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ENTREVISTA DEL
SPIEGEL A MARTIN HEIDEGGER
Traducción
y notas de Ramón Rodríguez, en Tecnos, Madrid, 1996.
SPIEGEL:
Profesor Heidegger, constantemente hemos podido comprobar que su
obra filosófica está un tanto ensombrecida por ciertos sucesos de su
vida, que no duraron mucho y que nunca han sido aclarados, bien
porque ha sido Vd. demasiado orgulloso, bien porque no ha estimado
conveniente pronunciarse sobre ellos.
HEIDEGGER:
¿Se refiere a 1933?
SPIEGEL:
Sí, antes y después. Querríamos plantear este tema en un contexto
más amplio y, desde él, llegar a cuestiones que parecen importantes,
tales como: ¿qué posibilidades hay, partiendo de la filosofía, de
actuar sobre la realidad, también sobre la realidad política?
¿Existe aún esa posibilidad? Y si existe, ¿cómo es?
HEIDEGGER:
Son cuestiones importantes, que no sé si podré responderlas todas.
Pero, por lo pronto, tengo que decir que de -ninguna manera, antes
de mi rectorado, había actuado políticamente. Durante el semestre de
invierno de 1932-1933 tuve vacaciones, y la mayor parte del tiempo
estuve arriba, en mi cabaña.
SPIEGEL:
¿Cómo llegó entonces a ser rector de la Universidad de Friburgo?
HEIDEGGER:
En diciembre de 1932 fue elegido rector mi vecino von Möllendorf,
catedrático de Anatomía. La toma de posesión del nuevo rector era,
en esta Universidad, el 15 de abril. Durante el semestre de
invierno del 32-33 hablamos con frecuencia sobre la
situación, no sólo política, sino especialmente universitaria, sobre
la situación, en buena parte sin perspectivas, de los estudiantes.
Mi juicio era el siguiente: por lo que yo puedo ver, sólo queda una
posibilidad: intentar, con las fuerzas constructivas, que aún están
realmente vivas, controlar el desarrollo futuro.
SPIEGEL:
¿Veía Vd., pues, una relación entre la situación de la Universidad
alemana y la situación política general de Alemania?
HEIDEGGER:
Evidentemente seguía los acontecimientos políticos que tuvieron
lugar entre enero y marzo de 1933 y hablé sobre ellos
ocasionalmente con jóvenes colegas. Pero mi trabajo estaba dedicado
a una interpretación global del pensamiento presocrático. Al empezar
el semestre de verano me volví a Friburgo. Entretanto, el 15
de abril, el profesor von Möllendorf había tomado posesión como
rector. Apenas dos semanas después era relevado de su cargo por el
entonces ministro de Cultura de Baden, Wakker. La ocasión, que
presumiblemente estaban esperando, para esta decisión del ministro
la ofreció el hecho de que el rector había prohibido que en la
Universidad se colgara el llamado «cartel de judío».
SPIEGEL
: Von Möllendorf era socialdemócrata. ¿Qué hizo tras su destitución?
HEIDEGGER:
Ya el mismo día de su destitución vino von Möllendorf y me dijo: «Heidegger
ahora tiene Vd. que aceptar el rectorado.» Yo puse en consideración
que carecía de experiencia en la administración. Sin embargo, el
entonces vicerrector Sauer (teólogo) me presionó para presentar mi
candidatura a la nueva elección de rector, porque, si no lo hacía,
existía el peligro de que el ministerio nombrara rector a un
funcionario. Jóvenes colegas con los que desde hacía años había
discutido cuestiones universitarias me asediaban para que aceptara
el rectorado. Vacilé largo tiempo. Finalmente, declaré que estaría
dispuesto a aceptar el cargo, y sólo en interés de la Universidad,
cuando estuviera seguro de la máxima adhesión del pleno. Pero,
entretanto, se mantenían mis dudas sobre mi idoneidad para ejercer
el rectorado, de manera que la misma mañana del día fijado para la
elección me dirigí al rectorado y le dije, al depuesto colega von
Möllendorf, allí presente, y al vicerrector Sauer, que no podía
aceptar el cargo. A lo cual ambos contestaron que la elección estaba
ya preparada y no podía volverme atrás.
SPIEGEL:
Tras ello se declaró Vd., por fin, dispuesto. ¿Cómo se desarrollaron
entonces sus relaciones con los nacionalsocialistas?
