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Arriba, Manuel Zapata O,
Abajo. Enrique Córdoba |
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"El
Gran Putas de Lorica, Manuel Zapata Olivella"
• Entrevista
Por
Enrique Córdoba
``Yo
le pregunté si estaba loco; él me examinó con mucho cuidado, y me dijo:
pues si quiere vagar, lárguese, porque usted no está loco, lo que tiene es
afán de ser, y me lancé a la aventura.''
Este diagnóstico del doctor Alfonso Uribe, profesor de clínica médica, dio
vía libre a Manuel Zapata Olivella para abandonar la medicina y salir a
vagar por el mundo, como Panai Istrati y Jack London. Estibador en Panamá,
boxeador en Centroamérica, enfermero en México.
En 1945 llega a Estados Unidos y le entrega los manuscritos de Tierra
mojada a Ciro Alegría. ''El arte de escribir no son más que mañas
propias y mañas aprendidas de otros escritores'', le dijo. Buen consejo
para escribir: La calle 10, Chambacú, corral de negros,
En Chimá nace un santo. ¡Changó, el gran putas!, Hemingway,
el cazador de la muerte.
Caminante, antropólogo, folclorista, novelista, cineasta, cuentista,
médico de la Universidad Nacional de Bogotá. Ochenta y dos años dedicados
a batallar por la dignidad de los herederos de África y los valores
latinoamericanos. Un grupo de amigos y seguidores de su obra, dentro y
fuera de Colombia, estamos proponiendo su candidatura para el premio
Príncipe de Asturias de las letras 2003, que se otorga en Oviedo,
Asturias.
Me recibe en un hotel de La Candelaria en Bogotá.
--Maestro, ¿cómo se siente la vida a los 82 años?
--Uno descubre a esta altura no los pasos andados a lo largo de la vida,
sino que se siente un reencuentro con la infancia. En vez de 82 años uno
se siente un niño de cuatro años y esa memoria infantil lo alimenta a uno
como para vivir otros ciento ochenta años más. Y en el caso mío todas
estas memorias están íntimamente ligadas con la familia y con el pueblo
donde, igual que tú, nací: Lorica. Así pues que, contrario a lo que puedas
estar imaginando, en las experiencias de un vagabundo que no dejó de
visitar ningún continente, hoy en día estoy metido en ese ambiente
placentero.
--Usted es un hombre que no ha desperdiciado un minuto en la vida. ¿Qué ha
dejado de hacer, qué más quiere hacer?
--Uno siempre tiene en mente muchas cosas por realizar. Sin embargo, en
este momento yo me siento plenamente realizado. Yo espero que dentro de
50, 80 años estos libros que hoy en día muy pocos han leído me pongan a
caminar otra vez en la mente de los lectores, y para entonces seguramente
ya en Colombia habrá un ciento por ciento de lectores activos.
--¿Qué nostalgias le trae la Bogotá de hoy?
--Las nostalgias desde luego frente a una tragedia como la que vive el
país es una cosa cotidiana. Se refugia uno en esa memoria para poder
soportar los impactos de los cambios violentos que se han vivido aquí,
pero mi condición de antropólogo preocupado por la historia, y
particularmente por los procesos de colonización que hubo en este país,
pues yo no puedo dejar de relacionar lo que se está viviendo hoy con lo
que se debió vivir aquí en esa época terrible de la conquista, en donde
sabemos un país, como el nuestro, que tenía unos 15 o 20 millones, fue
reducido a la mitad, por actos de violencia. Estas experiencias vividas,
como dice Franz Fanon, se acumulan en el inconsciente..., en los códigos
genéticos. Es pues necesario tratar de contraponer a esa realidad caótica,
dolorosa, fratricida, la idea de que siendo todos nosotros multiétnicos,
no hay aquí en Colombia nadie que no tenga una gota de sangre amerindia o
africana o española; si llegase a tomarse conciencia de que ese mestizaje
nos está determinando, no creo que haya alguien consciente de este hecho
que se atreva a lanzar una piedra contra un vecino. Yo sueño en ese
futuro, ojalá no se demore, y ésa es la añoranza que tengo, no tanto del
pasado, sino una añoranza por lo que considero que ha de venir: la
fraternidad.
--¿Cómo recuerda su infancia?
--Yo nunca he podido determinar si lo que estoy diciendo es verdad o es
fantasía. Pero mi primer recuerdo de Lorica es el gran aguacero que cayó
en el momento en que yo nací. En Tierra mojada está retratado el
ambiente de animales, caimanes, pisingos y garzas llegando por las tardes
a los árboles. Esto pervivió en mí, que quise ser zoólogo y mi padre
insistió en que dejara ese capricho. Me matriculó en medicina y al salir
me echó el brazo y me dijo: te saliste con la tuya, serás un gran zoólogo.
Te he matriculado aquí para que estudies al más grande de los animales.
Desde entonces para mí la carrera de medicina fue el conocimiento del
hombre como animal y de allí que me hubiera matriculado espontáneamente,
además, en la carrera de antropólogo.
Zapata Olivella no es uno: es la esencia triétnica.
(ecordoba@caracolusa.com
De
Cronopios-Agencia de Prensa
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