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A propósito del primer centenario del
nacimiento de Marguerite Yourcenar
Por Ramón David
Este año, 2003, se conmemora el centenario del nacimiento de Marguerite
Yourcenar. Nació en Brúcelas, Bélgica, el 8 de junio de 1903, de padre
francés y madre belga. El “Yourcenar” es un anagrama de su apellido
verdadero Crayencour, nacido de una noche de juegos con su padre, mientras
intentaban buscar un seudónimo que identificara a la incipiente escritora.
En los primeros días de la Segunda Guerra Mundial, Marguerite deja a su
amada Europa, sin saber que no volvería a ella en largo tiempo. Se
establece temporalmente en New York, y mas tarde sentara residencia, junto
con una inseparable amiga, en la Isla de los Montes Desiertos (Mount
Desert) en la costa de Maine. De estos primeros años en los Estados Unidos
guardara la Yourcenar un amargo recuerdo, fue la época -como le sucede a
todo emigrante- de chocar con una cultura totalmente diferente a la suya,
con un modo de vida diferente, y sobre todo con un idioma que no era su
francés querido. Es curioso destacar cómo, a pesar de haber vivido en los
Estados
Unidos por más de cuarenta años y de dominar perfectamente la gramática y
el vocabulario inglés, Marguerite Yourcenar jamás perdió su fuerte acento
francés, como si una fuerza interna le hiciera asirse al francés, a la
única tabla de salvación que más tarde la llevaría a triunfar. Como si su
lengua natal constituyese un solazo, una especie de mínima catedral en la
cual se hallaba segura y a gusto, en medio de una cultura que no era la
suya.
En su obra se puede encontrar una intencionalidad sostenida y una
preocupación creciente por los interrogantes que golpean a las puertas de
toda existencia humana, y de sus respectivas tentativas de respuestas, si
es que en definitiva -como diría- vale la pena responderlas. Yourcenar es
portavoz del hombre, del hombre que apuesta por el sentido de la vida... y
por el sentido de la muerte. La búsqueda de la belleza en todas sus
formas, de esas realidades menos tangibles pero quizá más presentes en la
vida humana, la búsqueda de una significación para el deseo o la
voluptuosidad, la pasión por esas circunstancias extremas en las que a
veces se ve el hombre atrapado, son temas constantes en la obra de la
escritora francesa. Y quizá lo que llame más la atención de esta autora es
la sabia combinación que supo hacer de forma y contenido. Súmasele a una
profundidad y una lucidez de pensamiento excepcionales una belleza poco
común en las formas de expresión que utiliza, una originalidad y simpleza
en sus metáforas que acaso nos recuerdan a Proust.
Marguerite Youcenar produjo casi una veintena de obras, incluidas dos
grandes novelas: Memorias de Adriano, y Opus Nigrum. Varias
novelas cortas: El Denario del Sueno, Como el Agua que Fluye,
El Tiro de Gracia, el bello libro de poemas en prosa Fuegos,
cuentos de Grecia y del Oriente, recogidos en Cuentos Orientales,
así como ensayos sobre los mas variados temas, desde los kamikasis
japoneses hasta los grabados de Piranesi, incluidos en EL Tiempo, Gran
Escultor, El Cerebro Negro de Piranesi, La Muerte conduce al Atelaje
etc. Escribió también teatro: Electra o la caída de las Mascaras,
poesía: Las caridades de Alcipo como también contribuyo para
infinidad de publicaciones periodísticas tanto en Europa como en los
Estados Unidos.
El 22
de enero de 1981 Yourcenar es elegida parte de la Academia Francesa,
convirtiéndose en la primera mujer en formar parte de tan prestigiosa
institución. Su elección no hizo sino acrecentar su popularidad ya
extendida, y que ha continuado hasta entonces. El 18 de diciembre de 1987,
con 84 años de edad llego al final su vida. Unas semanas antes de su
muerte, enfrascada aun en el último libro de su trilogía familiar El
Laberinto del Mundo, ya había dicho que seguiría escribiendo hasta que la
pluma se le cayera de las manos. Hablando de si misma en dicha obra nos
dice: “Caerá y volverá a levantarse con las rodillas despellejadas;
aprenderá, no sin esfuerzos, a utilizar sus propios ojos y luego, igual
que los buceadores, a permanecer con ellos abiertos” Es buena ocasión
esta, la de su centenario, para acercarnos nuevamente a la obra de la
Yourcenar, o para leerla por primera vez, y tomar de ella esa profunda
sabiduría de la vida, y esa pasión que vienen de bucear en el alma humana.
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