Rodolfo LLinás
provoca auténtica pasión entre sus
colegas neurofisiólogos. Es conocido no sólo por su
trabajo, sino por la brillantez con la que lo expone en
público; él
es consciente y, como buen coqueto, se deja querer.
LLinás es audaz: lo mismo se va a Suiza
(y se cuela en experimentos
ajenos) que vuelve a Colombia
y monta una empresa para ser autosuficiente en su
trabajo. Sus amigos dicen que puede ser encantador o
cruel con sus interlocutores. Esta vez hubo suerte y
vimos al mejor LLinás.
Por:
Silvia Churruca
Parece
un niño grande con esos ojos brillantes de curioso
insaciable, esa sonrisa pícara y ese flequillo canoso
pero rebelde. Sobre el escenario -porque convierte cada
charla científica en un espectáculo- despliega toda su
energía y su talento: mide las pausas y cambia de ritmo
para mantener la atención del público al que deleita con
guiños en forma de comentarios cargados de humor e
ironía. Su entusiasmo hace que cada experimento que
narra parezca algo único y prodigioso. Resulta tan
convincente que acaba uno por entender que su padre
cediera y le liberara de ir al colegio.
Al bajar de la tarima LLinás no sólo no pierde un ápice
de ese magnetismo, sino que lo incrementa con su encanto
personal. Es menudo, con rasgos indígenas y un atuendo
impecable.

Cuando quiere -y en esta entrevista quiso- es
arrolladoramente simpático. Seduce con un relato cargado
de realismo mágico, acento genuino y una voz que a veces
se escapa hacia dentro.
Dicen sus amigos que existe otro Rodolfo, que a primera
vista decide que el que le aborda no merece que él
pierda su tiempo. Entonces simplemente ignora al extraño
o le desdeña. Pero si la intromisión llega en forma de
mujer la reacción cambia, según esos mismos amigos.
Con abuelo, padre y tío médico, ¿podría haber elegido
otra profesión?
-Fue una decisión voluntaria. Dije que quería ser médico
a los 4 años. Ese año estaba viviendo con mi abuelo. Era
neuropsiquiatra y veía pacientes en casa. Yo me asomaba
al patio y curioseaba. Un día un señor tuvo un ataque de
epilepsia. Quedé fascinado. Pensé que no estaba enfermo,
porque no le faltaba una pierna o algo así. Quería
comprender qué estaba pasando.
Vamos, que en aquel momento eligió también la
especialidad.
-Le pregunté a mi abuelo el motivo del ataque. Sabía
que el señor no estaba loco, pero no entendía por qué
había hecho lo que había hecho. Mi abuelo intentó
explicarme que el hombre no había podido elegir lo que
hacía. Yo no lo entendía y le contestaba que todo el
mundo sabe lo que hace y lo elige, y si no quiere
hacerlo, pues no lo hace. Me pareció que intentar
entender eso era la gran pregunta.
¿Era muy curioso?
-Era una máquina de preguntas. Hasta tal punto, que
en un viaje fluvial, en la primera parada, mi abuelo,
desesperado, llamó por teléfono a mis padres, que
pensaron que pasaba algo grave, y les dijo que le tenía
contra las cuerdas. Pero es que todo eran estímulos -era
como un safari- y mi abuelo tenía el talento para
contestarme.
La ciencia y la paciencia...
-Me planteé qué necesitaba aprender para entender
qué movía a las personas. Era un malísimo estudiante. De
hecho, convencí a mi padre para no ir a la escuela,
porque no me enseñaban nada útil. Sólo iba a la hora del
recreo para jugar y era el único niño, porque era una
escuela de niñas. Yo era el malo y el huraño.
¿Era de los que investigaba en el interior de los
juguetes?
-Por supuesto. Duraban un segundo, todos estaban
desbaratados. Me gustaban más así: es mucho más
interesante ver cómo funcionan, cómo se convierte la
energía en fuerza, que el caparazón.
¿Mantiene esa capacidad de asombro y entusiasmo como
investigador?
-Sería imposible trabajar sin ella.
