Solzhenitsyn,
la voz del genocidio estalinista
por
FERNANDO MARTÍNEZ LAINEZ
Tan sólo unas 200 páginas
pueden separar el anonimato de la gloria de un escritor, y eso fue lo que
ocurrió con Alexander Isaevich Solzhenitsyn. Antes de que saliera a la
luz Un día en la vida de Ivan Denisovich era una persona ignorada, un
ex presidiario (lo cual en la URSS no era algo demasiado excepcional),
un marginado aspirante a novelista del montón. Pero cuando el manuscrito
de Un día..., empujado por manos amigas, cayó sobre la mesa del poeta
Alexander Tvardovski, director de la revista literaria Novy Mir (Nuevo
Mundo), la suerte de Solzhenitsyn giró en redondo.
Nada más leerlo, Tvardovski supo que había descubierto una obra maestra
y luchó contra la censura para que fuese publicado. Era una etapa de
deshielo, después de la denuncia de los crímenes de Stalin ante el XX
Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) a cargo de
sus herederos. Con la aprobación personal de Jruschov, que quiso
apuntarse el tanto a favor de la cultura, el libro fue publicado en la
citada revista en noviembre de 1962.
Pronto fue un best-seller en toda la URSS y colocó a su autor, de
golpe, en el panteón de los héroes literarios rusos. Contra lo que
muchos pensaron, Un día... -como apunta el escritor eslovaco Pavel Lichko-
no era el grito espontáneo de un alma atormentada por el dolor, sino «el
producto de alguien que durante toda su vida se había preparado con
conciencia y disciplina para la labor de escritor, y cuya vida había
contribuido a forjarle para dicha profesión».
Matemáticas y física
Alexander Solzhenitsyn no había conocido a su padre, de ascendencia
cosaca, que murió en un accidente casi al final de la I Guerra Mundial,
siendo oficial de artillería, pocos meses antes de que el escritor
naciera en Kislovodsk, sur de Rusia, el 11 de diciembre de 1918. La madre
se encargó de la educación del niño Alexander en la ciudad de Rostov
del Don. Allí, debido en parte a la frágil salud materna y a los
problemas económicos, el muchacho empezó a estudiar matemáticas y física,
aunque su vocación literaria fue temprana.
Ya en los años 30 intentó publicar algunos manuscritos, sin encontrar a
nadie que quisiera aceptarlos. En 1941, unos días antes de que la guerra
llegase a Rusia, Solzhenitsyn se graduó en la Universidad.Más tarde,
confesaría que aunque le gustaban las ciencias exactas no estaba
dispuesto a dedicarles toda su vida. Pero siempre les estuvo muy
agradecido a las matemáticas porque le salvaron la vida, ya que le
permitieron aliviar la mitad de su periodo de cautiverio, y luego el
exilio en el pueblo de Kok Teren, al sur de Kazajistán, donde dio clases
en una escuela primaria.
Llamado a filas, Solzhenitsyn combatió en la guerra, primero en el cuerpo
de transportes y más tarde de oficial artillero. Participó en la mayor
batalla de tanques de la Historia, en Kursk, y fue detenido en febrero de
1945 en el frente de Prusia Oriental, cerca de Königsberg (hoy
Kaliningrado) poco antes de que empezara la ofensiva final del Ejército
soviético que acabaría en Berlín.
El motivo de su desgracia era haber criticado a Stalin en cartas
dirigidas a un amigo. «Me detuvieron por culpa de mi ingenuidad.Yo sabía
que en las cartas del frente se prohibía hablar de los secretos
militares, pero creía que estaba permitido pensar».En julio de ese año
fue condenado, sin proceso, a ocho años de trabajos forzados y destierro
a perpetuidad. «Nunca he considerado que era un condenado inocente, por
cuanto había expresado unas ideas por entonces prohibidas», diría años
después.
Lo encerraron en la Lubianka, y luego los primeros años de su cautiverio
los pasó en varios campos, hasta que por sus conocimientos matemáticos
fue a parar a un centro de investigación científica para presos políticos,
vigilado por la Seguridad del Estado, lo que le serviría de fuente de
inspiración para su novela El primer círculo. Luego, en 1950, fue
trasladado a un campo especial en la ciudad de Ekibastuz, en Kazajistán,
donde se gestó Un día en la vida de Iván Denisovich. También trabajó
de presidiario minero, albañil y forjador, y contrajo un tumor del
que fue operado y momentáneamente aliviado.
