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Las
razones de Tomás Eloy Martinez Por DAVID LARA RAMOS
Cuando
uno lee los textos de Tomás Eloy Martínez (Tucumán,
Argentina, 1934) reconoce virtudes narrativas que
construyen en la mente del lector un interrogante: ¿es
un hecho real con ingredientes míticos que lleva a
pensar en la ficción o, por el contrario, es un hecho
ficticio con ingredientes reales que hace pensar en su
innegable existencia?
Difícil
hallar una respuesta rápida. La sola pregunta nos ha
dejado extenuados.
Su
novela Santa Evita
(1995) es prueba de ello. Ahora El
vuelo de la reina (2002), siete años después,
agrega nuevos matices al interrogante.
Es,
sin duda, la novela el espacio donde la razón de un
escritor encuentra su gran prueba. Aunque no estamos de
acuerdo con la teoría que la anuncia como la máxima
demostración de talento (como para decírselo a
Borges), involucrarse en ese género es un reto a la
investigación, pero sobre todo a la imaginación.
Talento
y conocimiento del lenguaje serán necesarios, pero
elevadas dosis de voluntad darán forma a esa historia
que existirá sólo en las palabras que la cuentan.
La
novela, por su extensión, y en eso está de acuerdo el
escritor guatemalteco Augusto Monterroso, puede
constituirse en un irrespeto para el lector, al
reproducir, en la seductora forma de libro, vaguedades
personales con la pretensión de que otro ser humano
ocupe horas (o días) en leer las tonterías que el
“creador” propone.
En
el día a día se construye la verdad de un texto, pero
además de la verdad está la forma, la estructura o las
piezas para construirla. ¿Cuál es entonces la realidad
que inventa el autor con el cuerpo de Eva Duarte, en Santa
Evita? ¿Son ciertas las pruebas que presenta o sólo
las crea para construir su verdad? ¿Qué intenta con su
trabajo literario o es más bien un obsesivo juego
creativo?
En
conferencia presentada en Washington en 19991,
Eloy Martínez cuenta cómo las razones de su escritura
pueden tener un sustento histórico, ahora arraigado.
Incluso esa forma de literatura argentina, de la que él
habla, ha hecho carrera y es hoy un verdadero género
literario en nombres como Borges, Cortázar, Mujica Laínez
o Adolfo Bioy Casares.
La
charla se titula Mito,
historia y ficción en América Latina. En su
inicio, expresa cómo “las
diferencias entre ficción e historia se han ido
tornando cada vez más lábiles, menos claras”. No
usa el término verdad, o hecho noticioso, dice sólo
historia, para referirse a ese grupo de acontecimientos
pasados que un cronista recoge con el propósito de
crear una verdad. ¿Qué tipo de verdad? ¿Acaso la
verdad del cronista? ¿Cómo asumirán esa verdad las
generaciones futuras?
Sin
discutir sobre la veracidad de esa historia, el mismo
Eloy escribe: “En
mis primeros libros de lectura, el pasado de la
Argentina era como una galería de cuadros solemnes y
grandiosos que no se podían mirar de cerca y sobre los
que no estaba permitido hacer demasiadas preguntas. Tenía
que conformarme con aprender lo que se decía de ellos,
y punto. [...]
[...]“En ese recuento del pasado casi no había pasado; era como si la
Argentina hubiera nacido de repente, un lluvioso día de
mayo, en 1810, y lo de atrás no existiera”.2
Esa
educación, sin duda, creó una mente ligada a los
interrogantes y a la búsqueda de fuentes originales que
permitieran armar una verdad. ¿Pero qué pudo haber
sucedido cuando las pruebas documentales o testimoniales
no se hallaban o simplemente no existían? Es preciso
incluir en las posibles respuestas que la mente de ese
escritor las pudo haber elaborado. Nos resistimos a
decir que las ha falsificado, diremos que las ha
convertido en vivos pasajes literarios.
Debemos
recordar que la duda es principio fundamental de la
actividad periodística, la cual fue ejercida por Martínez
en sus comienzos. Toma los métodos de un inquieto
reportero para hacer su trabajo como novelista.
