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Nació en
Cuba en el año 1943 en Aguas Claras, en el seno de una familia de
campesinos pobres en un caserío en la parte norte de la provincia de
Oriente. Su nacimiento coincidió con el primer período de la
presidencia de Fulgencio Batista (1940-1944). En 1958, se une a las
bandas de rebeldes castristas en las sierras de Gibara, en la
provincia de Oriente. Pasa todo un año en la insurrección, bajo las
órdenes del Comandante Eddy Zuñol. Con el triunfo de la revolución
castrista en 1959, obtiene una beca del nuevo gobierno y estudia
Contabilidad Agrícola y comienza a ejercer en una granja avícola en
las mismas faldas de la Sierra Maestra. En La Habana, trabajó en la
Biblioteca Nacional, en Casa de las Américas y en La Gaceta de Cuba
hasta 1968. Sus primeras novelas le merecieron algunos premios y
cierta notoriedad: Celestino antes del alba (La Habana, 1967;
edición revisada bajo el título Cantando en el pozo, Barcelona,
1982) y El mundo alucinante (México, 1969), considerada una novela
de aventuras que protagoniza un personaje histórico, Fray Servando
Teresa de Mier. El primer libro fue su única publicación en Cuba,
porque -a raíz de su apoyo al poeta Heberto Padilla que tras haber
ganado un premio, en 1968, por su obra Fuera de juego, fue acusado
de contrarrevolucionario- fue condenado a un periodo de reeducación.
Tras esa experiencia, su situación personal se hizo más difícil y
tuvo que escribir clandestinamente y enviar secretamente sus obras
para ser publicadas en el extranjero, como ocurrió con la novela Con
los ojos cerrados (Montevideo, 1972; edición revisada bajo el título
El palacio de las blanquísimas mofetas, Caracas, 1980). Los
originales de otra novela suya, Otra vez el mar (Barcelona, 1982),
que presenta una visión crítica de la revolución cubana, cayeron más
de una vez en manos de la policía. Afirmó que había pasado toda su
vida entre dos dictaduras. Los años 60 y 70 fueron para Arenas dos
décadas sumamente difíciles: a medida que su nombre y su obra se
abrían paso en los círculos literarios de Occidente, las vicisitudes
que el escritor padecía en Cuba eran cada vez mayores. Escapa de
Cuba en 1980, a través del éxodo del Mariel. Se radica en la ciudad
de Nueva York desde donde despliega una intensa labor intelectual.
En 1990, en etapa final del SIDA, se suicida en su apartamento de
Manhattan.
Publicó la mayor parte de su obra fuera de la isla caribeña, entre
sus novelas destacan Celestino antes del alba (1967), El mundo
alucinante (1969), El palacio de las blanquísimas mofetas (versión
en español aparecida en 1980), La vieja Rosa (1980), Otra vez el mar
(1982), Arturo, la estrella más brillante (1984), La Loma del Angel
(1987), El portero(1989), Viaje a La Habana (1990). Dentro del
género cuento escribió: Con los ojos cerrados (1972) y el volumen
que nos ocupa, Termina el desfile (1981). También cultivó la poesía:
El central (1981) y Voluntad de vivir manifestándose (1989).
Escribió el libro de ensayos Necesidad de libertad (1986). También
dio a la estampa cinco piezas de teatro recogidas bajo el título
Persecución (1986). Escribió cientos de artículos, reseñas, ensayos,
comentarios y crítica literaria. A manera de homenaje y a 10 años de
su muerte, se filmó la película Antes que Anochezca.
Reinaldo Arenas
el chapero delator
Entonces salió a la calle, es decir, a aquellos callejones soleados
llenos de arena y casas de madera tras las cuales retumbaba el mar.
En una de las esquinas estaba un joven, uno de los tantos muchachos
que parecen surgir del mismo mar, ensimismado en su indolencia,
ofreciéndose sin ofrecerse, llamándolo sin siquiera decirle media
palabra. Ven, ven, ahora mismo ven aquí... Sí, ya sé que otros
podrán decir que han sentido lo mismo o algo parecido, pero lo que
yo sentí era precisamente único porque era mi sentimiento. Y ese
sentimiento me decía que aquel muchacho me estaba esperando, que esa
manera de sonreírse al yo pasar, de estirar aún más las piernas, de
recostarse a la pared de la esquina; todo eso estaba dedicado
-deparado-, quizá desde hacía muchos siglos, exclusivamente a mí, y
que ese momento, por múltiples razones, incluyendo la ausencias de
Elvia y del niño y hasta la misma calle súbitamente vacía, era mi
momento, el único que quizás en toda mi vida iba a ser
exclusivamente mío. Ya sé, ya sé, ya sé que no es así. Pero es
así... Ismael saludó al joven y éste con mucha desenvoltura le
extendió una mano y dijo llamarse Sergio. Caminaron un corto tramo
bajo los portales de madera. Sergio le preguntó que si vivía en
Santa Fe. Ismael no pudo negarlo e incluso señaló para la calle
donde estaba su apartamento. Sergio preguntó entonces que si vivía
solo. Sí, ahora estoy solo, dijo Ismael. Es por aquí, agregó. Y los
dos subieron hasta el apartamento. No hubo mayores preámbulos,
ningún tipo de comentarios o preguntas. Sergio no era Sergio. Era
como una aparición, como una compensación, como algo previsto por el
tiempo, quizás por los dioses o por lo menos que algún dios piadoso,
por alguna marica divina, por alguien que a pesar de todo quería y
lograba que uno no fuese completamente desdichado. Y al
desabrocharle la camisa, Ismael supo que aquel joven no era una
aparición, sin algo más rotundo e inefable a la vez : un cuerpo
real, un joven y bello cuerpo deseoso de ofrecerse.
