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La poesía de John Jairo Junieles: Un hombre
se mira y es sólo un recuerdo
Por: Frank
Patiño *
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Una
extraña criatura flotaba sobre las aguas de un lago, una barcaza se acercó
y la criatura preguntó al de la barcaza quién era, “un hombre”, respondió
y devolvió la misma pregunta, recibiendo la misma respuesta, después
empieza “una agria, larga y bastante absurda discusión”. Ese es el hombre
para John Jairo Junieles: una extraña criatura que camina sin arraigos,
sin razones, buscando un lugar al que ya no pertenece y que, tal vez, ya
no existe o nunca existió.
Iniciando el último decenio del Siglo XX, en 1993, conocimos ese librito
negro que parecía no pertenecer a un escritor de estas tierras. James Dean
camina con un cigarrillo entre los labios bajo una lluvia fría que ha
convertido la acera en un espejo de su propia soledad. Era Papeles para
iniciar el fuego , un poemario que indaga en el desconcierto de una
generación que creció bajo los cantos de sirena de los desencantados, bajo
las ruinas del Muro de Berlín y en el advenimiento de un siglo sin ninguna
promesa pero con demasiados afanes de llegar al fin de la historia.
Tres
años después llegaría Temeré por mí al final de estas líneas, prosas
poéticas que afirman la visión del mundo que se insinuaba en su primer
libro, donde nos muestra esa criatura incapaz de comunicarse con sus
semejantes, encerrada en sus recuerdos y perdida en medio de sus
aspiraciones y confusiones.
Con
Canciones de un barrio en la frontera, Junieles muestra todo el
esplendor del desarraigo, la ciudad se vuelve apenas pretexto para evocar
el barrio, el patio, en suma: la infancia. Junieles nos hace entender que
somos de las fronteras, que apenas podemos asomarnos y que tenemos derecho
a no entender.
Esa
extraña criatura a la que nos acercaremos desde nuestra barcaza es John
Jairo Junieles, escritor y periodista, también abogado, nacido en Sincé,
Sucre, en 1970. Entre las cosas que ha hecho para ganar y perder la vida
(para ganarse y perderse en ella) se suma la coordinación de la revista
Solar de El Periódico de Cartagena, la reportería en los diarios El
Universal de Cartagena y La República y la corresponsalía de El Mundo de
Madrid. Además es miembro del consejo editorial de la revista cultural
Noventaynueve de Cartagena y colaborador de la revista Víacuarenta, de
Barranquilla.
En
Cartagena, ciudad donde se gastó los bluyines de su adolescencia, se cansó
de ganar concursos literarios y ahora desde Bogotá nos llegan noticias
suyas. El año anterior fue ganador de la Beca de Creación con el proyecto
de novela: Nosotros, los siervos de Nueva Escocia; y del Premio
Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá con: Canciones de un barrio en la
frontera. Ha publicado, además de los tres poemarios referenciados el
libro de cuentos: Con la luz que me queda basta, en 1997.
De sus
dos primeros poemarios comentó el escritor Héctor Rojas Herazo:
“Después de la visita a sus dos libros: Temeré por mí al final de estas
líneas y Con la luz que me queda basta he vuelto a regresar, como también
le ocurrió a usted, a ese lugar de donde nunca me he ido. Sus dos libros,
de ardida y entrañable poesía, conforman el documento de alguien que
muerde (y hace sangrar) la carnadura de la memoria, paladeando la angustia
de sus propios deseos. Es el hombre solo, solo de verdad, como
esencialmente se encuentra cada ser vivo, embistiéndose a sí mismo. El que
ya se ha acostumbrado a oír sus furores sin inmutarse. El que sabe que
siempre habrá un viento (a veces un murmullo, a veces una terrible voz)
atravesando sus entrañas... En alguna forma, dura y profunda, lo que usted
ha realizado nos sirve a todos sus lectores de compañía y nos obliga a
aferrarnos más y más -y en alguna forma a tratar de descifrarla- a nuestra
atroz y zarandeada inocencia”.
Caminemos, pues, por estos tres poemarios, recorramos esos papeles
iniciales que encendieron el fuego, miremos la criatura humana, a veces
como dios, a veces como el diablo, en su soledad, en su imposibilidad de
asir el presente e indaguemos en el caos los misterios de un siglo que ha
muerto dejándonos al margen de la historia.
