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LA ROSA DE COLERIDGE
Por:
Jannice Oddun
Por boca de
Borges supe, cuando aún estaba en Buenos Aires y era sólo uno, de sus más
fervientes discípulos, que S.T. Coleridge había escrito entre finales del
s. XVIII y principios del s. XIX :
"Si un hombre
atravesara el paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que
ha estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano...
¿entonces qué?"
Lo que nos
expuso Borges, por esa época como entre el 45s y 49s, cuando aún no se
había vinculado a la Academia de letras Argentinas, fue a propósito del
tema que tocábamos, acerca de la evolución de una idea, a través de tres
escritores harto conocidos: S.T. Coleridge , G.H. Wells, muy trabajados
por Borges en los cuales se daba dicha evolución; que ya venía desde P.B.
Shelley-en su Defensa de la Poesía, 1821- en la cual dictaminó que todos
los poemas del pasado, presente y porvenir, son trozos de un sólo Poema
Infinito. Donde cada poeta tiene, a tenido y tendrá su participación.
A ésta idea le
sucedió quizá, la de R. W. Emerson en 1844 -en sus Essays, 2 VIII
-"Pareciera que todos los libros existentes en el mundo hubieran sido
redactados por la misma persona, pues muestran tal unidad central, que es
innegable que hayan sido obra de un mismo Caballero Omnisciente".
Posteriormente
en 1921, el poeta Paul Valèry escribió: "La historia de la literatura, no
debiera ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera,
o de la carrera de sus obras, sino la historia del Espíritu como productor
o como consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término,
sin mencionar un sólo escritor".
Borges pues,
invocó tales consideraciones - que cabrían sólo en el Panteísmo- como nos
lo aclaró, para la que él llamaba su modesto propósito: La evolución de
una idea a través de los autores ya mencionados, bastante heterogéneos en
sus líneas y estilos.
Luego de todo
lo que Borges elucidó al respecto, no me olvidé sobre todo del texto de
Coleridge- que en ese tiempo no conocía directamente, pero a medida que
fue creciendo la inquietud lo conocí y cuando ya estaba en Cambridge, lo
leí a saciedad- corroborando además la certeza de las obsesiones
filosóficas de Borges: Un hombre, es todos los hombres.
El objetivo de
esta breve e inacabada nota, ahora ya en Bristol o Buenos Aires, pero por
sobre todo en un lugar que es todo el orbe, y a muchos años de la partida
de Borges -al menos en esa forma en que se acostumbra a "morir", en el
ámbito donde uno puede recordar, quién es, o creyó ser- es recrear quizá
de manera impersonal, hasta dónde hice mías las obsesiones benditas de
J.
L. Borges. Estoy tranquilo porque siento en mí, su proximidad, su
aprobación ya indiferente, más no carente del exhaustivo rigor del
pensamiento: Darle, buscarlo hasta superarlo satisfactoriamente.
En el Instante
en que estoy, se ha borrado la historia-no a la manera del emperador Huang-Ti
que en su afán de borrar el pasado hizo quemar todos los libros hasta su
reinado-menciono el hecho porque desde donde me dirijo, es el presente y
la literatura sólo cuenta dentro del tiempo y el tiempo, es el ardid del
pasado; puedo mirar empero esa ventana como lo inexistente:
En 1950
abandoné no por voluntad propia, Buenos Aires; fui a Londres, que era como
nuestra sala de reunión y releí a Borges y a Bioy Cásares; también a
Ocampo y a Macedonio Fernández. Después me fui a recorrer toda el Asía,
hasta quedar sin una libra-como hubiera dicho el mismo Borges- quince
años vagué de reino en reino, obsesionado por la flor de Coleridge, que
las doctrinas budistas, lamaístas, musulmanas, referenciaban sólo muy
idealmente, cual si fuera un sueño, bosquejaban a medias.
No menos
sediento que el Inmortal, trastocado en tres hombres distintos,
bebí de muchas fuentes, pero como que más sed encendían en mí. Aquellos
certificados que siempre llevaba ocultos, en la escarcela de la kurta,
eran lo único que ante el mundo podían ratificar quién había sido yo; en
Katmandú, comprendí que la Rosa, no era tangible, pero que existía y era
al menos posible, contemplarla- pues eso según Shri Ahmar, lo cambiaba a
uno- porque entre otras le hacía conocer que la muerte no existía y que
además uno estaba unido a sus pétalos y a su fragancia; y en esa fragancia
todos en absoluto, éramos uno sólo.
Este hombre
santo, que me brindó una moneda - que no era un zahir pero hubiera podido
serlo, pues por momentos me daba la impresión de tres caras* aunque una
moneda según se sabe sólo tiene dos. Me resultaba inolvidable, pensaba por
alguna secreta razón, más no sentía aprehensión alguna, pues pudiera ser
que hubiese un anti-zahir, al menos en contraposición de los terroríficos
síntomas, que son comunes. Pensaba en Borges porque todas las cosas que
de él aprendí se hacían notorias y el escribir, desde que entré al Asia
por ejemplo, estaba impregnado de los simbolismos que habíamos estudiado-
empero el hombre santo que se me reveló, como que leía mis pensamientos y
me decía: "Aquí afuera, todo es un símbolo, porque ésta dividido y es el
resultado de la divagación; sin embargo existe un lugar- del cual te he
dado la llave- dónde sólo una cosa Es y no necesita de simbología, porque
es íntegra".
-Pero Shri
Ahmar -le replicaba yo- ¿cómo sabré que es la Rosa, si no la veo
como Rosa?
"Ay malí -me
contestaba con paciencia él- Y he de señalar que ya mi nombre, por el que
me conocieron mis amigos, no era el mismo porque tuve un tiempo, en el
que me perdí de mí, o no me reconocía como me había llamado; empecé hace
mucho a sentirme como otro. Lo único constante en mí, era la búsqueda de
la Rosa de Coleridge. Entonces el maestro Ahmar, me dio un nuevo nombre:
Malí, que en Hindi significa jardinero o cuidador de flores -si vas a algo
que no es un símbolo y que tampoco es un jardín, ¿cómo pretendes, en lo
informe hallar tal Rosa?
No puedes
hallar lo absoluto en lo momentáneo -pensé, fue lo mismo que dijo Borges-
"No
será, Malí, más conveniente para ti que la has deseado, ¿que te sueltes a
su hacer? ya que esa esencia que es la Rosa y que es todo, te conoce y
sabe que no lo olvidarás, ya que si no se hubieran atravesado la forma, el
error sería conciente de que haces parte de ella; aún así, estuvo
planificando como te atraería a su terreno y la mejor manera fue la feliz
metáfora de la flor, que ya va trascendiendo del terreno de la
literatura".
"En cuánto al
profesor amigo, que te pintó la inquietud de la flor, y todos los
anteriores e incluso yo, hemos sido parte del único poeta, que va
repartiendo la evidencia de los pétalos de la Rosa".
*Referente a
los tres aspectos de una misma cosa -sat-chit-ananda (verdad, conciencia,
dicha) D.R.A
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