Quizá por su peculiar experiencia tiene su propia
teoría educativa.
-Sí. Creo que a los niños no hay que enseñarles
detalles, sino grandes conceptos y cómo se relacionan.
Si a uno no le dan un marco conceptual, se pierde en los
detalles. Por ejemplo, en Historia, para entender una
época hay que plantearse un conjunto: los problemas
políticos, económicos, sociales, cómo se desarrollaba la
agricultura... Todo lo que podamos saber, sepamos y
hayamos sabido se puede reducir a dos conceptos:
inducción y deducción.
¿A qué edad enseñaría eso?
-A los 7 años.
Eso requerirá contar con buenos maestros.
-Lo hemos puesto en un CD-Rom. El niño tiene que
aprender y jugar a la vez. Debe saber los puntos
cardinales: qué, cúando, cómo y dónde. Será la base para
describir todo lo que le rodea. Y a partir de ahí
intentará llegar al porqué.
Su mujer es filósofa.
-Nos conocimos en Australia. Aunque yo estaba
estudiando fisiología, me relacionaba con los filósofos.
Mi mujer es mi compañera, me cuida y me tolera. Entre
nosotros no hay charla de café; siempre hay alguna
cuestión filosófica que podemos tratar.
Antes de Australia había estudiado en Suiza.
-Dije a mis padres que quería ir a Europa para ver
qué hacían allí. Tenga en cuenta que mis padres me
habían tolerado que fuera al colegio sólo en el recreo.
¿Eran excéntricos?
-No. Simplemente me dejaban hacer lo que quería
siempre que tuviera una buena razón. Teníamos una
relación muy linda y si había algún problema llamaba a
mi abuelo.
Comenzó a estudiar Medicina y viajó a Europa.
-Primero estuve en España, luego en Francia y
finalmente me quedé en Suiza, en el laboratorio de W.
Rudolph Hess, en Zúrich.
Me han contado que metía la cabeza y si veía un
experimento que le interesaba, se colaba.
-Era gente de trato muy fácil.
Así que se compró el equipo y volvió a Colombia para
repetir allí esos experimentos.
-Además, para llevar a cabo mis experimentos me di
cuenta de que necesitaba componentes electrónicos; así
que monté junto a mi padre una fábrica de motores y una
siderúrgica para tener asegurado todo lo que requería.
¿Era un negocio que les interesaba desde el punto de
vista empresarial?
-No, es una reacción típica de Colombia: no haces
las cosas por una razón concreta, es más un impulso. De
esta forma el proyecto de investigación se auto
soportaba.
Pero creo que tuvo un problema sorprendente...
-Sí. Los gatos de Colombia no eran como los que
utilizaban en Suiza para los experimentos. Los
colombianos se defienden. Ellos tienen su propio punto
de vista. Sólo conseguí capturar cuatro. Recuerdo que
mandé cerrar las ventanas, pero uno encontró una
rendija. Llegué justo para sujetarle de la cola: estaba
suspendido desde un cuarto piso, pero saltó y salió
corriendo. Necesitaba domadores. El problema que tiene
la gente ante los animales es que pocas veces les ve en
situaciones reales.
¿Su arrojo le ha ayudado a la hora de investigar?
-Hay que tener el valor de las ideas y el coraje de
defenderlas. Es importantísimo.
¿Hay algo que le haya dado miedo?
-Cuando empezaba mi carrera en Estados Unidos me
acerqué a la neurocirugía y no me gustó. Quizá me dio
miedo dañar la integridad de alguien, herirle. Me
pareció que aquello era una bestialidad: abrirle la
cabeza a alguien. Ejercí muy poco en Colombia.
Además de Colombia, ha vivido en Suiza, Australia y
Estados Unidos. ¿Cómo se ha adaptado?
-Nunca he tenido problemas de adaptación, ni
siquiera en Iowa.
¿Por qué cita Iowa?
-Porque vivía en una ciudad muy pequeña que, como me
decía un amigo, no será el fin del mundo, pero desde
allí se ve. Por eso decidí hacerme con un avión y
aprender a pilotarlo. Así podía irme de fin de semana a
Chicago a ver ópera.
