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Nacido
en Lieja en el seno de una familia de clase media arruinada. Amaba a
su padre, no así a su madre, Henriette, avara y ciertamente
resentida. Nunca pareció aceptar que su hijo se dedicara a escribir.
Obsesionada con la idea de tener una vejez segura, hubiera preferido
que fuera ferroviario antes que artista. Pero no era el dinero lo
que le importaba. De hecho, Simenon conoció el éxito temprano y le
enviaba a su madre una buena suma cada mes. Un día, sin embargo,
ella le devolvió todo, moneda a moneda, intacto. No es difícil
imaginar la amargura que esto provocó en Simenon, cuyas relaciones
con las mujeres siempre fueron intensas y difíciles. Alguna vez
confesó haber tenido dos mil amantes, la mayoría prostitutas. Se
casó dos veces, aunque pensaba que el matrimonio "es una institución
estúpida e incluso inmoral". El mayor drama -"un padre nunca se
recupera", escribió- fue el suicidio de su hija Mary Jo, a la edad
de 25 años. No pocos han visto en el afecto que Simenon profesaba
por su hija algo incestuoso. Patricia Highsmith, autora de Extraños
en un tren y otras grandes novelas, escribió sobre este asunto:
"Mary Jo fue descrita por uno de sus doctores en su vida adulta como
'un caracol sin conchá. Su vida emocional se había centrado en
Simenon y la correspondencia entre ellos se lee más como cartas de
amor que como un intercambio entre padre e hija". En su juventud
escribió artículos antisemitas y sobre él se cierne la sospecha de
haber colaborado con los nazis durante la ocupación. Sus hijos lo
defienden con el argumento de que debía mantener a una familia y que
su único pecado fue salir de juerga con oficiales alemanes. De quien
no hay dudas es de su hermano menor, Christian, simpatizante de
Hitler, envuelto en un oscuro episodio que dejó una treintena de
muertos.
Fue un
escritor enormemente prolífico, autor de cientos de novelas
populares, utilizando diversos seudónimos. Es conocido sobre todo
por su serie de novelas policíacas del inspector Maigret, que
resuelve sus casos gracias a una notable intuición psicológica y a
un conocimiento profundo de las motivaciones del delincuente. Las
novelas han sido traducidas a 55 idiomas. En 1922, Simenon se
trasladó a París y, al año siguiente, se casó con su amiga Régine,
una estudiante de arte apodada Tigy. Se dedicó por entero a la
literatura, tuvo una aventura tumultuosa con Josephine Baker y, en
seguida, se lanzó a recorrer los ríos y canales de Francia en
compañía de Tigy y su criada "Boule". En 1929, hizo una recorrida
similar por el norte de Europa y elaboró un nuevo personaje
ficticio: el commissionaire Maigret. Dos años después, en 1931,
organizó una gigantesca fiesta parisiense, el Baile Antropométrico,
para lanzar las novelas de Maigret. Duró hasta el amanecer; fue un
éxito alocado y memorable (desde entonces, se han vendido millones
de ejemplares de las novelas de Maigret). Al año siguiente, Simenon
decía: "Ya tengo 29 años y sólo llevo publicados 277 libros".
Ciertamente, sus viajes no afectaron en absoluto su asombrosa
producción. Concebir un libro le llevaba un día y escribirlo un par
de semanas; otros buenos novelistas pasan meses, o años, rumiando su
próximo libro. Esto se aplica también a sus novelas "duras", esas
obras maestras de la psicología que impulsaron a André Gide a
proclamarlo "el novelista más grande que hemos tenido en este
siglo". Otras obras suyas también tratan el tema policiaco, como El
hombre que miraba pasar los trenes (1946) y Confessional (1968). Su
autobiografía, Memorias íntimas (1981), pone de manifiesto sus
propias obsesiones y cuenta la historia del suicido de su hija;
otros cuentos autobiográficos son Cuando yo era viejo (1972), Carta
a mi madre (1974) y la novela que recreó su infancia y adolescencia
Pedigree escrita en 1948 pero que hasta 1985 no se publicó. Falleció
el 4 de septiembre de 1989 en Lausana, a los 86 años; dejó tres
hijos varones.
Los fantasmas del sombrerero
Era el 3
de diciembre y seguía lloviendo. El número 3 destacaba enorme,
negrísimo, con una especie de abultada panza, sobre el color blanco
crudo del calendario colgado a la derecha de la caja, en el tabique
de roble oscuro que separaba la tienda del escaparate. Hacía
exactamente 20 días, porque aquello había ocurrido el 13 de
noviembre -también con un 3 obeso en el calendario- que habían
asesinado a la primera vieja, cerca de la iglesia de Saint-Sauveur,
a pocos pasos del canal.
Y llovía
desde el 13 de noviembre. Podía decirse que hacía 20 días que estaba
lloviendo sin interrupción.
La mayor
parte del tiempo caía una lluvia continuada y crepitante, y al andar
por la ciudad, si se pegaba uno a las paredes de las casas, podía
oír cómo corría el agua por los canalones; la gente elegía calles
porticadas para poder guarecerse durante un momento; al volver a sus
casas se cambiaban de zapatos; en todas las viviendas había abrigos
y sombreros secándose cerca de la estufa, y los que carecían de ropa
para cambiarse vivían en una perpetua humedad fría.
Oscurecía mucho antes de las 4, y algunas ventanas estaban
iluminadas de la mañana a la noche.
Eran las
4 cuando, como todas las tardes, Monsieur Labbé salió de las
trastienda, donde cabezas de maderas de todos los tamaños se
alineaban en los estantes. Subió por la escalera de caracol que se
hallaba al fondo de la sombrerería. En el rellano se detuvo y,
después de sacar una llave del bolsillo, abrió la puerta de la
habitación para encender la luz.
¿Acaso
anduvo, antes de hacer girar el conmutador, hasta la ventana, cuyos
visillos de encaje, muy gruesos y polvorientos, estaban siempre
corridos? Probablemente, porque tenía la costumbre de bajar al estor
antes de encender la luz.
En aquel
momento pudo ver, apenas a unos metros de distancia, a Kachudas, el
sastre, en su taller. Estaba muy cerca, porque la calle era tan
angosta que se tenía la impresión de vivir en la misma casa.
El
taller de Kachudas, situado en el primer piso, encima de su tienda,
no tenía cortinas. Hasta los menores detalles de la habitación se
dibujaban como un grabado al buril, las flores de papel de las
paredes, las manchas de moscas en el espejo, el pezado de jabón de
sastre plano y grasiento que colgaba de un cordel, los patrones de
papel marrón sujetos a la pared, y Kachudas, sentado sobre la mesa,
con las piernas dobladas, y teniendo al alcance de la mano una
bombilla eléctrica sin pantalla que se acercaba con la ayuda de un
alambre. La puerta del fondo, que daba a la cocina, siempre estaba
entreabierta, pero la mayoría de las veces no lo suficiente para
poder ver su interior. Sin embargo, se adivinaba allí la presencia
de Madame Kachudas, porque de vez en cuando los labios de su marido
se movían. Se hablaban de una habitación a otra sin dejar de
trabajar.
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