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Nació en
Sevilla el 26 de abril de 1898. Su padre, Cirilo, era Ingeniero de
Ferrocarriles, y fue un hombre hábil en negocios de inversión; su
madre, Elvira, había sido educada refinadamente en el seno de una
familia de la alta burguesía. A los dos años la familia se trasladó
a Málaga, donde transcurrió casi toda su infancia. Durante nueve
años el paisaje malagueño, Ronda, el aire, el Mediterráneo, grabaron
en su alma resonancias y luminosas sensaciones de belleza: cuarenta
años después las imágenes de Málaga aflorarán muy vívidamente en el
espacio cósmico de uno de sus libros capitales, Sombra del
Paraíso.
En 1909, nuevo
traslado a Madrid, en donde vivirá en adelante. Barrio de Salamanca,
calle Ayala, sosiego y paz para la alta burguesía, cercana a los
aristocráticos palacetes ajardinados de la Castellana. De Ayala 9 a
Serrano 98, su nueva casa. La bicicleta del muchacho rueda hacia el
colegio por un barrio transitado por elegantes coches de caballos
(“Yo iba en bicicleta, casi alado, aspirante”). El Colegio Teresiano
era seglar; allí estudió el bachillerato, aunque todos los años
tenía que examinarse en el Instituto San Isidro, de la calle Toledo.
Cada año adelantó, por libre, algunas asignaturas, por lo que fue
bachiller a los quince años.
Cursa
simultáneamente las carreras de Derecho y Comercio, brillantemente
(sólo el escollo del Álgebra Superior, dándose la circunstancia de
que su padre había publicado un libro de esa materia). A veces hace
novillos, porque se escapa a la Biblioteca Nacional. Lee a los
novelistas del realismo, el teatro clásico, los dramas románticos, a
Unamuno, Azorín, Baroja... Con un amigo se va a los ámbitos
prohibidos de los cuplés y las habaneras, descubriendo a la Chelito,
a Pastora Imperio, a Raquel Meller; o a las verbenas populares... En
Europa hay una terrible guerra, y el joven estudiante se ve recluta
en un cómodo voluntariado en el Regimiento de Ferrocarriles. España,
neutral. Su padre, Cirilo, hace planes para el nuevo economista.
A los 19 años
conoció a Dámaso Alonso, y éste, al comprobar que Vicente no lee
poesía, le prestó un libro de Rubén Darío, que despierta su vocación
poética (“una revolución en mi espíritu, la poesía me fue
revelada”), que se acrecentará al leer ese mismo año a Antonio
Machado y a Juan Ramón, que le deslumbran e influyen en su poesía
inicial, sobre todo el poeta de Moguer. Siguen lecturas de
Lautréamont, Rimbaud, Apollinaire, Guillermo de Torre, Tristan Tzara,
a veces a través de las revistas literarias. Empieza a trabajar como
profesor ayudante en la Escuela de Comercio, y muy pronto en las
oficinas madrileñas de los Ferrocarriles Andaluces. Después pasa a
la Compañía de Caminos de Hierro del Norte de España, y se le
encarga un estudio sobre jubilación del personal (uno de los
progresos de la época). Al poco de empezar ahí, Américo Castro le
invita a dar una conferencia, para alumnos extranjeros, en la
Residencia de Estudiantes, sobre el lenguaje de la técnica
comercial.
Una crisis
religiosa será decisiva para lo que va a constituirse como visión de
mundo en su obra poética, prácticamente constante: el mundo, como el
cosmos, viene a ser una materia espiritualizada, acaso un panteísmo,
una sola forma y una sola sustancia, el amor.
En 1925 cae
gravemente enfermo, con altas fiebres. El bacilo de la tuberculosis
se ha alojado en muy mal sitio, el riñón, y origina una nefritis
crónica: Aleixandre mantendrá ya de por vida una salud muy precaria
que le aleja de toda actividad profesional. Atraviesa una etapa de
crisis y soledad, de cambio radical en el curso de su vida, que se
centra definitivamente en la literatura, en escribir con fe y
necesidad. Cuenta con el apoyo familiar de sus padres y hermana, que
buscan residencias muy sanas para cuidar al enfermo: Miraflores de
la Sierra, Aravaca, Velingtonia. Y que alientan las visitas de los
amigos (Lorca al piano de su madre), o cuidan el ambiente de
recogimiento que necesita el escritor.
Cada vez
conoce más y mejor a los intelectuales y poetas de su tiempo.