El Otro
Junieles
Papeles
para iniciar el fuego es, como todo inicio de una gran obra, el poemario
fundacional de un mundo. Y el mundo de Junieles es el mundo de los hombres
solitarios que arrastran por la ciudad sus recuerdos, que ocultan sus
verdades y que apenas las sacan como pañuelos de la nostalgia.
En
Por quién ladran los perros se inicia la vieja historia de un hermano
que no llegó a nacer y que fue enterrado en el patio:
Luego
vine yo y caí en la trampa/ y me llamaron como a él/ condenado a saber que
cada gesto/ y acto mío es inferior a él/ que hubiera sido capaz de volar/
yo que apenas camino tropiezo/ vestido de gris por la ciudad/ ocupando el
espacio suyo/ sus palabras/ todo eso que me queda grande.
La
historia de ese Otro John Jairo profundiza el desarraigo del poeta, como
si él no fuera él sino su imagen frente al espejo, separada de su propia
existencia, apenas aspirando a imitar los gestos de un ser que ya no
existe, del que sólo es una versión.
En
Para una sombra cualquiera aparece otra vez esa fragmentación de sus
vivencias, la sombra del Otro, la profundización de su angustia:
Cuando
todavía no era dueño de Junieles/ y ya él era mi nombre y mi señal/ me
llevaba por sitios donde los pájaros/ eran sombra y canción.
El Otro
incluso es dueño de su infancia, de sus recuerdos de pájaros y árboles,
como si sus buenos recuerdos no pertenecieran a él, que de él sólo fuera
el vacío, la pervivencia. En Como se va la vida de lo que se va del
tiempo es el poeta el que se vuelve el Otro:
el
muchacho de la foto parece reprochar/ al agua mansa que es el hombre de
hoy/ Yo ya no soy yo.../ es como si un día despiertas/ y descubres alguien
que ya estaba adentro/ pero sólo hasta entonces reconocías/ El otro/ allí
donde empieza un descenso en lo oscuro/ donde cada paso me aleja de mí/ de
este poco de mí que me queda.
Y en El
siempre abrazo encontramos la imagen en su plenitud, las piezas que
faltan, la fotografía del más trágico de los desarraigos, el de ti mismo:
No
espero que puedan entender/ por qué inútilmente debo ser Junieles/ por qué
tomo a veces el teléfono me llamo/ y no me encuentro/
Para
cerrar este recorrido por el poemario inicial de Junieles una imagen que
nos recuerda esa delgada nube que pasa por la luna llena en el filme de
Buñuel y que se convierte en una filosa cuchilla que corta un ojo abierto.
En Aun cuando todavía, toda la inutilidad de la existencia, todas las
cargas, aun las sonrisas, son como esa nube y no sabemos cuando se
convertirá en cuchilla y llenará de sombras nuestra pobre luz:
Lo
terrible/ es que a punta de sonrisas/ y prisas inventadas/ estemos limando
tiempo/ haciendo más filoso el momento/ del adiós
Al
final de la línea
Al
principio, comentamos la historia de la extraña criatura: el hombre. Una
criatura que con la infancia pierde el rumbo, que inventa la historia, que
hace igual ciudades, guerras y besos, lo mismo va a cine o se encierra en
su habitación mirando una fotografía de New York, una frágil criatura
dotada de uñas y dientes, que perdió algo y que buscándolo se pierde aún
más:
Es la
infancia también un domingo rojo con tigres de Bengala y un payaso que me
pegaba con un garrote de hule./ Había plumas,/ algodón de azúcar,/
barriletes/ y la risa de mamá era un cascabel./ Luego llegó el lunes con
el abuelo lejos/ y nunca más he oído la risa de mi madre./ Ella se ríe a
veces pero yo sé que esa no es su risa,/ sino como un recuerdo,/ como un
barrilete con el hilo roto,/ algo lejano y que se pierde al tratar de
encontrarse.
En este
fragmento del texto ¿Por qué canta el pájaro enjaulado? Del segundo
poemario de Junieles, Temeré por mí al final de estas líneas, el poeta se
sumerge más en el barro: no es Junieles el único que no se pertenece, que
no se encuentra, es el ser humano, como especie, el que pierde algo, el
que se va desdibujando con el advenimiento del lunes, perdiendo la risa
del domingo.