Desde
aquel Cabildo Abierto de mayo de 1810 en el virreinato
de Buenos Aires, pasando por los crueles regímenes
militares, hasta llegar a las corruptas democracias
recientes, la historia del país ha sido brumosa, y
siguen existiendo baches que imposibilitan unir una
realidad con otra.
Eloy
Martínez reconoce que la literatura argentina nació en
ese difuso campo de la historia, y sobre la calidad de
los documentos que la prueban él tiene dos inquietudes
que podríamos trasladárselas a Santa Evita: “¿Con qué argumentos negar a la novela, que es una
forma no encubierta de ficción, su derecho a proponer
también una versión propia de la verdad histórica? ¿Cómo
no pensar que, por el camino de la ficción, de la
mentira que osa decir su nombre, la historia podría ser
contada de un modo también verdadero o, al menos, tan
verdadero como el de los documentos?”3.
La verdad histórica, el
camino de la ficción, y
la prueba documental, podrían ser los tres senderos
para llegar a los espacios que Martínez dispone en sus
textos. Con ese apoyo y yendo por las mismas rutas,
reconocemos que en la actual novela argentina, Tomás
Eloy Martínez es la figura que encaja en el espectro de
un Borges
novelista.
Los
métodos de Martínez parten de la ficción que crea,
basada en un personaje cuya única misión es zafarse de
sus dudas. Así se hace investigador o periodista.
Mientras que en Borges todo se sostiene sobre la erudita
personalidad que manejaba.
Borges
creaba una verdad que no se reflejaba en el espejo, pero
sabíamos que estaba ahí. En un dato lejano, quizás
incierto. Tenía una biblioteca con tomos que se daban
por perdidos. Había un histórico y secreto manuscrito
del siglo XII donde estaba la respuesta.
“La última gran invención de un género literario a que hayamos
asistido es obra de un maestro de la escritura breve,
Jorge Luis Borges, y fue la invención de sí mismo como
narrador, el huevo de Colón que le permitió superar el
bloqueo que le había impedido, hasta los cuarenta años
aproximadamente, pasar de la prosa ensayística a la
prosa narrativa. La idea de Borges consistió en fingir
que el libro que quería escribir ya estaba escrito,
escrito por otro, por un hipotético autor desconocido,
un autor de otra lengua, de otra cultura, y en
describir, resumir, comentar, ese libro hipotético” 4,
escribe Italo Calvino.
Como
pretensión final y para dar certeza a la figura del
Borges novelista, en el alma de Tomás Eloy Martínez,
el capítulo final de Santa
Evita es prueba de la angustia del autor por
desprenderse de una historia que quiere contar, pero aún
no tiene todos los datos. “Para
los historiadores y los biógrafos, las fuentes siempre
son un dolor de cabeza. No se bastan a sí mismas. Si
una fuente dudosa quiere tener derecho a la letra de
molde, debe ser confirmada por otra y ésta a su vez por
una tercera. La cadena es a menudo infinita, a menudo inútil,
porque la suma de fuentes puede también ser un engaño”5.
De
esa cadena queda la obra y la angustia del creador por
conseguirla. En Santa
Evita es el sufrimiento de un yo, de un buscador de
datos, de Tomás constructor y creador de verdades: sabe
con exactitud cuánto pesaba Evita el día en que Perón
iba a posesionarse por segunda vez, y los rumores sobre
su muerte crecían. Destaca el número exacto de casas
regaladas por Evita en los primeros meses de 1951. Tiene
testimonios de cómo Evita mejoró sus modales. Conoce
con exactitud las palabras de Pío XII al recibir a la
pareja argentina en el Vaticano y las torpes respuesta
de Evita, sabe
mucho más. Datos que se cruzan y arman la trama. El
lector debe ser paciente, esperar hasta cuando el
escritor logre conseguirlas y entregárselas en el
momento justo.
En
Santa Evita, Tomás
Eloy Martínez tiene claro lo que se propone: “Todo
relato es, por definición, infiel. La realidad, como ya
dije, no se puede contar ni repetir. Lo único que se
puede hacer con la realidad es inventarla de nuevo”6.