Un mes después de haber cumplido los ocho años de condena, Stalin había
muerto, aunque las penas de Solzhenitsyn no habían acabado.Aún tenía
que cumplir el destierro «a perpetuidad», por lo que fue enviado a Kok
Teren desde marzo de 1953 a 1956, lo que aprovechó para escribir en
secreto mientras daba las clases en la escuela primaria.
Cáncer
Estuvo a punto de no contarlo porque a finales de 1953 el cáncer se le
reprodujo con dolores tan fuertes que le hacían perder el conocimiento, y
la muerte (una vez más) pareció atraparlo. Pero el desterrado maestro
consiguió que le ingresaran en una clínica para cancerosos de
Tashkent, en Uzbekistán, donde se curó, o algo parecido, a lo largo de
1954. «Estaba muriéndome, pero logré llegar a Tashkent, y tras un largo
tratamiento me curé. Ahora, la excrecencia no me impide vivir. El tumor
ha degenerado, ha cambiado de naturaleza».
Esta experiencia le servirá de base para su novela Pabellón cáncer, que
terminó en 1967, una obra que atacaba los cimientos ideológicos del régimen
soviético, y de la que un miembro del Secretariado de la Unión de
Escritores Soviéticos llegó a decir: «Produce náuseas por su extremado
naturalismo y la tendencia a inculcar todos los miedos posibles e
imaginables; sin embargo, su idea fundamental no es clínica sino social,
y esto es precisamente lo que no se puede aceptar».
Liberado y rehabilitado en 1956, a Solzhenitsyn se le permitió vivir en
Vladimir y Ryazan, en el centro de Rusia, donde pudo llevar una vida
normal, dando clases y escribiendo. Fue entonces cuando, aprovechando el
boquete de la censura de la época de Jruschov, apareció Un día en la
vida de Ivan Denisovich, que describe con lenguaje sencillo y directo la
vida de un prisionero cualquiera (el propio Solzhenitsyn) en un campo de
concentración durante la era de Stalin. El éxito fue instantáneo y de
la noche a la mañana el autor alcanzó la fama. «De todas las
tragedias que tuve que soportar, la más profunda fue la de Ivan
Denisovich.Quería acabar con el oscuro mito de los campos de concentración.
Mientras estuve allí decidí describir una jornada. Tolstoi decía que
toda la vida europea de siglos podía servir de guión para una novela,
pero también una sola jornada de la vida de un campesino cualquiera».
Los tiempos cambiaron cuando Jruschov fue destituido en 1964 y Tvardovski
tuvo que dejar la dirección de Novy Mir. En aquel tiempo incierto, cuando
las fauces de la censura volvían a cerrarse, salió de la URSS
microfilmado el manuscrito de El primer círculo, que se publicó con
rapidez en Occidente. Solzhenitsyn había acabado esa novela, de casi 700
páginas, en 1960, después de trabajar en ella durante nueve años. Gran
parte de la acción se desarrolla en el Instituto de Investigación Científica
para presos (donde el autor había cumplido parte de su condena), y
transcurre en un solo día.
Todo arranca en una noche de invierno de 1949, cuando un funcionario del
Ministerio de Exteriores soviético llama a la Embajada norteamericana
para revelar un descabellado proyecto atómico. Los personajes principales
son Stalin, el administrador de una finca, intelectuales y activistas del
partido. El libro expone las diferentes reacciones de un grupo de científicos,
vigilados por la policía política, que dudan entre cooperar con
las autoridades para mantener sus mínimos privilegios, o negarse y ser
devueltos a las penosas condiciones de los campos de concentración.
Peor que Pasternak
Para el sistema soviético, como bien señaló uno de los burócratas
dirigente de la Unión de Escritores, Solzhenitsyn era mucho más
peligroso que Pasternak, por poner un ejemplo, porque éste era un hombre
retraído, un poeta alejado de la política, mientras que el primero era
mucho más duro de pelar. Un hombre con ideas, ideológicamente
determinado y de temperamento combativo, impermeable al pacto.