HEIDEGGER:
Dos días después de mi toma de posesión apareció en el rectorado el
«jefe estudiantil» con dos acompañantes y exigió de nuevo que se
colgara el «cartel de judío». Me negué. Los tres estudiantes se
alejaron advirtiendo que la prohibición sería comunicada a la
jefatura de estudiantes del Reich. Algunos días después recibí una
llamada telefónica del jefe de grupo de las SA Dr. Baumann, desde la
oficina universitaria de la jefatura suprema de las SA. Exigía que
se colgase el «cartel de judío»; en caso contrario, podía contar con
mi destitución, si no con el cierre de la Universidad. Lo rechacé e
intenté conseguir el apoyo del ministro de Cultura de Baden. Pero me
explicó que no podía hacer nada contra las SA. Sin embargo, no
retiré mi prohibición.
SPIEGEL:
Hasta ahora esto no se sabía.
HEIDEGGER:
El motivo fundamental que me llevó a aceptar el rectorado está ya en
mi lección inaugural de Friburgo, titulada ¿Qué es Metafísica?:
«Los dominios de las ciencias están muy distantes entre sí. El
modo de tratar sus objetos es radicalmente diverso. Esta dispersa
multiplicidad de disciplinas se mantiene, todavía, unida, gracias
tan sólo a la organización técnica de las Universidades y
Facultades, y conserva una significación por la finalidad práctica
de las especialidades. En cambio, el enraizamiento de las ciencias
en su fundamento esencial se ha perdido por completo». Lo que
intenté, mientras estuve en el cargo, en relación con esta situación
de las Universidades -hoy degenerada hasta el extremo- está expuesto
en mi discurso rectoral.
SPIEGEL:
Queremos intentar descubrir si estas manifestaciones de 1929
coinciden con lo que Vd. decía en su discurso inaugural como rector
en 1933, y de qué manera. Sacamos ahora de su contexto esta frase:
«La tan celebrada “libertad académica” es expulsada de la
Universidad; pues, por puramente negativa, es inauténtica». Creemos
que puede suponerse que esta frase expresa, parcialmente al menos,
ideas de las que Vd., aún hoy, no está lejos.
HEIDEGGER:
Sí, estoy de acuerdo. Pues esta «libertad» académica era en lo
fundamental puramente negativa: liberarse del
esfuerzo de comprometerse con lo que el estudio académico exige de
meditación y reflexión. Por lo demás, la frase que Vd. ha extraído,
no debe verse aislada, sino en su contexto; entonces se verá claro
lo que quise dar a entender con «libertad negativa».
SPIEGEL:
Bien, eso se comprende. Sin embargo, creemos percibir en su discurso
rectoral un tono nuevo, cuando habla en él, cuatro meses después del
nombramiento de Hitler como canciller del Reich, de «la grandeza y
el esplendor de esta puesta en marcha».
HEIDEGGER:
Sí, estaba convencido de ello.
SPIEGEL:
¿Podría explicar esto algo más?
HEIDEGGER:
Con mucho gusto. Yo no veía entonces otra alternativa. En medio de
la confusión general de las opiniones y de las tendencias políticas
de veintidós partidos, había que encontrar una orientación nacional
y sobre todo social, más o menos en el sentido de Friedrich Naumann.
Sólo a título de ejemplo podría citar aquí un artículo de Eduard
Spranger, que va mucho más allá de mi discurso rectoral.
SPIEGEL:
¿Cuándo comenzó Vd. a ocuparse de los asuntos políticos? Los
veintidós partidos hacía tiempo que existían. También había ya
millones de parados en 1930.
HEIDEGGER:
En esa época estaba todavía enteramente absorto en cuestiones que
están desarrolladas en Ser y Tiempo (1927) y en
los escritos y conferencias de los años siguientes, cuestiones
básicas del pensamiento, que afectan también, indirectamente, a
cuestiones nacionales y sociales. Como profesor en la Universidad,
tenía directamente ante la vista la pregunta por el sentido de las
ciencias y, con ello, la determinación del cometido de la
Universidad. Este esfuerzo está expresado en el título de mi
discurso rectoral, La autoafirmación de la Universidad alemana.
Un título así nadie se habría atrevido a ponerlo en ningún
discurso rectoral de la época. Pero los que polemizan contra este
discurso, ¿lo han leído a fondo, ponderándolo y comprendiéndolo a la
luz de la situación de entonces?