Sabe
cuáles son las posibilidades del lenguaje escrito: “Puede
resucitar los sentimientos, el tiempo perdido, los
azares que enlazan un hecho con otro, pero no puede
resucitar la realidad. Yo no sabía aún —y aún
faltaba mucho para que lo sintiera— que la realidad no
resucita: nace de otro modo, se transfigura, se
reinventa a sí misma en las novelas. No sabía que la
sintaxis o los tonos de los personajes regresan con otro
aire y que, al pasar por los tamices del lenguaje
escrito, se vuelve otra cosa”7.
Funda
una nueva teoría con respecto a las mentiras de sus
personajes: “Mintieron
porque habían dejado de discernir entre mentira y
verdad, y porque ambos, actores consumados, empezaban a
representarse a sí mismos en otros papeles. Mintieron
porque habían decidido que la realidad sería desde
entonces, lo que ellos quisieran. Actuaron como actúan
los novelistas”8.
Sería
impreciso afirmar que Tomás Eloy Martínez viene del
periodismo y dudamos si sale de él para entrar en la
literatura o viceversa. Sí diremos que es de los pocos
que aún aseguran que ambas actividades son de la misma
esencia: un oficio para contar historias.
En
el prólogo su libro Lugar
común la muerte, publicado en 1978,
y que presenta textos desde cuando Eloy Martínez
tenía 30 años, se observa cierta timidez al revelar
sus razones creativas con respecto al periodismo que
realiza: “Las
circunstancias a las que aluden estos fragmentos son
veraces; recurrí a fuentes dispares como el testimonio
personal, las cartas, las estadísticas, los libros de
memorias, las noticias de los periódicos y las
investigaciones de los historiadores. Pero los
sentimientos y atenciones que les concedí componen una
realidad que no es la de los hechos sino que
corresponde, más bien, a los diversos humores de la
escritura. ¿Cómo afirmar sin escrúpulos de conciencia
que esa otra realidad no los altera?” 9.
No
habla de reportajes o crónicas, dice sólo fragmentos; no establece si en la mecánica de sus creaciones
ficciona, soporta una verdad o inventa una propia; habla
de humores de la escritura, y la pregunta final evidencia un rubor, que
a esas alturas de su carrera, prefiere mejor
sugerir.
Lugar común la muerte es un gran libro. Hibridez entre historia y
ficción; entre periodismo y literatura. Fragmentos,
para usar su término, que posteriormente califica
como ejercicios.
En
un nuevo prólogo para el mismo libro, en edición
realizada en 1998, tres años después de Santa
Evita, sus opiniones son más claras o más
desvergonzadas: “Aunque
todos ellos fueron publicados por diarios y revistas de
Buenos Aires y de Caracas, no todos obedecen las leyes
de verosimilitud propias del periodismo: el cónsul
Ramos Sucre libra una batalla cuerpo a cuerpo con el
intruso que ha invadido su intimidad y que asume la
forma del insomnio; el poeta Saint-John Perse desaparece
delante de mis ojos en el crepúsculo del mar; el
novelista Guillermo Meneses habla conmigo en una casa
que, al día siguiente, es otra. Esos desvíos de la
realidad fueron para mí naturales cuando los viví;
también los fueron —creo— para los lectores, que
nunca manifestaron extrañeza. Avanzar más allá de las
convenciones de la verosimilitud me permitió advertir
que, al otro lado de la frontera, había un lenguaje de
imaginación que era igualmente verdadero. Hace tres décadas,
cuando aparecieron los primeros textos de este libro,
esos juegos con la ficción eran inusuales. Ahora son
otro lugar común”10.
Es
claro su orgullo por lo que ahora hace. Mira la ficción
como el elemento vital de todo relato, pero no es la
ficción llevada a niveles que se involucran en lejanas
galaxias o conviven con seres de otros mundos, es una
ficción terrenal, cercana, probable, imaginable,
cierta.
La
verdad de Santa
Evita, es la verdad del autor. Aún muchos creen que
es una novela histórica escrita con todo el rigor académico.