Los últimos años 60 son un forcejeo constante del escritor para poner a
salvo del KGB sus archivos y manuscritos, algunos de los cuales empiezan a
circular por toda Rusia en samizdat, copias rudimentarias distribuidas
clandestinamente. Un día en la vida de Ivan Denisovich fue prohibida, y
el original de El primer círculo, del que el autor había hecho varias
versiones, confiscado con casi todos sus papeles personales. Durante ese
tiempo, Solzhenitsyn se mostraba pesimista y casi daba por perdido su
futuro literario. Creyó que había cometido un error al emerger
demasiado pronto de su silencio y revelar su obra prematuramente, y por
eso no sería capaz de concluirla.
La situación varió de forma radical cuando en 1970 le conceden el Premio
Nobel de Literatura. Pero el escritor declinó ir a Estocolmo a recibir el
galardón por temor a que las autoridades soviéticas no le permitieran
regresar a la URSS. Quizá, también, porque aún tenía que dar los últimos
retoques a lo que sería su obra más conocida: Archipiélago Gulag.
La primera parte fue publicada en diciembre de 1973 en París, después de
que una copia del manuscrito cayera en manos del KGB en la URSS. Para
escribir el Archipiélago, Solzhenitsyn llevaba años trabajando
duramente. Había entrevistado a 227 sobrevivientes de los campos de
trabajo soviéticos, cuyas identidades protegió con celo hasta que la
KGB capturó el manuscrito y el libro se editó en Francia. «Con el corazón
oprimido -explicó en la primera página-, durante años me abstuve de
publicar este libro, ya terminado. El deber para los que aún vivían podía
más que el deber para con los muertos. Pero ahora, cuando pese a todo, ha
caído en manos de la Seguridad del Estado, no me queda más remedio que
publicarlo inmediatamente».
La publicación de esta obra, que mezcla hechos históricos y autobiográficos
con testimonios personales, desencadenó un vendaval de ataques a
Solzhenitsyn en la prensa y los medios soviéticos. A pesar de su fama
mundial, fue detenido y acusado de traición el 12 de febrero de
1974. Al día siguiente se le expulsó de la URSS y marchó al exilio.
Pero ya su obra capital le precedía y le esperaban con los brazos
abiertos.
Torpedo mortífero
Para el sistema soviético, el libro era, desde luego, un torpedo mortífero,
en plena línea de flotación, que dejaba al descubierto la podredumbre
de la mayor utopía política del siglo XX. La palabra GULAG, siglas
de Glavnoye Upravlienye Laguerei (Dirección General de Campos de
Concentración), era prácticamente desconocida en Occidente hasta que
Solzhenitsyn sacó a la luz su libro-documento.
Con un estilo suelto, alejado de cualquier solemnidad melodramática, y un
leve toque irónico que alivia la tensión lectora por un laberinto de
infinitas tragedias, quedaban al desnudo las atrocidades de un Estado
enfrentado casi desde sus inicios, demencialmente, a su propio pueblo.
Gulag pasó a ser una de las palabras claves de nuestra época, el signo
definidor de un sistema político que con apariencia de paraíso ocultaba
en sus entrañas el infierno; una estafa histórica descomunal.
Con indiscutible talento literario, Solzhenitsyn dio forma de arhipiélago
a la red de campos de concentración repartidos a través del inmenso
territorio de la URSS como si fuera una cadena de islas. «Este archipiélago
-país que moteó otro país, en cuyo interior se halla-, penetró en las
ciudades, llegó hasta sus calles... Sin embargo, unos ni siquiera
sospechaban de su existencia, muchísimos tenían de él una vaga noción,
y sólo los que estuvieron allí lo sabían todo».
En uno de los momentos de mayor esplendor del gulag, hacia 1936, había
unos cinco millones de prisioneros que componían lo que Kafka hubiera
llamado la colonia penitenciaria. Un número que aumentó año tras año
hasta la muerte de Stalin, en 1953. En total, entre 1928 y el
fallecimiento del Padre de los pueblos, entre 40 y 50 millones de
personas fueron enviadas a cumplir condenas en el archipiélago.
Aproximadamente la mitad de ellas nunca regresaron.
Cuando Solzhenitsyn fue expulsado de su patria, precedido de sus novelas y
su fama de disidente, todos dieron por supuesto que el rechazo al sistema
soviético suponía la aceptación de las ideas democráticas normales en
Occidente, aunque a medida que iba hablando, dando conferencias y
entrevistas, se vio que no era así. Pero nadie que le conociera se
hubiera sorprendido.En 1967 había escrito: «No tengo ninguna esperanza
en Occidente, y ningún ruso debería tenerla... La excesiva comodidad y
prosperidad han debilitado su voluntad y su razón».
