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Nació el
27 de enero de 1832 en Daresbury, Cheshire (Inglaterra). Hijo de un
pastor protestante, fue el mayor de 11 hijos: cuatro varones y siete
niñas, todos ellos tartamudos. Cursó estudios en la Universidad de
Oxford donde obtuvo el grado de bachiller y se recibió de preceptor.
Fue ordenado diácono de la Iglesia Anglicana y enseñó Matemáticas,
de 1855 a 1881.
Padeció
de insomnios durante toda su vida, y pasaba noches enteras
despierto. Escribió diversos libros sobre la materia y el más
interesante de ellos se titula: Euclides y sus modernos rivales.
Desde los 13 años y junto a sus hermanos, se dedica a la publicación
de pequeñas revistas literarias que él mismo redacta y en ocasiones
también ilustra, para el uso de los invitados del presbítero de
Croft (Yorkshire) donde ejerce su padre: The Rectory Magazine, La
Comète, Le Bouton de Rose, l'Etoile, le Feu Follet, The Rectory
Umbrella , etc., con poemas y canciones que él compone, una seccion
de "cartas al director" y breves parodias de novelas contemporáneas.
A partir
de 1855 escribe, ya bajo el nombre de Lewis Carroll, poemas para el
The Train. Publica una colección de poesías con el título de
Phantasmagoria and Other Poems en 1869, y otro poema largo,The
Hunting of the Snark ( La Caza del Snark ) en 1876. Con su verdadero
nombre, Dodgson, publica numerosas obras de matemáticas y un tratado
de lógica del que solamente llegará a publicar la primera parte en
1896. En 1865 publicó una de sus obras más conocidas: Alicia en el
país de las maravillas. Después escribiría, La caza del Snark
(1876), y una novela, Silvia y Bruno (1889-1893).
En 1861
fue ordenado diácono de la Iglesia de Inglaterra. Su tartamudez y
sus dudas doctrinales no fueron los únicos obstáculos que le
impidieron entrar al sacerdocio. Su profesión de matemático le
gustaba, aún cuando no destacase extraordinariamente como tal; y,
además, se resistía a someterse a ciertas reglas impuestas por la
costumbre a los que se ordenaban sacerdotes. Por ejemplo, no hubiera
podido asistir al teatro y estaba decidido a no abandonar este
entretenimiento. Le encantaban los niños, para los que escribió
miles de cartas, que a su muerte fueron recopiladas con el título de
Cartas de Lewis Carroll (1979). Además de dedicarse a la escritura,
tuvo una gran afición por la fotografía. Realizó retratos como los
de la actriz Ellen Terry y los poetas lord Alfred Tennyson y Dante
Gabriel Rossetti. En 1880 dejó esta afición por numerosas críticas
que recibió ya que fotografió a niñas desnudas. Falleció el 14 de
enero de 1898 en Guilford (Surrey).
Capítulo de Alicia en el País de las Maravillas.
EN LA MADRIGUERA DEL CONEJO:
Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la
orilla del río, sin tener nada que hacer: había echado un par de
ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía
dibujos ni diálogos. «¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni
diálogos?», se preguntaba Alicia.
Así pues, estaba pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo,
porque el calor del día la había dejado soñolienta y atontada) si el
placer de tejer una guirnalda de margaritas la compensaría del
trabajo de levantarse y coger las margaritas, cuando de pronto saltó
cerca de ella un Conejo Blanco de ojos rosados.
No había nada muy extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a
Alicia muy extraño oír que el conejo se decía a sí mismo: «¡Dios
mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!» (Cuando pensó en ello después,
decidió que, desde luego, hubiera debido sorprenderla mucho, pero en
aquel momento le pareció lo más natural del mundo). Pero cuando el
conejo se sacó un reloj de bolsillo del chaleco, lo miró y echó a
correr, Alicia se levantó de un salto, porque comprendió de golpe
que ella nunca había visto un conejo con chaleco, ni con reloj que
sacarse de él, y, ardiendo de curiosidad, se puso a correr tras el
conejo por la pradera, y llegó justo a tiempo para ver cómo se
precipitaba en una madriguera que se abría al pie del seto.