En El
cuarto de san Alejo, nos va afirmar esta idea: la vida como algo que no
nos viene, que no es nuestra, que sólo existe como pasado, porque es
presente es etéreo:
Mi vida
ha sido como unos zapatos perdidos y olvidados que una tarde encuentras en
el sótano y lo traes a tu habitación, tratas de meter el pie y ya no cabe.
Y, para
cerrar este segundo libro en el que ya está iniciado el fuego, Temeré por
mí al final de estas líneas nos rebela la criatura, el último hombre, como
un simple mamífero que en la soledad de un hospital se enfrenta a su
tragedia:
Sé que
está solo/ no como el primer hombre,/ sino como el último./ Sabe que es
feo,/ que cada noche será peor y/ que no hay nada por hacer.../ Sabe...
que los mamíferos no se aman para siempre/ y sé que le duele.
Al
final de esas líneas, Junieles nos ha dejado al borde del abismo, con unas
cuantas plumas en las manos, como vestigios de una alas que perdimos, como
extrañas criaturas que nos vemos y no nos reconocemos.
Al
margen
Junieles sabe de dónde viene, es la única certidumbre que persiste. Trae
sus sabios: la madre, el abuelo; sus sueños: la ciudad, ganar otra pelea;
su origen: una animal triste que contempla su decadencia. No dejes los
espejos boca arriba es el consejo del anciano que instala en él el
misterio como tradición milenaria y ese mito retorna al poeta como otra
incertidumbre, como otra ausencia:
Vengo
de un cuarto,/ de un rincón,/ de un baúl sobre el que reposa siempre el
almanaque Bristol./ Vengo de una hamaca donde el abuelo me da su primer
consejo:/ No dejes los espejos boca arriba,/ nunca sabes lo que puede
salir de ellos.
Los
hombres de hoy, en cambio, desconocen esos misterios, acuden a ellos y los
encuentran vacíos, sólo les queda indagar en esos secretos (como en Poema
madre) a quienes pueden poseer las piezas que faltan:
¿De qué madera está hecha esta canoa que lleva medio río sin quejas, y
piensa que todo mal lleva el bien amarrado en la cola?.../Dime madre con
tus ojos el secreto,/ dime cómo se llega alegre hasta el final, a pesar de
los abismos,/ dímelo a mí,/ que soy la única pluma sucia de tus alas.
Sin
embargo, en El animal que olvidó Noé, el pasado se vuelve también
sombra a la vista de los hombres que hoy sólo miramos antenas en el cielo:
Saber que el pasado es una sombra, que el patio está vencido y mi mirada
hoy sólo descubre antenas en el cielo.../ Parezco un animal que olvidó
Noé./ Siento un vacío sin culpables,/ como el bolsillo de un
espantapájaros/ en el centro de un baldío.
No hay
culpables, sólo seres solitarios que perviven en el caos que es la
historia, Una música que persiste, una suerte de cambalache, como el de
Santos Discépolo, en el que todos estamos como el espantapájaros en el
baldío, en la aridez del desierto. Una historia que nos deja al margen,
una puerta por la que no podemos entrar, donde sólo podemos asomarnos:
Moisés,
Cristo, Mahoma y Buda en el desierto. La ceguera de Milton, la cárcel de
Dostoievski, la prisión de Cervantes, el destierro de Dante, Nietzsche
abrazado llorando el dolor de un caballo y pidiendo a gritos un espejo.
Ahora
todos precisamos de un espejo para encontrar esa otra mitad perdida, para
salvarnos del caos, en un mundo donde Los cigarros salvan más que las
plegarias:
Me
pregunto: ‘¿Si por fin fuera Dios que pregunta/ por el hombre al otro lado
de la línea?’/ Me respondo: ‘Demasiado tarde’/ Aspiro mi cigarro,/ y sigo
mi camino.
Los
golpes del viento
Ese es
el mundo de John Jairo Junieles, un mundo que en apariencia ocurre en las
calles de una ciudad, con un hombre solitario que fuma como si ya nada
tuviera importancia, pero que es una criatura angustiada por la soledad,
evocando los recuerdos de un pasado inasible y sin fe en el porvenir.
La
visión del mundo de Junieles es la de una generación acusada de no soñar,
sin nombre. En Oscuro es el canto de la lluvia, antología de poesía joven
en la que aparece Junieles, sostiene el compilador Federico Díaz-Granados:
...en la agonía de una centuria difícil para la humanidad, tal vez
anclando en el silencio de la memoria para construir la historia de
nuestros días, eso sí fieles a la premisa de Jim Morrison que ‘sólo la
poesía sobrevivirá al holocausto por estar hecha de música y palabras’,
esas dos materias tan fugaces y eternas por medio de las cuales podemos
conocer el universo.
