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Francisco Brines y HAT en New York 1984 |
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La
poesía de Francisco Brines
por
Harold Alvarado Tenorio
Cuando
en 1974 se publicaron sus libros bajo la seña de Ensayos de una despedida, Francisco Brines
sostuvo que la significación de ese título era doble: por un lado hacía
referencia a la despedida de la vida y por el otro, a saber que el
empobrecimiento ganado, sin pausa, desde la adolescencia hasta la madurez,
la pérdida irremediable de la inmortalidad, es también una despedida del
vivir, fosa de la inocencia: «dejamos de ser dioses y nos convertimos en
culpables». Declaraciones que confirmaban las constantes de su obra: el
tiempo como destrucción; el agradecimiento por haber visto la belleza del
mundo; la satisfacción por el goce de las pasiones y la posibilidad de
seguir viviendo.
Esos
temas no aparecían, sin embargo, en
Las brasas, su primer libro,
donde casi todo es sensación. El olfato, la vista, el gusto, el tacto y
el oído son usados para dar testimonio de un mundo natural, sin ofrecer símbolos
de pensamiento o memoria. Abundan allí los seres que configuran el
paisaje levantino de Elca: nardos, celindas,
jazmines, limoneros, pinos, naranjos dando marco a cierta pesadumbre de
mirar y sentir la vida.
Al otro lado de la cumbre, bajo
los
matorrales del romero quieto
la
montaña se quiebra. Allí anidan
los
mirlos en las cañas, las adelfas
de
solitario amor florecen, se oye
la
duradera vida del silencio.
Se le llama Barranco de los Pájaros.
Pensábamos llegar cuando la
tarde
se
hace un pozo de sombra, la mirada
se
abre en la flor del ojo para, arriba,
tocar
un astro. Compañeros, pienso
que
no me detendré cuando me acerque
al
lugar de la tienda. Sin canciones,
sin
fuegos, no habrá trinos que oír, nada
que
comentar con alegría viva.
Hay que olvidar el sitio, ser más
fuerte
que
el destino ruin, y con la noche,
vergonzoso
en la sombra, penetrar
en
una vastedad escondida.
Materia narrativa inexacta
abandona la fórmula anterior, quizás porque el joven poeta había oído
mejor las voces de protesta contra el estado de cosas y descubierto, como
otros de sus compañeros de generación, Valente, por ejemplo, Gil de
Biedma, bien seguro, los poemas de Konstantino
Kavafis, que permitían, contra la trillada poesía social y «realista»
hablar del presente desde la máscara de la historia. En estos asuntos
narrativos (históricos) inexactos Brines sabe
que Cernuda conocía a Kavafis, y usando el monólogo de aquel y el extrañamiento
de este, escribe dos poemas memorables: En
la república de Platón y La
muerte de Sócrates. Brines participaba así
de las inquietudes políticas de sus coetáneos.
La muerte de Sócrates,
que merece el comentario, es una reinvención del hecho histórico, que
termina siendo una lectura contemporánea, del ajusticiamiento de otros
tantos «inocentes», en la España franquista. A estos, como a Sócrates,
los mata el miedo a perder privilegios y poder. Todos
los Sócrates tienen que morir, pues la realización de utopías
revolucionarias es un peligro que traerá, más muertes injustas, que la
desaparición de un reformador político, amado de todos pero de todos
temido. Sócrates, y el foro que lo condena, tienen razón, o, escépticamente,
nadie la tiene.
Palabras a la oscuridad reune esas las dos maneras de ver, el
mundo y la historia, con un acentuado dominio de la meditación. Las
descripciones se corresponden con su salida al mundo exterior: el poeta
viaja, se enamora, conoce ciudades, tiene variadas experiencias. Las dos
primeras secciones hablan del paisaje del Levante para luego mirar los que
ofrecen Delfos, Salzburgo, Ferrara, Oxford...
indagando allí siempre sobre el sentido de estar vivo y el valor o ruina
de esa constatación.
En
este libro, quien habla y recuerda tiene avidez por conocer y dar fe de la
supuesta hermosura del mundo, terminando, no obstante, por comprobar que
esa belleza no está en la realidad, que muda constante de rostro. La imposiblidad
de identificación confirma su impotencia, contentándose con describir, rápidamente,
lugares, o evocar situaciones. Dualidades que le llevan a saber que el
tiempo pasa, somos fragilidad, los sueños derrotas, la muerte y la
soledad vencen al hombre.
