New York, NY. EE.UU. Año 6

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Jotamario Arbeláez

1940 -

Poeta, escritor y publicista

 

 

 

Nació en Cali, Colombia el 30 de noviembre de 1940. Cruce de dos familias de sastres, la paterna antioqueña y ecuatoriana la materna. En su ciudad natal, luego de una infancia y una adolescencia enmarcadas por La Violencia, se relacionó con una generación que comenzaba a abrirse paso a la brava en el mundo del arte y del intelecto. Cuando Gonzalo Arango llegó de Medellín hablando del recién fundado Nadaismo, con X-504 y Elmo Valencia decidió aliarse a sus filas de fieles e iniciar una aventura que jamás acabaría. Los recién llegados se proclamaban ‘geniales, locos y peligrosos’, y además ángeles apocalípticos y Gonzalo se hacía llamar ‘el profeta de la nueva oscuridad’. Pronto encontraría eco la promoción de su movimiento y  cuando varios cómplices se les unieron exigieron públicamente el reemplazo del busto de Jorge Isaacs, autor de “María”, por el de Brigitte Bardot desnuda. Entre ellos estaba José Mario Arbeláez, el hijo mayor del sastre don Jesús Arbeláez, a quien exalta en gran parte de sus poemas, entre ellos “Paño de lágrimas”. Su primer libro, “El profeta en su casa” (1966), confirmó el ingenio y el talante mordaz que distinguiría a los nadaístas caleños. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados, con “Mi reino por este mundo”. En 1885 el Premio Nacional de Poesía Colcultura con “La casa de memoria”. En 1999 el Premio de Poesía del Instituto Distrital de Cultura con “El cuerpo de ella”. Ha publicado, además: “El libro rojo de Rojas” (1970), denuncia del fraude electoral que se le hizo al general Gustavo Rojas Pinilla, escrito en colaboración con Elmo Valencia; la antología “Doce poetas nadaístas de los últimos días” (1986), y “El espíritu erótico” (1990), antología poética y pictórica realizada con Fernando Guinard. Se ha encargado de conservar y dar a conocer obras de otros nadaístas: “Sinfonías para máquina de escribir” (1985) de Darío Lemos, o “Memorias de un presidiario nadaísta” (1991) de Gonzalo Arango. De este último publicó también, con la editorial argentina Carlos Lohlé, una antología titulada “Obra negra” (1974). En 2002 Aguilar publicó “Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta”. El 29 de Octubre-08 le fue entregado en Caracas el Premio Internacional de Poesia ‘Chino’ Valera Mora por “Paños menores”. En la publicidad trabajó hasta pensionarse. Actualmente es columnista del periódico El Tiempo de Colombia.

EL PROFETA EN SU CASA

Vivo en un barrio obrero, en una casa vieja, en pantuflas, 
y sobre la misma mesa donde mi padre por las noches 
corta los pantalones que ha de entregar al otro día 
para que los nueve que somos quepamos en el comedor, 
para que el techo no se desplome por las lluvias, 
para que en nuestros pies brille el betún de la decencia, 
escribo mis poemas herméticos, trastorno la gramática, 
me doy en poseer un mundo que no tengo, 
leo a Paul Valéry y a Tristan Tzara. 
 
Esta mesa donde mi padre ha parido tantos pantalones de paño 
ha sentido sobre su lomo también correr mis palabras absurdas, 
desde cuando él se iluminaba con una lámpara Coleman 
hasta ahora que yo la profano con mis babas intelectuales. 
Sus gavetas inmemoriales aún sirven para guardar las tijeras, 
metros de setenta centímetros, libretas con medidas de clientes 
que hoy tendrán hijos con las mismas, muestrarios de paños ingleses 
anteriores a la invención de la moda, 
y las grietas de su madera con tiza de polvo se han llenado. 
Entre sus patas se levantó mi infancia 
contemplando a mi padre en el billar de su trabajo 
con tantas ilusiones puestas en mí cuando creciera. 
Mi educación fue pagada con panes que el tiempo multiplicaría. 
Pero crecí para la indiferencia, para el ocioso sol, para los sueños. 
Solo las piernas del amor, solo las copas de la risa, 
en los colchones del nihilismo perdí las plumas de mi vuelo. 
 