Un momento más tarde, Alicia se metía también en la madriguera, sin
pararse a considerar cómo se las arreglaría después para salir.
Al principio, la madriguera del conejo se extendía en línea recta
como un túnel, y después torció bruscamente hacia abajo, tan
bruscamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en
detenerse y se encontró cayendo por lo que parecia un pozo muy
profundo.
O el pozo era en verdad profundo, o ella caía muy despacio, porque
Alicia, mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para mirar a su
alrededor y para preguntarse qué iba a suceder después. Primero,
intentó mirar hacia abajo y ver a dónde iría a parar, pero estaba
todo demasiado oscuro para distinguir nada. Después miró hacia las
paredes del pozo y observó que estaban cubiertas de armarios y
estantes para libros: aquí y allá vio mapas y cuadros, colgados de
clavos. Cogió, a su paso, un jarro de los estantes. Llevaba una
etiqueta que decía: MERMELADA DE NARANJA, pero vio, con desencanto,
que estaba vacío. No le pareció bien tirarlo al fondo, por miedo a
matar a alguien que anduviera por abajo, y se las arregló para
dejarlo en otro de los estantes mientras seguía descendiendo.
«¡Vaya! », pensó Alicia. «¡Después de una caída como ésta, rodar por
las escaleras me parecerá algo sin importancia! ¡Qué valiente me
encontrarán todos! ¡Ni siquiera lloraría, aunque me cayera del
tejado!» (Y era verdad.)
Abajo, abajo, abajo. ¿No acabaría nunca de caer?
--Me gustaría saber cuántas millas he descendido ya --dijo en voz
alta--. Tengo que estar bastante cerca del centro de la tierra.
Veamos: creo que está a cuatro mil millas de profundidad...
Como veis, Alicia había aprendido algunas cosas de éstas en las
clases de la escuela, y aunque no era un momento muy oportuno para
presumir de sus conocimientos, ya que no había nadie allí que
pudiera escucharla, le pareció que repetirlo le servía de repaso.
--Sí, está debe de ser la distancia... pero me pregunto a qué
latitud o longitud habré llegado.
Alicia no tenía la menor idea de lo que era la latitud, ni tampoco
la longitud, pero le pareció bien decir unas palabras tan bonitas e
impresionantes. Enseguida volvió a empezar.
--¡A lo mejor caigo a través de toda la tierra! ¡Qué divertido sería
salir donde vive esta gente que anda cabeza abajo! Los antipáticos,
creo... (Ahora Alicia se alegró de que no hubiera nadie escuchando,
porque esta palabra no le sonaba del todo bien.) Pero entonces
tendré que preguntarles el nombre del país. Por favor, señora,
¿estamos en Nueva Zelanda o en Australia?
Y mientras decía estas palabras, ensayó una reverencia. ¡Reverencias
mientras caía por el aire! ¿Creéis que esto es posible?
--¡Y qué criaja tan ignorante voy a parecerle! No, mejor será no
preguntar nada. Ya lo veré escrito en alguna parte.
Abajo, abajo, abajo. No había otra cosa que hacer y Alicia empezó
enseguida a hablar otra vez.
--¡Temo que Dina me echará mucho de menos esta noche ! (Dina era la
gata.) Espero que se acuerden de su platito de leche a la hora del
té. ¡Dina, guapa, me gustaría tenerte conmigo aquí abajo! En el aire
no hay ratones, claro, pero podrías cazar algún murciélago, y se
parecen mucho a los ratones, sabes. Pero me pregunto: ¿comerán
murciélagos los gatos?
Al llegar a este punto, Alicia empezó a sentirse medio dormida y
siguió diciéndose como en sueños: «¿Comen murciélagos los gatos?