Amistad con Jorge Guillén, Altolaguirre, Moreno Villa, Bergamín,
Juan Chavás, Fernández Almagro, André Malraux, Vicente Huidobro,
Rafael Alberti, Cernuda... Se le acercan también los más jóvenes:
Rosales, Panero, Vivanco... En 1926 aparece su firma en la
“Revista de Occidente”, que dirige Ortega y Gasset, y después en
otras revistas que protagonizaba la inquieta juventud contemporánea:
“Carmen” (de Gerardo Diego), “Verso y prosa” (de Jorge
Guillén), o más tarde “Caballo verde para la poesía” (de
Neruda), y muchas más, como la que dirige Emilio Prados, que le
invita a publicar en ella sin reconocer en Vicente al tierno amigo
del colegio de Málaga...
Su primer
libro fue Ámbito, en 1928. Pero antes ya ha participado en el
homenaje a Góngora, cuya fecha acuñaría el principal referente
generacional: 1927. Aunque no haya podido hacer el célebre viaje del
grupo a Sevilla. Escribe poemas en prosa, que luego se publicarán
con el título de Pasión de la tierra.
En
1931 a las fiebres se suman las hemorragias. Un famoso médico
desahucia al enfermo, creyendo afectados los dos riñones. Ese mismo
año Aleixandre define la poesía como “clarividente fusión del hombre
con lo creado” y como “aspiración a la unidad”. Está leyendo a los
poetas franceses, a Joyce, a Freud. Todo colabora a que vaya
cambiando su sensibilidad. En 1932 le extirpan un riñón. El régimen
de reposo y cuidados se endurece; coge el hábito de escribir en la
cama. Pese a todo él publica Espadas como labios, y al año
siguiente le otorgan el Premio Nacional de Literatura por La
destrucción o el amor. En el jurado estaban Manuel Machado, y
los catedráticos Gerardo Diego y Dámaso Alonso.
La
guerra de 1936. Muy pronto, el asesinato de su íntimo amigo Federico
García Lorca. Escribe una semblanza, elegía en prosa. Colabora en
algunas publicaciones republicanas. Miguel Hernández, que enseguida
le trata mucho, le dedica su Viento del pueblo. Al acabar la
guerra Aleixandre es uno de los pocos miembros del grupo poético del
27 que permanecen en España. Pero, como si se hubiera alejado con
sus compañeros expatriados, escribe hermosos y tristes poemas
cantando a una tierra perdida. Se le han muerto también sus padres.
La burguesa
casa de dos plantas que habían adquirido sus padres en la calle
Velingtonia, 3, en los altos de la Moncloa, la sierra al frente, que
había padecido los rigores del frente de la ciudad universitaria, ha
sido reconstruida, y en el jardín el poeta ha plantado, con sus
propias manos, un esbelto cedro (“con su verdor sin fatiga”) que
siempre amará. En esa casa escribiría Aleixandre casi todos sus
libros.
En el 42 muere
en la cárcel, enfermo y exhausto, Miguel Hernández, el fiel y jovial
amigo que en los duros tiempos de la guerra en Madrid le llenaba su
cama de naranjas de Orihuela, y su alma de risas. Tantas muertes
parecen anegar de dolor y acallar al poeta. Hay un tiempo de
silencio, y después, paradójicamente, uno de sus libros más
radiantes, Sombra del paraíso, de melancólica soledad que se
autoexilia a un paraíso de la niñez, a Málaga, a un paraíso, sí,
pero perdido.
Por otra
parte, la censura cae sobre nuestro poeta de una forma indirecta: se
prohibe mencionar su nombre en los medios de comunicación. Algunos
burlarán a los censores hablando de “el autor de La destrucción o
el amor...” Pero tampoco es un autor demasiado molesto
políticamente, y simplemente se le ningunea. Pero a su casa siguen
acudiendo nuevos poetas, escritores jóvenes como Jose Luis Cano,
Morales, Gaos, Bousoño, Nora, Otero, Valverde, Hierro, Carmen Conde,
Concha Zardoya, García Nieto, Leopoldo de Luis, Crémer, Celaya... La
joven poesía española encontraba su maestro en Aleixandre, acogedor
y sencillo. Nuevas revistas (“Garcilaso”, de García Nieto,
“Escorial”, de Dionisio Ridruejo, “Espadaña”...) publican
sus poemas. Así pues, a pesar de todo, su prestigio se impone, y en
1949 es nombrado miembro de la Real Academia Española, con un solo
voto en contra. El autor difícil, a veces hasta hermético, el poeta
surrealista (nuestro mejor surrealismo, según Cernuda), con sus
metáforas visionarias, cósmicas, o con sus amplias perífrasis,
alejado con todo ello del clásico o tópico “academicismo”, es
reconocido por la Academia en un clima rebosante de fervor.
En 1951 se
encarga Aleixandre de preparar un volumen, Obra escogida,
compuesto por originales y borradores de Miguel Hernández. Durante
esta década 50-60 no escribe mucho, pero mantiene bastante actividad
dando conferencias y sobre todo haciendo lecturas de su poesía o
dando a conocer los Encuentros, prosas que relatan sus
distintas amistades. Se publicarán en el 58, en una bella edición
para bibliófilos. De estos años data su Historia del corazón
(1954) y las primeras composiciones de En un vasto dominio
(1962).