Donde además de renovar sucesos veraces, revela
secretos escondidos por años. ¿Cómo dudar si nos
muestra las pruebas? Una carta que llega cuando menos lo
espera, la gente sabe que él investiga. En esa carta
hay datos que jamás alcanzaría a imaginar. Descifra
las iniciales de un encubierto nombre, gracias a un
juego de conjeturas que maneja. Escribe el guión para
una película y nos hace directores de ella. Cita un
reconocido falso documento, allí la mamá de Evita
acepta que el cadáver sea trasladado a un lugar donde
se garantice su seguridad eterna. No ha visto las copias
del cuerpo, pero dice poder imaginarlas, explica cómo
en un museo de New York descubre figuras humanas hechas
con resinas de poliéster y fibra de vidrio. Se
entrevista con personajes que citan pruebas
confidenciales. Las historia sigue y la búsqueda de la
verdad es el motor de la lectura. En eso sufrimos con el
autor y vivimos su angustia.
Ya
en la novela, si antes había una duda, ahora hay una
certeza. Un aporte que hace a la historia de su país
para que tenga sentido como unidad. Ése es el máximo
logro de Tomás Eloy Martínez.
En
El vuelo de la
reina, novela ganadora del premio Alfaguara 2002,
Tomás Eloy invierte su técnica. Parte de la ficción y
mezcla sobre ella un buen grupo de sucesos reales.
La
forma, esa precisa manera de contar la vida del director
de un periódico de Buenos Aires (Camargo) que se
obsesiona por una muy joven periodistas que llega a
hacer las prácticas al diario (Reina Remis),
es la verdadera fuerza que mantiene este nuevo
relato.
La
obsesión por esa joven, lleva a Camargo a agotar
cualquier posibilidad por conquistarla. Lo logra, pero
ella como una abeja, vuela en busca de miel joven, la
que encuentra en la zona de despeje de un país llamado
Colombia.
Tomás
Eloy Martínez, a través de ese director déspota,
conocedor del oficio, muestra lo que quiere llevar cada
día en su periódico, mientras Reina reconoce sus enseñanzas:
“Yo no soy la
realidad, pero tampoco habrá ninguna realidad hasta que
no la escriba. ¿No es eso lo que quiere el doctor
Camargo?”11,
se dice Reina al comenzar a escribir un artículo
asignado.
El
autor ha pasado gran parte de su vida en las redacciones
de periódicos de América Latina. Conoce los problemas
del periodismo actual, enseña las virtudes de hacerlo
con honestidad, incorruptible, documentado, sin amañadas
fuentes oficiales, pero sobre todo un periodismo bien
escrito. Es hacerlo a la manera de Camargo, un ser
lector que ama la literatura y que arrastra las erres
como los nacidos en Tucumán.
El
ejercicio de ese periodismo que inicia Reina, quien es
asignada a seguirle los pasos al presidente del país,
origina un gran interrogante que resuena en nuestros oídos.
Esa duda, reconocemos, hace parte de la propuesta
narrativa del autor:
“Yo tampoco entiendo lo que pasa, se dijo Reina, dejando el radio
sobre la mesa. O la realidad es sólo una ilusión de
los sentidos o el periodismo crea la
realidad”12.
En
esta novela se sienten más los pensamientos y visiones
del autor a través de los personajes: le atrae la vida
de Jesús y la teología, lectura que a Martínez le
obsesiona. Leemos los borradores que él escribe a través
de Reina.
En
esa forma que compone su novela alcanzamos a leer
reportes escritos por él mismo, como si existiera otro.
Casos del capítulo tres, crónica titulada Una
pasión brasileña, y, Un
testigo ocular relata la tragedia de Viña del Mar, en
el capítulo octavo.
Días
después del premio, Martínez
comentó que la crónica del capítulo tres, es
la misma, con algunos cambios, que publicó en La
Nación, después de que el director del periódico O
Estado de Sao Paulo, Antonio Pimenta Neves, de 63 años,
diera muerte a su amante de 32, Sandra Gomide,
con quien compartía labores. Esta historia es,
con inteligentes variantes literarias, la punta del
iceberg que muestra Martínez en El
vuelo de la reina.