Se amaron desenfrenadamente, como si ambos (también Sergio) viniesen
de tortuosos caminos de abstinencia obligatoria. Abrazados se
revolcaron en el sobrecama tejido por la misma Elvia, entre las
sábanas almidonadas y también planchadas por Elvia; cayeron sobre el
piso y volvieron a abrazarse y a poseerse entre ronquidos de placer
mientras tropezaban con la cuna de Ismaelito que rodó hasta chocar
contra el espejo del cuarto que reflejaba los cuerpos desnudos. Así,
en el suelo, todavía abrazados, se quedaron por un rato. No se trata
de una compensación o de un desahogo, pensó Ismael (la cabeza
todavía colocada sobre el vientre del muchacho), es la felicidad,
algo que no volverá a repetirse nunca y que no es necesario que se
repita; al contrario, que no debe repetirse nunca para que siempre
sea la felici dad. Despacio, Sergio apartó la cabeza de Ismael de su
vientre, y aún excitado, dando testimonio de los dieciocho años que
en cierto momento dijo tener, se puso la ropa y despidiéndose
apresuradamente se marchó. Desnudo, tirado sobre el piso, apoyándose
entre algunos cojines, Ismael se quedó solo en la habitación
matrimonial, disfrutando toda la escena que acababa de ocurrir,
disfrutando ahora más que en el momento en que ocurrió. Hasta que
escuchó que alguien tocaba con fuerza a la puerta. Todavía por un
momento, Ismael se quedó ensimismado en el piso. Pero las llamadas
insistían y pensando que podía ser alguna vecina que solicitaba algo
de Elvia, un sobre de café, una cuchara de manteca, se tiró encima
el sobrecama y fue a abrir. Junto a la puerta estaba Sergio
acompañado de dos milicianos con brazaletes, la presidenta del C.D.R.,
y más atrás un policía. No sé qué tiempo estuve así, tirado en el
piso abrazado a los cojines hechos por las manos de Elvia, siempre
pensando, o más bien sintiendo (porque en ese momento no se piensa),
sintiendo: la dicha, la dicha, la verdadera dicha, mucho más grande,
mucho más grande a medida que pase el tiempo y la recuerde. No, no
sé qué tiempo estuve así, quizás sólo el necesario para que el
muchacho regresara con la policía, tocara a la puerta y señalando
para Ismael envuelto en el sobrecama dijera: Es él, este señor me
invitó a su casa e inmediatamente se me tiró al rabo. No, no sé qué
tiempo estuve así, sin decir nada, el sobrecama cubriéndome hasta
los tobillos, el muchacho frente a mí señalándome con un gesto de
odio, detrás la vieja del C.D.R. mirando fijamente a Ismael,
diciéndose «yo sabía, yo sabía», y al fondo el policía, la mano
sobre la pistola por si remotamente Ismael intentaba darse a la
fuga. ¿ Qué tiempo, qué tiempo, qué tiempo estuve así? Toda mi vida,
toda mi vida, desde ese momento hasta ahora aquí, junto a la nieve,
desde ese momento hasta que muera aquí y me pudra (o no me pudra)
bajo la nieve. De todos modos no pudo haber sido mucho tiempo, pues
el muchacho que era del vecindario y de una familia integrada al
sistema, volvió a testificar rápidamente la acusación, y como si eso
fuera poco allí estaba Ismael semidesnudo, dando pruebas de su
inmoralidad, y más allá la cama revuelta, las sábanas tiradas por el
piso y hasta un olor a sexo, a un reciente combate erótico, flotando
en el aire. Todo eso fue cogido al vuelo por la presidenta del C.D.R.
quien dueña de la situación, y al parecer ya del apartamento, avanzó
resuelta hacia Ismael... Aquello fue un verdadero escándalo en todo
el pueblo de Santa Fe. Que lo hubiera hecho otro, un pájaro común,
un maricón reconocido, alguien que estuviera definido, pero Ismael,
él que era incluso jefe de los círculos de estudio del C.D.R., un
hombre que parecía tan serio, tan moral, que parecía tan hombre, y
con un niño, con un muchacho de buena familia y que tenía, según él
mismo confesó, sólo diecisiete años -uno menos que los que Ismael
recordaba haberle oído decir cuando se conocieron-. Hasta las locas
comunes, aquellas que pagaban el precio de su autenticidad,
aprovecharon la oportunidad para desquitarse y levantar un poco la
imagen de ellos, incapaces, según confesaban, de violar (pues ya se
hablaba de violación) a un menor de edad.
Reinaldo Arenas
Viaje a la Habana
Editorial Narrativa Mandadori, Madrid, 1990.
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