New York, NY. EE.UU. Año 3
 

Georges Simenon

Georges Sim

1903 -1989

Novelista franco-belga

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Nacido en Lieja en el seno de una familia de clase media arruinada. Amaba a su padre, no así a su madre, Henriette, avara y ciertamente resentida. Nunca pareció aceptar que su hijo se dedicara a escribir. Obsesionada con la idea de tener una vejez segura, hubiera preferido que fuera ferroviario antes que artista. Pero no era el dinero lo que le importaba. De hecho, Simenon conoció el éxito temprano y le enviaba a su madre una buena suma cada mes. Un día, sin embargo, ella le devolvió todo, moneda a moneda, intacto. No es difícil imaginar la amargura que esto provocó en Simenon, cuyas relaciones con las mujeres siempre fueron intensas y difíciles. Alguna vez confesó haber tenido dos mil amantes, la mayoría prostitutas. Se casó dos veces, aunque pensaba que el matrimonio "es una institución estúpida e incluso inmoral". El mayor drama -"un padre nunca se recupera", escribió- fue el suicidio de su hija Mary Jo, a la edad de 25 años. No pocos han visto en el afecto que Simenon profesaba por su hija algo incestuoso. Patricia Highsmith, autora de Extraños en un tren y otras grandes novelas, escribió sobre este asunto: "Mary Jo fue descrita por uno de sus doctores en su vida adulta como 'un caracol sin conchá. Su vida emocional se había centrado en Simenon y la correspondencia entre ellos se lee más como cartas de amor que como un intercambio entre padre e hija". En su juventud escribió artículos antisemitas y sobre él se cierne la sospecha de haber colaborado con los nazis durante la ocupación. Sus hijos lo defienden con el argumento de que debía mantener a una familia y que su único pecado fue salir de juerga con oficiales alemanes. De quien no hay dudas es de su hermano menor, Christian, simpatizante de Hitler, envuelto en un oscuro episodio que dejó una treintena de muertos.

Fue un escritor enormemente prolífico, autor de cientos de novelas populares, utilizando diversos seudónimos. Es conocido sobre todo por su serie de novelas policíacas del inspector Maigret, que resuelve sus casos gracias a una notable intuición psicológica y a un conocimiento profundo de las motivaciones del delincuente. Las novelas han sido traducidas a 55 idiomas. En 1922, Simenon se trasladó a París y, al año siguiente, se casó con su amiga Régine, una estudiante de arte apodada Tigy. Se dedicó por entero a la literatura, tuvo una aventura tumultuosa con Josephine Baker y, en seguida, se lanzó a recorrer los ríos y canales de Francia en compañía de Tigy y su criada "Boule". En 1929, hizo una recorrida similar por el norte de Europa y elaboró un nuevo personaje ficticio: el commissionaire Maigret. Dos años después, en 1931, organizó una gigantesca fiesta parisiense, el Baile Antropométrico, para lanzar las novelas de Maigret. Duró hasta el amanecer; fue un éxito alocado y memorable (desde entonces, se han vendido millones de ejemplares de las novelas de Maigret). Al año siguiente, Simenon decía: "Ya tengo 29 años y sólo llevo publicados 277 libros". Ciertamente, sus viajes no afectaron en absoluto su asombrosa producción. Concebir un libro le llevaba un día y escribirlo un par de semanas; otros buenos novelistas pasan meses, o años, rumiando su próximo libro. Esto se aplica también a sus novelas "duras", esas obras maestras de la psicología que impulsaron a André Gide a proclamarlo "el novelista más grande que hemos tenido en este siglo". Otras obras suyas también tratan el tema policiaco, como El hombre que miraba pasar los trenes (1946) y Confessional (1968). Su autobiografía, Memorias íntimas (1981), pone de manifiesto sus propias obsesiones y cuenta la historia del suicido de su hija; otros cuentos autobiográficos son Cuando yo era viejo (1972), Carta a mi madre (1974) y la novela que recreó su infancia y adolescencia Pedigree escrita en 1948 pero que hasta 1985 no se publicó. Falleció el 4 de septiembre de 1989 en Lausana, a los 86 años; dejó tres hijos varones.

 

 

Los fantasmas del sombrerero

 

Era el 3 de diciembre y seguía lloviendo. El número 3 destacaba enorme, negrísimo, con una especie de abultada panza, sobre el color blanco crudo del calendario colgado a la derecha de la caja, en el tabique de roble oscuro que separaba la tienda del escaparate. Hacía exactamente 20 días, porque aquello había ocurrido el 13 de noviembre -también con un 3 obeso en el calendario- que habían asesinado a la primera vieja, cerca de la iglesia de Saint-Sauveur, a pocos pasos del canal.

Y llovía desde el 13 de noviembre. Podía decirse que hacía 20 días que estaba lloviendo sin interrupción.

 

La mayor parte del tiempo caía una lluvia continuada y crepitante, y al andar por la ciudad, si se pegaba uno a las paredes de las casas, podía oír cómo corría el agua por los canalones; la gente elegía calles porticadas para poder guarecerse durante un momento; al volver a sus casas se cambiaban de zapatos; en todas las viviendas había abrigos y sombreros secándose cerca de la estufa, y los que carecían de ropa para cambiarse vivían en una perpetua humedad fría.

 

Oscurecía mucho antes de las 4, y algunas ventanas estaban iluminadas de la mañana a la noche.

 

Eran las 4 cuando, como todas las tardes, Monsieur Labbé salió de las trastienda, donde cabezas de maderas de todos los tamaños se alineaban en los estantes. Subió por la escalera de caracol que se hallaba al fondo de la sombrerería. En el rellano se detuvo y, después de sacar una llave del bolsillo, abrió la puerta de la habitación para encender la luz.

 

¿Acaso anduvo, antes de hacer girar el conmutador, hasta la ventana, cuyos visillos de encaje, muy gruesos y polvorientos, estaban siempre corridos? Probablemente, porque tenía la costumbre de bajar al estor antes de encender la luz.

 

En aquel momento pudo ver, apenas a unos metros de distancia, a Kachudas, el sastre, en su taller. Estaba muy cerca, porque la calle era tan angosta que se tenía la impresión de vivir en la misma casa.

 

El taller de Kachudas, situado en el primer piso, encima de su tienda, no tenía cortinas. Hasta los menores detalles de la habitación se dibujaban como un grabado al buril, las flores de papel de las paredes, las manchas de moscas en el espejo, el pezado de jabón de sastre plano y grasiento que colgaba de un cordel, los patrones de papel marrón sujetos a la pared, y Kachudas, sentado sobre la mesa, con las piernas dobladas, y teniendo al alcance de la mano una bombilla eléctrica sin pantalla que se acercaba con la ayuda de un alambre. La puerta del fondo, que daba a la cocina, siempre estaba entreabierta, pero la mayoría de las veces no lo suficiente para poder ver su interior. Sin embargo, se adivinaba allí la presencia de Madame Kachudas, porque de vez en cuando los labios de su marido se movían. Se hablaban de una habitación a otra sin dejar de trabajar.

 

 

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