Los que le escuchaban pasaban de la perplejidad a la irritación. Solzhenitsyn
no tenía pelos en la lengua. La distensión Este-Oeste le parecía
una memez, y proclamaba que Occidente carecía de recursos morales y
espirituales para resistirse a su propia decadencia.Se veía a sí mismo
como un apóstol que tuviera que explicar la grandeza de su misión.
Poco después de abandonar Rusia, intervino en un programa de TVE. Sus
rotundas afirmaciones anticomunistas provocaron las iras de la progresía
local, en aquellas fechas muy devota del PCE, que le llegó a acusar de «fascista»,
agente provocador y otras lindezas. Pero la mayor herejía fue cuando vino
a decir que, en comparación con lo que había en la URSS, lo que teníamos
aquí con Franco no estaba tan mal.
Tras publicar la novela-documento Lenin en Zurich: capítulos,
Solzhenitsyn viajó a Estados Unidos, donde se instaló en una casa cerca
de Cavendish (Vermont), una región que le recordaba a su querida Rusia.
Ahí se dedicó a escribir dos libros de no ficción. El roble y el
ternero, fundamental para entender el mecanismo interno de la vida
literaria soviética, y el ensayo El peligro mortal, en el que analiza los
errores de la visión norteamericana sobre Rusia.
Pero la mayor parte de su tiempo la dedicó a lo que considera la
culminación de su trayectoria. Una monumental obra histórica de ecos
tolstoianos, La rueda roja, que abarca desde la caída del régimen
zarista al ascenso al poder de los bolcheviques.La rueda roja es una
tetralogía compuesta por Agosto 1914, Octubre 1916, Marzo 1917 y Abril
1917. Una obra concordante con el tipo de novela preferida del autor, la novela
polifónica, delimitada en el tiempo y en el espacio, sin un
protagonista, porque cada personaje se convierte en protagonista principal
cuando la acción le concierne.
Solzhenitsyn llevó vida de ermitaño en EEUU. Vivía
exclusivamente dedicado a escribir, con la compañía de sus tres hijos y
de su segunda mujer, Natalia. Concedía entrevistas a la televisión con
la condición de que no le hicieran repetir gestos o frases. La cámara
podía filmarle cuanto quisiera, pero se negaba a actuar. Cuando no escribía,
su mayor pasatiempo era cortar madera, pasear o jugar al tenis con alguno
de sus hijos, a quienes aleccionaba en la cultura y literatura rusas para
que no perdieran sus raíces.
Solzhenitsyn jamás fue un liberal y la democracia a la occidental le
resbalara. Como buen ruso, nunca se sintió a gusto en el extranjero, y no
se dejó embaucar por el sistema de vida norteamericano. Con la apertura
de Gorbachov a finales de los años 80, sus obras pudieron ser leídas en
la URSS, y en 1989 Novy Mir publicó extractos de Archipiélago Gulag. Un
año después le devolvieron oficialmente la ciudadanía, lo que le
permitió dar por terminado su exilio y pisar tierra rusa en 1994. Encontró
un país destrozado y ya sus ideas sobre el futuro de Rusia encontraron
poco eco. Como observó Raymond Carr, se había convertido en un icono sin
adoradores, y algunos lo veían como un escritor de otra generación.
Solzhenitsyn tiene un sentido trascendente, profético, nacionalista y
religioso, casi mesiánico de la escritura, lo mismo que lo tuvieron
muchos de los grandes escritores rusos, como Gogol, Dostoyevski, Tolstoi y
Gorki, por citar algunos. Siempre ha vivido obsesionado con esto. «El
escritor ha de estar dispuesto a soportar la injusticia, y en eso está el
riesgo de su misión».
Al igual que muchos artistas de genio tiene una faceta egoísta para
todo lo que no sea alimentar su propia obra. Pero es autor de libros
fundamentales que reconfiguraron no sólo la novela rusa, sino también la
historia rusa en las postrimerías del siglo XX. En cualquier caso, lo que
nadie podrá decir es que no ha sido fiel a sí mismo y sufrido por ello.
Fernando Martínez Lainez es periodista y escritor, experto en Europa
del Este y ha sido delegado de la agencia Efe en la URSS.
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