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Burocracia
Carlos Yusti
A Franz Kafka se le ha señalado como el
mejor retratista, en sus novelas, de ese mundo del papeleo, oficinas
y demás intríngulis legales que parecen no conducir a ningún lado
convirtiendo la vida cotidiana en un absurdo bituminoso. José
Saramago retoma esta patología de la burocracia en su novela
"Todos los nombres" y realiza a su vez un boceto lúgubre
y despiadado sobre ese averno de oficinas, papeles y funcionarios.
El hecho de burocracia, más extraño y
patético, no pertenece al universo de la ficción literaria, sino a
la tintiniante e indigesta realidad. La relata Walter Benjamín en
uno de sus ensayos. Trataré de colarla en este escrito, apoyándome
en las muletas de la memoria. Relata Benjamín que el canciller
Potemkin, perteneciente al enturbiada parafernalia del poder
zarista, era afectado con regularidad por intensas depresiones
nerviosas, las cuales iban y venían descuadrándole un poco su metódica
existencia de funcionario al frente de un cargo delicado y de vital
importancia para el estado.
Cuando estas crisis depresivas acorralaban
a Potemkin, este se retiraba a su habitación y sentado en su cama
se quedaba absorto mirando la penumbra o se roía las uñas sudoroso
y volátil. En cierta oportunidad una de esas depresiones se prolongó
más de lo esperado y en su despacho la montaña de papeles que
necesitaban su firma iba creciendo ante la alarma vana de los otros
funcionarios. Potemkin estaba otra vez en su cuarto, pero ya llevaba
semanas lidiando con los fantasmas de su espíritu. Los otros
funcionarios sumidos en una inmovilidad angustiosa no sabían que
hacer. En tal disyuntiva apareció, por casualidad, el gris e
insignificante copista Shuvalkin. Ante la desesperación de los
otros funcionarios tuvo el atrevimiento de preguntar sobre lo que
sucedía. Algún funcionario explicó de malas maneras cual era la
razón de toda aquella zozobra. Shuvalkin evaluó que eso de la
firma era una bagatela y decidió actuar. Les rogó a los
funcionarios que le diesen los papeles. Como estos no tenían nada
que perder accedieron y le hicieron entrega de los documentos.
Shuvalkin se dirigió, con un fajo enorme de documentos, hasta el
cuarto de Potemkin. Sin llamar a la puerta entro con resolución.
Sentado en su cama Potemkin se mordía con febril locura las uñas.
Shuvalkin buscó en el escritorio una pluma y un tintero. Sin
pronunciar palabra le colocó un documento al azar a Potemkin en sus
rodillas. El canciller lo miró lejano. Empuñó la pluma y firmó
como amasado en el vaivén de un sueño. Luego firmó otro y otro
hasta que firmó en silencio y como un autómata todos los papeles
que le presentó el diligente Shuvalkin. Finalizada la jornada el
cagatinta salió con un gesto de triunfo. Los otros funcionarios se
precipitaron sobre él y prácticamente le arrancaron los papeles de
las manos. Retirados a un extremo de la habitación con avidez
revisaron los documentos. De la algarabía pasaron al silencio y
luego a un desconcertante asombro.
Shuvalkin indagó otra vez y entonces le
mostraron los documentos hasta que se topó con la firma. Cada uno
de los documentos en efecto había sido firmado: Shuvalkin,
Shuvalkin, Shuvalkin...
Yo también he sido funcionario público y
puedo afirmar que la experiencia no fue para nada placentera. No se
aprende nada útil del oficio ejercido como funcionario y mucho
menos de los otros compañeros y ni se diga de las personas que
reclaman tus servicios y jamás quedan conformes. La vida del
funcionario público es burda y sin angelación de ningún tipo.
Quizá por esa razón esos funcionarios retratados por Kafka en sus
novelas son una caricatura enriquecida, y en suma, más
interesantes. La burocracia no es una categoría laboral, sino un
destino. Ser un burócrata en buena lid requiere de mucho
caradurismo. Se necesita estar acorazado con un espíritu anulado en
la insignificancia, de una conciencia elemental y reptiliosa para
desgastarse tras un escritorio colocando sellos y firmando papeles.