¿Comen murciélagos los gatos?» Y a veces: «¿Comen gatos los
murciélagos?» Porque, como no sabía contestar a ninguna de las dos
preguntas, no importaba mucho cual de las dos se formulara. Se
estaba durmiendo de veras y empezaba a soñar que paseaba con Dina de
la mano y que le preguntaba con mucha ansiedad: «Ahora Dina, dime la
verdad, ¿te has comido alguna vez un murciélago?», cuando de pronto,
¡cataplum!, fue a dar sobre un montón de ramas y hojas secas. La
caída había terminado.
Alicia no sufrió el menor daño, y se levantó de un salto. Miró hacia
arriba, pero todo estaba oscuro. Ante ella se abría otro largo
pasadizo, y alcanzó a ver en él al Conejo Blanco, que se alejaba a
toda prisa. No había momento que perder, y Alicia, sin vacilar, echó
a correr como el viento, y llego justo a tiempo para oírle decir,
mientras doblaba un recodo:
--¡Válganme mis orejas y bigotes, qué tarde se me está haciendo!
Iba casi pisándole los talones, pero, cuando dobló a su vez el
recodo, no vio al Conejo por ninguna parte. Se encontró en un
vestíbulo amplio y bajo, iluminado por una hilera de lámparas que
colgaban del techo.
Habia puertas alrededor de todo el vestíbulo, pero todas estaban
cerradas con llave, y cuando Alicia hubo dado la vuelta, bajando por
un lado y subiendo por el otro, probando puerta a puerta, se dirigió
tristemente al centro de la habitación, y se preguntó cómo se las
arreglaría para salir de allí.
De repente se encontró ante una mesita de tres patas, toda de
cristal macizo. No había nada sobre ella, salvo una diminuta llave
de oro, y lo primero que se le ocurrió a Alicia fue que debía
corresponder a una de las puertas del vestíbulo. Pero, ¡ay!, o las
cerraduras eran demasiado grandes, o la llave era demasiado pequeña,
lo cierto es que no pudo abrir ninguna puerta. Sin embargo, al dar
la vuelta por segunda vez, descubrió una cortinilla que no había
visto antes, y detrás había una puertecita de unos dos palmos de
altura. Probó la llave de oro en la cerradura, y vio con alegría que
ajustaba bien.
Alicia abrió la puerta y se encontró con que daba a un estrecho
pasadizo, no más ancho que una ratonera. Se arrodilló y al otro lado
del pasadizo vio el jardín más maravilloso que podáis imaginar. ¡Qué
ganas tenía de salir de aquella oscura sala y de pasear entre
aquellos macizos de flores multicolores y aquellas frescas fuentes!
Pero ni siquiera podía pasar la cabeza por la abertura. «Y aunque
pudiera pasar la cabeza», pensó la pobre Alicia, «de poco iba a
servirme sin los hombros. ¡Cómo me gustaría poderme encoger como un
telescopio! Creo que podría hacerlo, sólo con saber por dónde
empezar.» Y es que, como veis, a Alicia le habían pasado tantas
cosas extraordinarias aquel día, que había empezado a pensar que
casi nada era en realidad imposible.
De nada servía quedarse esperando junto a la puertecita, así que
volvió a la mesa, casi con la esperanza de encontrar sobre ella otra
llave, o, en todo caso, un libro de instrucciones para encoger a la
gente como si fueran telescopios. Esta vez encontró en la mesa una
botellita («que desde luego no estaba aquí antes», dijo Alicia), y
alrededor del cuello de la botella había una etiqueta de papel con
la palabra «BEBEME» hermosamente impresa en grandes caracteres.
Está muy bien eso de decir «BEBEME», pero la pequeña Alicia era muy
prudente y no iba a beber aqtrello por las buenas. «No, primero voy
a mirar», se dijo, «para ver si lleva o no la indicación de veneno.»
Porque Alicia había leído preciosos cuentos de niños que se habían
quemado, o habían sido devorados por bestias feroces, u otras cosas
desagradables, sólo por no haber querido recordar las sencillas
normas que las personas que buscaban su bien les habían inculcado:
como que un hierro al rojo te quema si no lo sueltas en seguida, o
que si te cortas muy hondo en un dedo con un cuchillo suele salir
sangre. Y Alicia no olvidaba nunca que, si bebes mucho de una
botella que lleva la indicación «veneno», terminará, a la corta o a
la larga, por hacerte daño.