A
medida que leemos en Palabras en la
oscuridad la salvación aparece con el descubrimiento del amor. Un
amor que es conocimiento y goce de la carne, mercenaria o «pura»,
principio y fin, felicidad y sufrimiento, vida, eternidad, ayer y hoy, de
nuestro único e inolvidable mundo. Brines se
emociona con la presencia, hecho y memoria, del cuerpo del otro. Como en
Gil de Biedma, el erotismo es el fierro
candente del sufrimiento y el tema donde logrará sus mejores poemas. En
estos de Palabras en la oscuridad los recuerdos de intensos momentos le hacen
inquirir por la naturaleza de los actos, por su triunfo o su fracaso, pero
las evocaciones no traen la vida sino el dolor de las separaciones de la
carne. Estóico y pesimista, el protagonista
padece celebrando la belleza, perdida, de cuerpos una vez amados y, como
un mendigo del mundo del placer, agradece los momentos en que alguien, dió
felicidad.
Aún no e
Insistencias en Luzbel
continúan y ahondan las experiencias y claves de Palabras
en la oscuridad. El tono elegíaco va desapareciendo para dar paso a
una voz satírica desgarradora y no pocas veces hermética. La proximidad
de la muerte, de desaparecer sin haber sabido de felicidad, es el pozo de
las desdichas. El comercio con amores prostitutos dejan vacío y desilusión,
y aun cuando se hable más que en ninguno de sus otros poemas, de juventud
y deseo como única fuente de alegría, la conciencia de la nada es
definitiva. Los encuentros son inútiles, todo es engaño, el ser amado,
siempre y definitivamente anónimo. En estos libros el paisaje urbano de
Madrid aparece como símbolo de la incomunicación, de la vida desértica,
la nada.
¿Con quién haré el amor?,
es, según Bousoño, «el poema de la privación
absoluta, una especie de ascesis secularizada, que se nos antoja,
precisamente por eso, terrible… Aquí el dolor del no tener, del fallar
en lo único que nos es indispensable, aparece en estado de absoluta
pureza».
En este vaso de ginebra bebo
los tapiados minutos de la noche,
la aridez de la música, y el ácido
deseo de la carne. Sólo existe,
donde el hielo se ausenta, cristalino
licor y miedo de la soledad.
Esta noche no habrá la mercenaria
compañía, ni gestos de aparente
calor en un tibio deseo. Lejos
está mi casa hoy, llegaré a ella
en la desierta luz de madrugada,
desnudaré mi cuerpo, y en las sombras
he de yacer con el esteril
cuerpo.
El otoño de las rosas
es el punto más alto a que ha llegado su lenguaje. Los hombres, en su afán
de vivir, —parece decir Brines—, sueñan,
se enamoran, gozan, se duelen y sienten cómo la embriaguez pasa sobre
cuerpos donde el tiempo va dejando huella, hasta arruinarlos. Quedan
entonces los recuerdos, pero ellos también son borrados por la incuria
del tiempo, «el otoño de las rosas». La meditación sobre el crepúsculo
de toda vida y su relación con las pasiones es el asunto del volumen. El
más elegíaco de todos sus libros. De nuevo las sombras familiares, el
paisaje de Elca con su mar y su vieja casa
blanca. Y otra vez las ausencias irreparables ocupan el ámbito de ecos y
resonancias del ayer. Todo es noche ya, el amor ceniza, la vida un jardín
agotado. El que habla se sabe para siempre huésped de sí mismo, ciego de
sus propias visiones, cuerpo roto de otro cuerpo vital del ayer, ser
desvanecido, fantasma de sí mismo.
Un pájaro sin voz, sin luz, está
cantando
su
canto perdurable.
Pues no tuvo principio, no tendrá
acabamiento.
Atiendo en mí su tránsito.
Me golpean sus alas desde su
inexistencia
y
es, por ello, que nada significo.
Y llega, sorda y fría, la
ausente luz final,
la
hueca luz final de su negro aletazo.
1] El barco de los pajaros, VI
2] Prologo a ensayos de una despedida, Barcelona, 1974, pag.
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