Y no
fue casual que Junieles publicara sus primeros poemas en la revista Candil
de la Universidad de Cartagena, pues si bien no hizo parte del taller
literario, sí podemos decir que existen vasos comunicantes con esta
generación a la cual pertenece. En ellos se imponía una evasión ante una
realidad que se leía como inhumana, sucumbían por entonces los paradigmas
y las posibilidades de una sociedad alternativa al capitalismo y eso se
reflejaba en las ideas de la revista, no se pregonaba un arte por el arte
ciego pero sí una necesidad de tener la palabra como centro de sus
preocupaciones en el sentido de su pureza, es decir, en un mundo que se
desmorona, levantar la palabra como reivindicación era un ejercicio de fe
el hombre, en la humanidad, en un editorial sostenían:
Es
posible que nuestros poetas jóvenes, sumergidos como están en el fondo del
drama nacional, se sientan abatidos e inermes ante una pesadilla cuya
trama se pierde en el subsuelo de la nacionalidad preñado de injusticias,
atropellos, abandono y egoísmo ciego. Ellos, nuestros poetas y narradores
jóvenes observan el drama y presienten que los ríos de la tragedia
nacional traen el germen de inhumanidad desde los pliegues más oscuros de
la madre tierra y que algo muy vago e indefinible anida en la naturaleza
del hombre que lo pierde y destruye de un modo fatal .
Para
terminar, dejemos escuchar los golpes del viento en Canción de un barrio
en la frontera, versos que resumen este recorrido: la infancia como patria
abandonada hacia un exilio eterno; el descubrimiento de la soledad frente
al espejo, tu propio desconocimiento; la fe como último recurso, como una
fría moneda en el bolsillo roto; el ser humano al margen de su propia
historia, viviendo –apenas– de sus recuerdos, buscando ese lugar donde
golpea el viento:
De
la calle vienen ruidos naturales, te asomas por la ventana y ves la
escena: la lluvia cayendo y las risas de los niños bañándose en los
chorros y haciendo barcos de papel. Se ven felices, como animales
enjaulados que descubren el verdadero tamaño del mundo.
Ahora estás en el baño, te asomas al espejo: la nariz está en su sitio,
los anteojos, el niño a escondidas jugando a afeitarse con las cuchillas
de su padre.
De
pronto, y sin razón, los niños te dan qué pensar, te preguntas qué
distancia existirá a pesar de todo el camino recorrido. Qué Dios será
este, más viejo que los volcanes, que da la fruta y también el gusano,
este Dios de Palestina de Colombia y Sarajevo, este Dios que invita a
tirarse a tierra, masticas raíces y morder piedras.
Los
niños siguen bañándose en las calles bajo los chorros. Más allá los
tejados, las antenas de televisión, mientras la lluvia sigue cayendo sobre
este barrio de frontera. Sientes cuán difícil parece ahora una oración, y
sin embargo comienza a mover los labios:
¿Háblame señor con la voz de mis hermanos!, ¿Háblame tú que cuando cantas
revives los muertos!
El
viento golpea una ventana abierta en alguna parte.
*
Frank Patiño.
Cartagena. Estudios de Linguística y Literatura Universidad de Cartagena,
autor de : Historia de ruidos y piedras (Premio de Poesía, Jorge
Artel ), y de : Los días del naufragio (Premio de novela ciudad de
Cartagena, 2000). Ha sido periodista de medios escritos, e investigador de
temas culturales y sociales de instituciones académicas. Actualmente es
docente de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.
*
John J. Junieles.
Escritor y periodista. Estudios de Derecho y Ciencias Políticas
Universidad de Cartagena, y Gobierno, en Universidad Externado-Columbia
University, N.Y.
Fue
redactor de El Universal, y La República. Ha publicado: Papeles para
iniciar el fuego (poesía), Temeré por mí al final de estas líneas
(prosa poética), Con la luz que me queda basta (cuentos), y
Canciones de un barrio en la frontera (poesía).
Premio
Nacional de Cuento Universidad Metropolitana 1995, Premio Nacional de
Poesía Ciudad de Bogotá 2002.
Actualmente es becario nacional de novela del Ministerio de Cultura. Un
antología de su poe.
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