Escribo mis poemas herméticos, pero de vez en cuando pienso. 
Pienso, por ejemplo, que esto debe cambiar, 
que debemos sonreír todos de la sala hasta la cocina, 
estar del lado de la vida como las matas de los tarros, 
cantar victoria bajo la lucha de las mañanas esplendentes. 
Que mis hermanas no se avergüencen cuando en la calle les preguntan: 
“¿Qué está haciendo su hermano?” 
“¿Cuándo se va a afeitar la barba?” 
“¿Si es tan inteligente por qué no trabajo en un banco?” 
Pero el diablo me hizo poeta para que ardiera en plena vida. 
 
Los buses pasan veloces rumbo a la guerra del día 
levantando una polvareda bestial que penetra en la casa 
por las ventanas, por el techo, por las hendijas de la puerta 
dejando rucio el hermetismo de mis poemas y lecturas. 
Estornudo como un buen burgués que se ha resfriado en los montes alpinos. 
Blasfemo entonces y en bata salgo a la calle a descansar 
y veo muchos niños descalzos con coladores de café 
persiguiendo mariposas que el invierno ha mandado adelante, 
y veo e perro corriendo detrás de las motocicletas 
o levantando la pata contra los hidrantes resecos, 
y veo muchos hombres con palas levantando surcos en las calles 
para sembrar alcantarillas más modernas y poderosas. 
 
La señora que aplica las inyecciones pasa con su maletín descosido 
y me saluda buenas tardes joven cómo está su mamá 
y mi mamá cante que cante en la cocina frente a una pila de platos 
o frente a mis camisas sucias que aún caricia con ternura. 
 
Un niño se acerca a la puerta a pedirme que le venda un helado 
atraído por el aviso que clavó Estrella en la ventana. 
Yo le digo que la nevera está dañada 
(en realidad me da mucha pereza venderlo). 
Y el niño se marcha con su cabecito pelada 
recibiendo el yoyo del sol que sube y baja en el firmamento 
y una pelota de caucho que le lanzan desde la otra cuadra. 
¿Cómo encontrar palabras que digan algo que no es algo? 
 
En la esquina varios obreros pulen zapatos en un torno 
y por sus pechos sin camisa rueda el sudor de la alegría 
y me provoca ir a sentarme junto a ellos a oírles hablar 
de sus cosas particulares, de sus familias, del engrudo, 
de los campeones de box, de las chicas del “Tunjo de Oro”, 
pero me da miedo aburrirlos, sé además que me tienen bronca 
pues piensan que soy un inútil y un haragán de siete suelas. 
La muchachita que trabaja en el almacén Sears, estudia inglés 
y usa una falda roja demasiado ceñida para su edad 
sale a esperar el bus apresuradamente y me sonríe 
como si ya estuviera muerto. 
De la carpintería 
emerge el olor de la cola, virutas vuelan por el aire, 
canta la sierra circular construyendo pupitres. 
 
Hay tantas cosas para mirar en esta calle, 
los nidos en las cuerdas de la luz, la rata 
muerta desde el sábado entre los periódicos del viernes, 
el tendero dormitando bajo su parasol 
con el bigote bombardeado por los moscos, 
el albañil poniendo tejas en la casa nueva 
y gritándole al ayudante que le suba el martillo, 
en este ambiente es imposible ser un poeta hermético, digo, 
qué clase de poeta soy yo que me emociono con la vida, 
calzo mis arrastraderas y me entro a acostar 
porque no demoran en salir a la escuela los niños con sus caucheras.
 

Bibliografía

El profeta en su casa, Ediciones Triángulo, Medellín, 1966
Mi reino por este mundo, Editorial Oveja Negra, Bogotá, 1981
El espíritu erótico (with Fernando Guinard), An anthology of poetry and
pictures, Bogotá, 1991
La casa de memoria, Ministerio de Cultura, Bogotá,1995
El cuerpo de ella, Instituto Distrital de Cultura y Turismo, Bogotá, 1999
Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta, Bogotá, 2002. 
Le corps d’elle, engravings by Máximo Flórez, translation by Marie Daguerre, Paris, 2004. 

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