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  New York, NY. EE.UU. Año 6 -

 

  Abril 12/2006

 

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  COLUMNA DE PATRICIA LORENTE

 

 

PITOPAUSIA, TÍAS PROGRES, Y MIL DISCULPAS.

 

 

Patricia Lorente 

Mis tías eran progres, socialistas, y casi todas separadas. Solían reunirse y poner a caldo a los hombres, y a mí me divertía aquella conversación. Mi madre también participaba, pero ella seguía –y sigue- casada con el mismo hombre, así que tampoco era tan ‘activista’ como las demás. Entre todas esas charlas femeninas que mis primas, hermanas (en la familia somos casi todo mujeres), y yo misma, cotilleábamos hasta la saciedad, hubo cierto término que se me quedó grabado para siempre en el cerebro: “a los hombres, a los cuarenta, les entra la pitopausia”.

En un primer momento, lo interpreté como “una enfermedad del pito”, tal y como me sonaba la palabra. Más tarde, descubrí en qué consistía la menopausia, así que pude ir un poco más allá en la interpretación “que los tíos se ponen fatal a los cuarenta”. Y ya cuando estaba más madurita, y tras tragarme una charla de madres y tías detrás de otra, cada verano, en la costa mediterránea, pude llegar a esta conclusión:

 

Pitopausia: crisis masculina que se da a los cuarenta, en la cual el hombre padece un ataque de inseguridad tal, que le da por ir detrás de jovencitas, tratar de ponerse estupendo, flirtear con todo bicho viviente, y joder a la parienta.

 

Mis tías –mujeres maravillosas, que vivieron los 70 con sed de libertad, y siendo tan hippies como a una españolita media de aquella época le estaba permitido- parecían saber de lo que hablaban, pero yo quise darles una tregua a los hombres, aún tenía veintipocos cuando lo entendí, y no me gustan las generalizaciones, hasta que yo misma –con la experiencia- pueda permitirme generalizar.

El tiempo no ha tardado en darles a mis tías la razón. Mi amiga Shirley Hennes, que vive en Wicomiko County, a unas tres horas de mi casa, me llama el otro día y me cuenta que ha echado a su marido de casa. Resulta que el muy cerdo llevaba tiempo machacándose los bíceps para lucirlos en la oficina, y se había liado con la secretaria, que tenía diecinueve años, y el cerebro más pequeño que su propio pito. El imbécil tiene a una treintañera estupenda en casa, buena madre, curranta, guapa, y estilosa. Me pregunté qué le rondaría el cerebro a Bryan para llegar a aquel punto, y una palabra apareció en mi cabeza como venida de algún lugar en el tiempo… LA PITOPAUSIA.

Luego me llama mi hermana. Y me cuenta que mi cuñado últimamente se está poniendo cañón, que se mata en el gimnasio, y que hasta las canas le favorecen. Ella lo llama “la crisis de los cuarenta”, pero yo me resisto a recordarle aquel término tan significativo que les pertenece a las tías, tampoco quiero asustarla. Julio es un pedazo de pan, nunca haría nada como lo que hizo Bryan; la pitopausia, al igual que la menopausia, afecta de modos diferentes.

No pretendo castigar a los hombres con estos comentarios, está claro que cosas igual de estúpidas se pueden decir de las mujeres, pero como yo soy mujer, que sean ellos los que saquen los trapos sucios…

Sólo quería rendir un pequeño homenaje a cuatro –cinco, con mi madre- mujeres acertadas, fascinantes, rebeldes, luchadoras, y con nombres de aúpa, Mimi, Ketty, Fina, Paloma, y Carmita.

 

 

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