¿Se enorgullece de dedicar las vacaciones a seguir
haciendo experimentos?
-Desde hace 38 años paso las vacaciones en un lugar
de la costa estudiando la conexión sináptica del
calamar.
Entonces, ¿lo único que distingue su periodo de
vacación es lo que investiga?
-Sí, pero para mí eso son vacaciones.
Cuando alguien pretende incorporarse a su equipo le
amenaza con trabajar 24 horas al día, 7 días a la
semana.
-Absolutamente. Yo les digo lo que hay y ellos
eligen libremente.
Tanto estudiar el sueño y le quita todas las horas
que puede.
-Pero cuando duermo lo hago a conciencia. Soy de los
que se ha dormido antes de apoyar la cabeza en la
almohada. Puedo dormir en cualquier momento y lugar.
En sus investigaciones habla de que "la vida es
sueño". ¿Es un seguidor de Calderón de la Barca?
-Es que es muy inteligente. Vivimos para soñar y
para hacer imágenes. Una gran parte de esas imágenes
vienen directamente del mundo externo, pero los humanos
podemos crearlas, y eso me parece increíble.
¿Lo que diferencia al ser humano es la imaginación?
-Cuanto más tejido y más conexión hay, más se separa
uno de la realidad.
Usted ha dirigido un proyecto de la NASA. ¿Cómo fue
la experiencia?
-Simplemente me llamaron, trabajé con ellos y se
acabó.
Choca que un hombre al que no le gusta perder un
minuto disfrute yendo de tiendas.
-Cuando quiero algo para mí voy yo a comprarlo. Me
parece algo muy personal.
También afirman que es detallista en las relaciones
humanas.
-Los amigos son como los dientes viejos; hay que
cuidarlos. Y yo lo hago con cariño.
Y añaden que, cuando conoce a alguien, o conecta en
el primer momento o le ignora.
-Es que la vida es muy corta y todo pasa muy rápido.
¿Le preocupa tanto el tiempo?
-No es eso. Cuando doy una conferencia siento los
corazones de las personas que están sentadas y sólo
espero corresponderles por el tiempo que me están
dedicando. Cada momento es único.
Y consigue su objetivo. Ellos disfrutan y usted
parece que también. ¿Mira a su público?
-Sí y sé que ellos saben que yo les estoy
observando.
Me han dicho que cualquier día le darán el Nobel.
-La verdad es que no es tan interesante. Creo que me
interesa más tener la ilusión de conseguirlo que
ganarlo. Cuando ya lo tienes es como morirte.
¿Eso le dice su amigo García Márquez?
-No; el Gabo es muy especial.
Siempre elogia a Cajal. ¿Qué le gusta de él?
-Su integridad intelectual, que peleó siempre y que
tuvo el coraje de defender sus ideas, a veces difíciles
de defender. Es un camarada en armas.
¿Es usted revolucionario?
-No, apenas espero poder seguir conforme a mis
ideas.
¿Tenemos desde fuera una imagen de Colombia
distorsionada por la violencia?
-Hay violencia, pero el 90 por ciento de la gente
colombiana es amorosa. Desde fuera se conoce el uno por
mil de la realidad colombiana.
¿Qué salida tiene la situación de su país?
-Existe una, pero no me gusta. Esto es como quien
tiene gangrena en la pierna. Amputar aquí sería acabar
con lo que se está comiendo el corazón del país. Yo soy
liberal y me horrorizo de lo que me dice la corteza
cerebral: que
necesitamos un Fujimori.
Entre sus amigos están varios de los ex presidentes
de Colombia y usted es un personaje en el país. ¿No le
han tentado para entrar en la política?
-No. Me sería muy difícil: soy liberal y no digo
mentiras, a pesar de mi mala memoria.
¿Tiene mala memoria?
-Malísima, salvo para lo que me interesa.
¿Un experto en cerebro no la ejercita?
-Es que no quiero ejercitarla. No quiero malgastar
mi memoria.
Investiga qué mueve al cerebro. ¿A usted qué le
mueve?
-La curiosidad.
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