SPIEGEL:
Autoafirmación de la Universidad, en un mundo tan turbulento, ¿no
resulta un poco inadecuado?
HEIDEGGER:
¿Por qué? «Autoafirmación de la Universidad», esto va contra la
llamada «ciencia política», que en aquella época exigían el partido
y el estudiantado nacionalsocialista. Ese nombre tenía entonces un
sentido completamente distinto; no significaba, como hoy,
politología, sino que quería decir: la ciencia en cuanto tal, su
sentido y su valor, han de evaluarse por su utilidad práctica para
el pueblo. La oposición a esta politización de la ciencia se expresa
intencionadamente en mi discurso rectoral.
SPIEGEL:
¿Quiere Vd. decir entonces que, cuando acogió en la Universidad lo
que Vd. entonces estimaba como una puesta en marcha, pretendía
afirmar la Universidad contra corrientes quizá demasiado poderosas,
que no habrían respetado a la Universidad su peculiaridad?
HEIDEGGER:
Exactamente, pero la autoafirmación debía a la vez plantearse la
tarea positiva de recuperar, frente a la mera organización técnica
de la Universidad, un nuevo sentido, reflexionando sobre la
tradición del pensamiento europeo occidental.
SPIEGEL:
Profesor, ¿hemos de entender, pues, que Vd. creyó entonces que podía
lograrse una mejoría de la Universidad colaborando con los
nacionalsocialistas?
HEIDEGGER:
Eso está expresado de manera falsa. No en colaboración con los
nacionalsocialistas, sino que la Universidad debía otra vez
renovarse a partir de su propia reflexión y lograr así una posición
firme frente al peligro de una politización de la ciencia, en el
sentido que antes mencioné.
SPIEGEL:
Y
por eso proclamó Vd. en su discurso rectoral estos tres pilares:
«Servicio del trabajo», «Servicio de las armas», «Servicio del
saber». ¿Pensaba Vd. que de esta forma el servicio del saber debía
ser elevado al mismo rango que los otros dos, posición que los
nacionalsocialistas no le concedían?
HEIDEGGER:
No se trata de «pilares». Si Vd. lee atentamente, el servicio del
saber está desde luego situado en tercer lugar, pero por su sentido
su puesto es el primero. No hay que dejar de pensar que el trabajo y
la defensa armada, como cualquier actividad humana, se fundan en un
saber, que los ilumina.
SPIEGEL:
Tenemos todavía que mencionar una frase -enseguida acabamos con
estas citas inútiles-, que no podemos imaginar que hoy siga
suscribiendo. Decía Vd. en el otoño de 1933: «Ni los dogmas ni las
ideas son las reglas de nuestro ser. El Führer
mismo y sólo él es la realidad alemana actual y
futura, y su ley.»
HEIDEGGER:
Estas frases no están en el discurso rectoral, sino en el periódico
local de los estudiantes de Friburgo, a principios del semestre de
invierno de 1933-1934. Cuando acepté el rectorado, tenía claro que
no podía pasar sin compromisos. Las citadas frases hoy ya no las
escribiría. Cosas de ese tipo ya no las volví a decir a partir de
1934. Pero todavía hoy repetiría, y con más decisión que entonces,
el discurso sobre La autoafirmación de la Universidad alemana,
obviamente sin referirlo al nacionalsocialismo. La sociedad ha
ocupado el lugar del «pueblo». De todos modos, el discurso habría
sido hoy tan en vano como entonces.
SPIEGEL:
¿Nos permite que le interrumpamos otra vez? Hasta ahora, en el curso
de esta conversación, se ha mostrado con claridad que su actitud en
1933 se movía entre dos polos. En primer lugar, Vd. tenía que decir
algunas cosas ad usum Delphini. Este es uno de
los polos. El otro era, sin embargo, positivo: Vd. lo expresa así:
yo tenía la sensación de que aquí había algo nuevo, una puesta en
marcha. Así lo ha dicho Vd.
HEIDEGGER:
Así es.
SPIEGEL:
Entre estos dos polos se ha... A partir de la situación esto es
totalmente creíble.
HEIDEGGER:
Cierto. Pero tengo que recalcar que la expresión ad usum
Delphini es insuficiente. Yo creía entonces que en el
debate con el nacionalsocialismo podía abrirse un camino nuevo, el
único posible, para una renovación.
