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Las
píldoras de vida
Por Hugo
Ríos
Desde
Doncello, Caquetá, Colombia, zona de guerra, el autor nos hace llegar este
diálogo fantástico en torno de la vida y de la muerte.
— ¿Tiene
algún remedio contra la muerte?
— Sí,
señor: las píldoras de vida.
— ¿Me
las deja ver?
— Un
momento. Son estas.
— ¿Tan
chiquitas?
— Sí.
— ¿Por
qué rosadas?
— Yo no
lo sé. Sólo las vendo.
— ¿Qué
sabe de ellas?
— Que
son una fórmula secreta de un tal doctor Ross.
— ¿Un
gringo?
— No lo
sé. El apellido Ross puede ser de cualquier país del mundo.
— Quizás
no sea gringo. Es imposible que un gringo invente algo contra la muerte.
— Nunca
lo había pensado, pero usted tiene razón.
— ¿Sabe
cuánta vida se puede dar o recuperar con una estas píldoras?
— No. No
lo sé, supongo que ocho horas, porque los médicos las recetan para que
sean tomadas así, cada ocho horas.
—
Difícil. Se necesitarían muchas para levantar a los heridos en Bagdad.
— Muchas
más para los heridos en Colombia o en Sarajevo o en Bosnia Herzegovina y
todos esos lugares de la tierra donde la gente se muere de guerra.
— Pues
de todas maneras tendríamos que probar.
— ¿Y
cómo?
—
Busquemos algún herido a punto de morir y probemos.
— No es
fácil. Aquí los heridos casi todos ya están muertos. Y Bagdad queda lejos.
— No
tanto. Yo tengo un viejo libro de Las mil y una noches que habla todo el
tiempo de Bagdad.
— ¡Ah!
Pero allí no hay muertos. Sólo fantasía.
— ¿Qué
hacemos, entonces?
— Yo no
sé. Podríamos ir a los hospitales donde traen los heridos de otras
guerras. Y probar.
—
¿Cuánto cuestan las píldoras?
— Un
sobre que trae diez, 30 mil pesos.
—
Costoso siempre. Diez sólo prolongan 80 horas la vida. Haga cuentas.
—
Costoso, como usted dice.
— ¿Y no
existe otro remedio contra la muerte?
— No, yo
conozco otro. Sería la paz, pero eso no lo venden.
— Eso
sería mucho más dispendioso. Mire cuánto lleva la historia con ese
cuento...y nada.
— Pero,
bueno. En tantos años como trabajo de farmaceuta jamás se me había
ocurrido que aquí tengo guardada la vida en píldoras rosadas.
— ¿Y,
qué piensa?
— Que
ahora me va a ser difícil vivir con esta zozobra. Tanta gente necesitando
vida y yo aquí guardándola o esperando a venderla.
— Ahí
está lo grave: la vida debe ser gratis.
— Vaya
dígale eso a los locos de la guerra.
— ¿Cómo
hacemos?
— ¿Cómo
cuántas píldoras de vida cree usted que deberíamos arrojar sobre Bagdad
para llevarle esperanza a los heridos?
— No lo
sé. Muchas más que las balas. Porque una bala mata ya, pero las píldoras
hacen revivir sólo por 8 horas cada una.
— Uno
vive millones de horas. Muchas píldoras.
— Un
momento ¿No será que las píldoras reviven a los muertos? Si son de vida...
— Yo no
lo sé . La gente viene y las lleva y yo luego los veo siempre vivos, pero
jamás se las he vendido a un muerto.
— Yo
creo que sí. Si son de vida así tiene que ser.
— ¿Qué
vamos a hacer, entonces?
— ¿Sabe
de qué están hechas?
— No.
Ahora los medicamentos no traen explicaciones y no se sabe qué contienen.
—
Véndame un sobre. M e tomaré una y trataré de averigüarlo.
—
Tómelo. Ni siquiera se lo vendo. Se lo regalo. La vida no se vende. Usted
lo ha dicho.
— ¿Se
toman solas o con agua?
— Sin
agua. Se deslíen en la boca.
— A
ver...¡Es puro azúcar! Esto no tiene nada más que azúcar.
— La
vida sabe a azúcar ¿No?
— Sí,
creo que no será difícil fabricarlas. Toneladas de píldoras de vida.
—
Hagámoslas tres veces más grandes para que duren 24 horas.
— ¿Y
después?
—
Después a revivir los muertos y a fortalecer a los heridos con píldoras de
azúcar.
— De
vida, no de azúcar. Lo que pasa es que la vida sabe a azúcar, pero no es
bueno decirlo.
— ¡Qué
risa! Me imagino la cara de tristeza de George Bush cuando vea a la muerte
edulcorada.
— Saddam
Hussein lo mismo.
— Y
Tirofijo y el Mono Jojoy lo mismo.
— Y
Álvaro Uribe lo mismo. Y todos los políticos lo mismo.
— Y
Aznar un asno. Y Blair una serpiente.
— Y
nosotros azucarando el mundo.
— ¡Vivan
las píldoras de vida!
Cronopios –
Agencia de Prensa

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