Aunque
viajaría por casi toda España y haría breves incursiones por Europa
(Londres, el París de las vanguardias), por Marruecos,
Hispanoamérica... su vida fue siempre muy sedentaria, y la casa de
Velingtonia estuvo siempre abierta también a las revistas literarias
de dentro (la del grupo “Cántico” de Córdoba o los
“Papeles de Son Armadáns”, de Cela) y de fuera de España (las
marroquíes “Manantial” o “Al Motamid”) que buscaban su opinión y
magisterio, o su colaboración. Corresponde a todos los escritos, a
todos estimula. Las revistas de toda España publican las respuestas
de Aleixandre como avales de estimación. Su afable acogida, su
generoso aliento, fue proverbial.
En 1959 el
poeta del más encendido realismo social, Gabriel Celaya, publica su
Cantata en Aleixandre, poema dramático a modo de
interpretación poético-dialéctica de su obra. En efecto, la
evolución constante de Aleixandre le acerca ahora a la temática de
la comunicación, y renueva la atención de las generaciones jóvenes
sin excluir a nadie (sirva de ejemplo el poema “Para quién escribo”,
del que figuran dos versículos en el retrato que tenemos de él en el
Instituto). En 1960 se publican las primeras Poesías completas
de nuestro autor. Se abre una década de antologías y traducción de
poemarios (en italiano, en alemán, en francés...), de homenajes, de
placas conmemorativas. Termina Retratos con nombre. Después,
Poemas de la consumación, de significativo título, poesía
honda y serena, desde la que se ve la juventud como la única vida,
pero también la muerte como el segundo y definitivo nacimiento. Con
motivo de sus setenta años se le rinde un homenaje singular: un
volumen de 84 poetas con composiciones referidas a él o a su obra.
En 1969 se le concede el Premio de la Crítica.
Lleva el poeta
una existencia relativamente activa, basada en un estricto plan de
alimentación y de reposo. Sólo seis o siete horas está levantado.
Desde 1970 trabaja en su último gran libro: Diálogos del
conocimiento, que aparecerá en 1974. Siguen los homenajes, como
el de la Asociación de Mujeres Universitarias.
Desde 1973 se
perfilaba como candidato al Premio Nobel. En 1974 aparece la edición
sueca de una antología de su obra. Varios profesores de diversos
países presentan su candidatura. Y por fin le conceden el Premio
Nobel en 1977.
Tras unos años
de vejez tranquila, realizando entrevistas sumamente clarificadoras
sobre su obra, y en particular sobre el complejo tema de la
escritura surrealista, se apaga la vida de Vicente Aleixandre en
1984. (Ha soñado poemas enteros, entera pues y genuinamente
surrealistas; ha soñado también que no podía recordarlos al
despertar, por más que hacía esfuerzos de reiteración y memorización
dentro del sueño, ha soñado que se conformaba con memorizar un solo
verso, repitiéndoselo numerosas veces... pero jamás consiguió
recordar ni ese solo verso al despertar: así que ni en este maestro
de surrealistas ha sido posible, pues, la auténtica creación onírica
tan buscada por este mítico movimiento de vanguardia, que tanto
revolucionó la literatura de su época y cambió la posterior).
Falleció el 14 de diciembre de 1984.
Póstumamente,
en 1985, se publica una actualización de su obra en prosa del año
58, Los encuentros, sobre los amigos que fue tratando desde
aquella fecha, la mayoría escritores. Y en 1991, se publica un
último libro de poemas inéditos, En gran noche.
Unidad en ella
Cuerpo feliz que fluye entre mis manos,
rostro amado donde contemplo el mundo,
donde graciosos pájaros se copian fugitivos,
volando a la región donde nada se olvida.
Tu forma externa, diamante o rubí duro,
brillo de un sol que entre mis manos deslumbra,
cráter que me convoca con su música íntima,
con esa indescifrable llamada de tus dientes.
Muero porque me arrojo, porque quiero morir,
porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera
no es mío, sino el caliente aliento
que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo.
Deja, deja que mire, teñido del amor,
enrojecido el rostro por tu purpúrea vida,
deja que mire el hondo clamor de tus entrañas
donde muero y renuncio a vivir para siempre.
Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo,
quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente
que regando encerrada bellos miembros extremos
siente así los hermosos límites de la vida.
Este beso en tus labios como una lenta espina,
como un mar que voló hecho un espejo,
como el brillo de un ala,
es todavía unas manos, un repasar de tu crujiente pelo,
un crepitar de la luz vengadora,
luz o espada mortal que sobre mi cuello amenaza,
pero que nunca podrá destruir la unidad de este mundo.
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