
(fragmento)
"Un
hombre nefasto ha conducido la trama; el coronel Paty de Clam,
entonces comandante. El representa por sí solo el asunto Dreyfus; no
se le conocerá bien hasta que una investigación leal determine
claramente sus actos y sus responsabilidades. Aparece como un
espíritu borroso, complicado, lleno de intrigas novelescas,
complaciendose con recursos de folletín, papeles robados, cartas
anónimas, citas misteriosas en lugares desiertos, mujeres
enmascaradas. El imaginó lo de dictarle a Dreyfus la nota
sospechosa, el concibió la idea de observarlo en una habitación
revestida de espejos, es a el a quien nos presenta el comandante
Forzineti, armado de una linterna sorda, pretendiendo hacerse
conducir junto al acusado, que dormía, para proyectar sobre su
rostro un brusco chorro de luz para sorprender su crimen en su
angustioso despertar. (...)
Se
murmuran hechos terribles, traiciones monstruosas y, naturalmente,
la Nación se inclina llena de estupor, no halla castigo bastante
severo, aplaudir la degradación pública, gozar viendo al culpable
sobre su roca de infamia devorado por los remordimientos. (...)
Es una
mentira, tanto mas odiosa y cínica, cuanto que se lanza impunemente
sin que nadie pueda combatirla. Los que la fabricaron, conmueven el
espíritu francés y se ocultan detrás de una legítima emoción; hacen
enmudecer las bocas, angustiando los corazones y pervirtiendo las
almas. No conozco en la historia un crimen cívico de tal magnitud.
(...)
Conozco
a muchas gentes que, suponiendo posible una guerra, tiemblan de
angustia, porque saben en que manos esta la defensa nacional. En que
albergue de intrigas, chismes y dilapidaciones se ha convertido el
sagrado asilo donde se decide la suerte de la patria!. Espanta la
terrible claridad que arroja sobre aquel antro el asunto Dreyfus; el
sacrificio humano de un infeliz, de un puerco judío. Ah! se han
agitado allí la demencia y la estupidez, maquinaciones locas,
prácticas de baja policía, costumbres inquisitoriales; el placer de
algunos tiranos que pisotean la nación, ahogando en su garganta el
grito de verdad y de justicia bajo el pretexto, falso y sacrílego,
de razón de estado. Y es un crimen mas apoyarse con la persona
inmunda, dejarse defender por todos los bribones de París, de manera
que los bribones triunfen insolentemente, derrotando el derecho y la
probidad. Es un crimen haber acusado como perturbadores de Francia a
cuantos quieren verla generosa y noble a la cabeza de las naciones
libres y justas, mientras los canallas urden impunemente el error
que tratan de imponer al mundo entero. Es un crimen extraviar la
opinión con tareas mortíferas que la pervierten y la conducen al
delirio. Es un crimen envenenar a los pequeños y a los humildes,
exasperando las pasiones de reacción y de intolerancia, y
cubriéndose con el antisemitismo, de cuyo mal morirá sin duda la
Francia libre, si no sabe curarse a tiempo. Es un crimen explotar el
patriotismo para trabajos de odio; y es un crimen, en fin, hacer del
sable un dios moderno, mientras toda la ciencia humana emplea sus
trabajos en una obra de verdad y de justicia. !Esa verdad, esa
justicia que nosotros buscamos apasionadamente, las vemos ahora
humilladas y desconocidas!. (...)
Tal es
la verdad, señor Presidente, verdad tan espantosa, que no dudo quede
como una mancha en vuestro gobierno. Supongo que no tengáis ningún
poder en este asunto, que seáis un prisionero de la Constitución y
de la gente que os rodea; pero tenéis un deber de hombre en el cual
meditaréis cumpliéndolo, sin duda honradamente. No creáis que
desespero del triunfo; lo repito con una certeza que no permite la
menor vacilación; la verdad avanza y nadie podrá contenerla. Hasta
hoy no comienza el proceso, pues hasta hoy no han quedado
deslindadas las posiciones de cada uno; a un lado los culpables, que
no quieren la luz; al otro los justicieros que daremos la vida
porque la luz se haga. Cuanto mas duramente se oprime la verdad, mas
fuerza toma, y la explosión será terrible. Veremos como se prepara
el más ruidoso de los desastres."
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