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Nació el 31 de diciembre de 1878 en Salto (Uruguay). Cuando contaba
dos meses de edad (1879), muere su padre al disparársele
accidentalmente su escopeta. En 1891 Ascenso Bargo, su padrastro, se
suicida con una escopeta. En 1897 hace sus primeras colaboraciones
en medios periodísticos. Funda la tertulia de "Los tres mosqueteros"
y se inicia en las letras bajo el patrocinio de Leopoldo Lugones.
En
1900 viaja a París. En 1902 mata accidentalmente, con una pistola, a
su amigo Federico Ferrando. Se muda a Buenos Aires, Argentina. La
mayor parte de su carrera transcurre allí, donde llega a ser muy
leído por sus cuentos publicados en revistas y recogidos en libro.
En
1903 trabaja como profesor de castellano y acompaña, como fotógrafo,
a Leopoldo Lugones en una expedición a la provincia de Misiones. El
viaje lo deslumbra y vivirá durante largos años en Misiones, lugar
donde encuentra el escenario y los personajes de los cuentos que lo
hicieron famoso.
En
1906 publica su relato Los perseguidos, adelanto de lo que después
se conocería como literatura psicológica.
En
1909 contrae matrimonio con Ana María Cirés y se van a vivir a San
Ignacio. Dos años después es nombrado juez de Paz. En el año 1915 se
suicida su mujer. Regresa a Buenos Aires en 1916.
En
1918 dio a conocer el libro Cuentos de la selva, considerado un
clásico de la literatura para niños en América Latina. Le preocupó
más el valor expresivo de la palabra que lo puramente gramatical y
académico, por lo que se le ha tachado muchas veces de "escribir
mal". En 1927 se casa con María Bravo. En 1932 se traslada a
Misiones. En 1936 su mujer lo deja y vuelve a Buenos Aires.
Su
carrera se abre en la poesía, dentro del ámbito del modernismo, con
Los arrecifes de coral (1901), obra sin mayor consecuencia. Una vida
dramática, siempre cercana a la estrechez económica, matrimonios
conflictivos, experiencias con el hachís y el constante cerco del
suicidio, alimentan su tarea cuentista. Fallece en en Buenos Aires
el 19 de febrero de 1937, muerto por ingestión de cianuro poco
después de enterarse que sufre de cáncer gástrico. En octubre de
1938 se suicida Alfonsina Storni por quien sostuvo una profunda
pasión. En 1939 se suicida su hija Egle. Años después, su hijo Darío
también haría lo mismo.
Entre sus obras destacan:
El crimen de otro (1904)
Historia de amor turbio (1908)
Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917)
Cuentos de la selva (1918)
El salvaje (1920)
Las sacrificadas (1929)
Anaconda (1921)
El desierto (1924)
Los desterrados (1926)
Pasado amor (1929)
Suelo natal
Más allá (1935)
La tortuga
gigante
Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy
contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se
enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo
podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a
quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un
amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:
—Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso
quiero que se vaya a vivir al monte, a hace mucho ejercicio al aire
libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la
escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le
daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.
El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más
lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía
bien.
Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y
bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía
frutos. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía
en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba
sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con
el viento y la lluvia.
Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al
hombro. Había también agarrado vivas muchas víboras venenosas, y las
llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes
como una lata de kerosene.
El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito.
Precisamente un día que tenía mucha hambre, porque hacía dos días
que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre
enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para
meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al
hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto
sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó
entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero,
tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto.
—Ahora —se dijo el hombre—, voy a comer tortuga, que es una carne
muy rica.
Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y
tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi
de dos o tres hilos de carne.
A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre
tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le
vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no
tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado
arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla,
y pesaba como un hombre.
La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin
moverse.
El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con
la mano sobre el lomo.
La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se
enfermó. Tuvo fiebre, y le dolía todo el cuerpo.
Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la
garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió entonces que
estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo,
porque tenía mucha fiebre.
—Voy a morir —dijo el hombre—. Estoy solo, ya no puedo levantarme
más, y no tengo quien me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de
hambre y de sed.
Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento.
Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y
ella pensó entonces:
—El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me
curó. Yo le voy a curar a él ahora.
Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y
después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le
dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría
de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos,
que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse
cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la
fiebre y no conocía a nadie.
Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada
vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los
árboles para llevarle frutas.
El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida,
y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que
estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un
animal. Y dijo otra vez en voz alta:
—Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a
morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para
curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.
Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:
—Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y
tengo que llevarlo a Buenos Aires.
Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas,
acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó
bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas
para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y
al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió
entonces el viaje.
La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche.
Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y
atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el
hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar, se
detenía, deshacía los nudos, y acostaba al hombre con mucho cuidado,
en un lugar donde hubiera pasto bien seco.
Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre
enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería
dormir.
A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador
tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!,
¡agua!, a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber.
Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más
cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba
debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba.
A veces se quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre
recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta:
—Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me
podría curar. Pero voy a morir aquí, solo, en el monte.
Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta
de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el
camino.
Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo
más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No
había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía
más fuerza para nada.
Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte,
un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía
cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con
el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al
hombre que había sido bueno con ella.
Y sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía.
Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e
iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje.
Pero un ratón de la ciudad —posiblemente el ratoncito Pérez—
encontró a los dos viajeros moribundos.
—¡Qué tortuga! —dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan
grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña?
—No —le respondió con tristeza la tortuga—. Es un hombre.
—¿Y adónde vas con ese hombre? —añadió el curioso ratón.
—Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires —respondió la pobre tortuga
en una voz tan baja que apenas se oía—. Pero vamos a morir aquí,
porque nunca llegaré...
—¡Ah, zonza, zonza! —dijo riendo el ratoncito—. ¡Nunca vi una
tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que
ves allá, es Buenos Aires.
Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa, porque aún
tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha.
Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico
vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía
acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera,
a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su
amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el
cazador se curó enseguida.
Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había
hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios, no
quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa,
que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a
tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija.
Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le
tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que
vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de
los monos.
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