Además
de la narración de los sucesos que teje y desteje para
guiarnos en la lectura, Martínez entrega sus
pensamientos, sus ideas sobre el amor, la literatura y
el periodismo: “Las
pasiones son siempre insensatas y se apoderan de los
seres humanos del mismo modo fatal e inevitable que las
enfermedades”13.
Aunque
en estas dos novelas existen similitudes y puntos de
encuentro hay una gran diferencia. En Santa
Evita, Martínez va en busca de situaciones que
desconoce, y, usa el periodismo para conseguirlas. Parte
de las dudas, para llegar a su verdad. En el Vuelo de Reina, usa su experiencia, sus conocimientos, los
sufrimientos vividos, sus penalidades, obsesiones,
soledades y lecturas.
La
novela registra el Concorde que cae sobre un barrio de
París, la búsqueda de los restos del Che Guevara, Mónica
Lewinsky, Bill Clinton, Tirofijo, el Mono Jojoy y los
recientes escándalos políticos en la Argentina, donde
se sugiere la presencia de Carlos
Menem y su familia. Esas noticias están allí porque
acompañaron la escritura de esta novela, la cual se
inició a comienzos de 1997.
Con
Santa Evita y
ahora con El vuelo
de la reina, Tomás
Eloy Martínez confirma su honestidad como escritor.
Publica sólo cuando escucha que la voz del relato fluye
sin encontrar obstáculos; cuando es imposible demostrar
que no miente; cuando confirma que la forma acogida
hacen fluir el hecho narrado con novedad, pero sobre
todo con un lenguaje que interesa al lector.
Su
propuesta se basa en la libertad, cualquier atadura, por
mínima que sea, variará las intenciones
creativas.
En
el capítulo 15 de Santa Evita, el personaje del Coronel lleva en una ambulancia el
cuerpo embalsamado de Eva. Es detenido por la policía,
pero antes de que requisen la ambulancia, dice que es el
cuerpo de una compatriota muerta que debe entregar en Nürenberg.
Los agentes le advierten que no puede andar por las
calles con un cadáver y le piden que abra las puertas
traseras de la ambulancia.
En
ese espacio de suspenso, el autor explica: “...
la única mentira de su historia era la ciudad de Nürenberg,
pero si los policías lo obligaban podía desviarse de
su destino. —Después de ese punto seguido,
aclara— La
ventaja de la libertad era que podía convertir las
mentiras en verdades y contar verdades en las que todo
parecía mentira”14.
Uno
de los agentes baja de la ambulancia, después de haber
visto el cuerpo y, con cierta burla, le preguntan al
Coronel dónde ha conseguido semejante muñeca de cera.
¿Cuál es entonces la verdad? Algo similar sucede
cuando Tomás Eloy Martínez muestra sus textos y
sus razones.
Notas
1.
Tomás Eloy Martínez, Mito,
historia y ficción en América Latina, serie
Encuentros N° 32, Centro Cultural Banco Interamericano
de Desarrollo, Washington, D.C., mayo 27 de 1999.
2.
Ibid, p. 3.
3.
Ibid, p. 6.
4.
Italo Calvino, Seis
propuestas para el próximo milenio, editorial
Ciruela, Barcelona, 1994.
5.
Tomás Eloy Martínez, Santa
Evita, Biblioteca del Sur – Planeta, Buenos Aires,
1995. p. 143.
6.
Ibid, p. 97.
7.
Ibid, pp. 85-86.
8.
Ibid, p. 144.
9.
Tomás Eloy Martínez, Lugar
común la muerte, Editorial Planeta 1988, prólogo
de la edición de 1978.
10.
Ibid, prólogo de la edición de 1988.
11.
Tomás Eloy Martínez, El
vuelo de la reina, Editorial Alfaguara, 2002, p.
116.
12.
Ibid. pp. 128-129.
13.
Ibid, p. 13.
14.
Santa Evita,
Op. cit, p. 360.
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