Sin embargo, aquella botella no llevaba la indicación «veneno», así
que Alicia se atrevió a probar el contenido, y, encontrándolo muy
agradable (tenía, de hecho, una mezcla de sabores a tarta de
cerezas, almíbar, piña, pavo asado, caramelo y tostadas calientes
con mantequilla), se lo acabó en un santiamén.
--¡Qué sensación más extraña! --dijo Alicia--. Me debo estar
encogiendo como un telescopio.
Y así era, en efecto: ahora medía sólo veinticinco centímetros, y su
cara se iluminó de alegría al pensar que tenía la talla adecuada
para pasar por la puertecita y meterse en el maravilloso jardín.
Primero, no obstante, esperó unos minutos para ver si seguía todavía
disminuyendo de tamaño, y esta posibilidad la puso un poco nerviosa.
«No vaya consumirme del todo, como una vela», se dijo para sus
adentros. «¿Qué sería de mí entonces?» E intentó imaginar qué
ocurría con la llama de una vela, cuando la vela estaba apagada,
pues no podía recordar haber visto nunca una cosa así.
Después de un rato, viendo que no pasaba nada más, decidió salir en
seguida al jardín. Pero, ¡pobre Alicia!, cuando llegó a la puerta,
se encontró con que había olvidado la llavecita de oro, y, cuando
volvió a la mesa para recogerla, descubrió que no le era posible
alcanzarla. Podía verla claramente a través del cristal, e intentó
con ahínco trepar por una de las patas de la mesa, pero era
demasiado resbaladiza. Y cuando se cansó de intentarlo, la pobre
niña se sentó en el suelo y se echó a llorar.
«¡Vamos! ¡De nada sirve llorar de esta manera!», se dijo Alicia a sí
misma, con bastante firmeza. «¡Te aconsejo que dejes de llorar ahora
mismo!» Alicia se daba por lo general muy buenos consejos a sí misma
(aunque rara vez los seguía), y algunas veces se reñía con tanta
dureza que se le saltaban las lágrimas. Se acordaba incluso de haber
intentado una vez tirarse de las orejas por haberse hecho trampas en
un partido de croquet que jugaba consigo misma, pues a esta curiosa
criatura le gustaba mucho comportarse como si fuera dos personas a
la vez. «¡Pero de nada me serviría ahora comportarme como si fuera
dos personas!», pensó la pobre Alicia. «¡Cuando ya se me hace
bastante difícil ser una sola persona como Dios manda!»
Poco después, su mirada se posó en una cajita de cristal que había
debajo de la mesa. La abrió y encontró dentro un diminuto
pastelillo, en que se leía la palabra «COMEME», deliciosamente
escrita con grosella. «Bueno, me lo comeré», se dijo Alicia, «y si
me hace crecer, podré coger la llave, y, si me hace todavía más
pequeña, podré deslizarme por debajo de la puerta. De un modo o de
otro entraré en el jardín, y eso es lo que importa.»
Dio un mordisquito y se preguntó nerviosísima a sí misma: «¿Hacia
dónde? ¿Hacia dónde?» Al mismo tiempo, se llevó una mano a la cabeza
para notar en qué dirección se iniciaba el cambio, y quedó muy
sorprendida al advertir que seguía con el mismo tamaño. En realidad,
esto es lo que sucede normalmente cuando se da un mordisco a un
pastel, pero Alicia estaba ya tan acostumbrada a que todo lo que le
sucedía fuera extraordinario, que le pareció muy aburrido y muy
tonto que la vida discurriese por cauces normales.
Así pues pasó a la acción, y en un santiamén dio buena cuenta del
pastelito.
How
doth the little crocodile...
HOW doth the little crocodile
Improve his shining tail,
And pour the waters of the Nile
On every golden scale!
How cheerfully he seems to grin
How neatly spreads his claws,
And welcomes little fishes in,
With gently smiling jaws!
Lewis Carroll
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