Como funcionario trataba de justificar lo
que me pagaban. Escribía las cartas a tiempo. Firmaba con celeridad
los documentos. Atendía con prontitud cualquier solicitud. Pero al
final nada funcionaba. Parecía que una invisible conspiración iba
paralela entorpeciendo y colocando trabas de todo tipo. Cualquier
simple tramite se tardaba o se repetía hasta la nausea. Para al
final descubrir que ya no tenía caso. Todo esfuerzo se diluía en
espera, nuevas firmas, antesalas. Hasta el mensajero se equivocaba y
el documento entraba en una oficina que no le correspondía y allí
estaba meses hasta que algún otro funcionario, por azar, se
percataba del error; pero ya era tarde y nuevos papeles ya habían
recibido trato similares y el ciclo volvía a empezar de nuevo. Uno
comprende a Bartleby, aquel funcionario creado por Herman Melville,
que un día sin motivo aparente se revela y decide no hacer nada.
Bartleby es un funcionario insignificante,
para más datos escribiente. Un buen día decide no ejercer más su
oficio. Aunque llega puntualmente a la oficina de abogados, es
honesto y callado se sienta en un escritorio y mira por la ventana
donde un muro le cierra la vista. Cuando le dan documentos para que
copie, o lo conminan para hacer alguna cosa, sólo dice:
"Preferiría no hacerlo". Esta actitud intriga a su jefe,
pero no lo despide porque él quiere conocer la trama real de
aquella negativa. Bartleby no explica su actitud, no emplea ninguna
filosofía de hipermercado para justificarse. Su pasiva desfachatez
abisma.
Otro caso de burocracia extrema, en esta
ocasión de abierta hilaridad, fue la que le sucedió al Nobel de Física
Richard P. Feynman. En sus memorias, "¿Está usted de broma señor
Feynman?" (cuyo traducción al italiano es sonoro y exquisito
"Sta scherzando Mr. Feyman"). En cierta ocasión un
agrisado funcionario, mezcla de nerd con estirado escribiente, del
departamento de relaciones públicas de una prestigiosa universidad
gringa contacta con Feynman. El motivo: la Universidad está
interesada en que el destacado físico, todavía no había sido
premiado, ofrezca una conferencia. Feynman recibe al funcionario en
su casa y discuten el monto a cancelar por la conferencia. Feynman
escéptico y un poco para divertirse le explica al funcionario que
él rehuye de las conferencias por todo ese tramite del papeleo que
hay detrás. El funcionario trata de explicarle que en su caso todo
será menos engorroso. Entonces Feynman le dice al funcionario que
si él tiene que firmar trece veces no aceptará el dinero. El
funcionario sorprendido le asegura que exagera. Feynman sigue firme
en su condición: "Si firmo 13 veces no aceptaré el
pago". El funcionario sabe que esto de firmar tanto es puro
cuento y acepta la condición del físico. Primera firma como
aceptación del convenio.
Feynman ofrece la conferencia. Brillante.
Todo el mundo está complacido y maravillado. Firma de la constancia
de haber estado en la universidad dando la conferencia. Así fueron
sucediéndose las firmas hasta completar el número de doce. Por fin
el funcionario se apareció de nuevo en la casa del físico. Traía
el cheque. Para entregárselo Feynman debía firmar de nuevo.
Trece firmas en total. La firma 14 sería
el endoso el cheque. Feynman no quería el dinero. El funcionario se
fue derrotado. A la semana siguiente llamó desesperado a Feynman.
Le argumentaba que tenía que recibir el pago porque era muy
complicado justificar un dinero que ya había sido destino.
Luego de muchos argumentos Feynman aceptó
el dinero muerto de la risa ante el alivio casi cadavérico del
funcionario.
Cierta vez soñé (o escribí) sobre los
burócratas que pululan en la asamblea legislativa y cuyo único
trabajo, al parecer, es levantar la mano. En mi sueño estaba en el
recinto legislativo. Iba vestido de negro. El sitio parecía un
mercado municipal. Había discusiones, gritos, insultos. El
presidente de la asamblea micrófono en mano arengaba a sus otros
colegas.
Por fin llegó el momento de la votación.
Pero los funcionarios en vez de brazos tenían muñones, fragmentos
de carnes colgantes. Sin brazos que levantar los asambleístas hacían
esfuerzos por izar sus horribles muñones.
La desesperación los invadió y estalló
el tumulto. En ese momento abrí los ojos y comprobé aliviado que
todavía tenía brazos.
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