SPIEGEL:
Vd. sabe que, en este contexto, se han elevado contra Vd. algunos
reproches que afectan a su colaboración con el NSDAP y sus
asociaciones y que en la opinión pública aparecen aún como no
desmentidos. Así, se le ha reprochado que Vd. hubiera participado en
la quema de libros organizada por los estudiantes o por las
Juventudes Hitlerianas.
HEIDEGGER:
Yo prohibí la planeada quema de libros que debía haber tenido lugar
ante el edificio de la Universidad.
SPIEGEL:
Además se le ha reprochado que Vd. permitiera que se retiraran de la
Biblioteca de la Universidad y del Seminario de Filosofía los libros
de autores judíos.
HEIDEGGER:
Como director del Seminario sólo podía disponer de su biblioteca. No
accedí a las reiteradas exigencias de retirar los libros de autores
judíos. Antiguos participantes en mis Seminarios podrían hoy
atestiguar que no sólo no fue retirado ningún libro de autores
judíos, sino que estos autores, sobre todo Husserl, fueron citados y
comentados como antes de 1933.
SPIEGEL:
Queremos dejar esto claro. ¿Cómo se explica Vd. el surgimiento de
tales rumores? ¿Es mala voluntad?
HEIDEGGER:
Por lo que sé de su origen, creo que así es; pero los motivos de la
calumnia son más profundos. La aceptación del rectorado es
presumiblemente sólo la ocasión, no la razón determinante. Por ello,
la polémica probablemente se reavivará de nuevo cada vez que se
ofrezca una ocasión.
SPIEGEL:
Vd. tuvo también, después de 1933, estudiantes judíos. Su
relación con ellos, probablemente no con todos, pero sí con algunos,
debe de haber sido cordial.
HEIDEGGER:
Mi actitud después de 1933 siguió siendo la misma. Una de mis
más antiguas y más dotadas estudiantes, Helene Weiss, que más tarde
emigró a Escocia, se doctoró en Basilea con un trabajo muy
importante sobre Causalidad y azar en la filosofía de
Aristóteles, impreso en Basilea en 1942,
cuando su doctorado ya no fue posible en la Facultad de aquí. Al
final del prefacio la autora escribe: «El ensayo de interpretación
fenomenológica, cuya primera parte presentamos aquí, ha sido posible
gracias a las interpretaciones inéditas de la filosofía griega de M.
Heidegger.» Puede Vd. ver aquí el ejemplar que la autora me envió
con una dedicatoria de su puño y letra en abril de 1948.
Antes de su muerte en Bruselas visité a la Sra. Weiss varias veces.
SPIEGEL:
Durante largo tiempo fue Vd. amigo de Karl Jaspers. Después de
1933 empezó a enturbiarse esta relación. Se dice que este
enturbiamiento guarda relación con el hecho de que la mujer de
Jaspers era judía. ¿Puede Vd. decir algo sobre esto?
HEIDEGGER:
Eso que Vd. dice es mentira. Era amigo de Karl Jaspers desde 1919.
Les visité, a él y a su mujer, en el verano de 1933 en
Heidelberg. Entre 1934 y 1938 me envió todas sus
publicaciones «con un cordial saludo». Aquí las tiene.
SPIEGEL:
Aquí dice: «Con un cordial saludo». Pero el saludo no sería
«cordial» si antes hubiera habido un enturbiamiento. Otra pregunta
similar: Vd. fue discípulo de su predecesor judío en la cátedra de
la Universidad de Friburgo, Edmund Husserl. El le propuso a Vd. como
sucesor en la cátedra. Su relación con él no puede haber estado
exenta de agradecimiento.
HEIDEGGER:
Vd. tiene la dedicatoria de Ser y Tiempo.
SPIEGEL:
Claro.
HEIDEGGER:
En 1929 redacté el escrito de homenaje para su setenta
cumpleaños y en la fiesta de su casa pronuncié el discurso que,
también en mayo de 1929, fue impreso en las comunicaciones
académicas.
SPIEGEL:
Pero es más tarde cuando se enturbian las relaciones. ¿Puede Vd., si
lo desea, decirnos a qué hay que atribuirlo?
HEIDEGGER:
Las diferencias, desde el punto de vista objetivo, se habían
agudizado. A comienzos de los años treinta Husserl llevó a cabo
públicamente un ajuste de cuentas con Max Scheler y conmigo en
términos inequívocos. Qué movió a Husserl a pronunciarse con tal
notoriedad contra mi pensamiento, no he podido saberlo.
SPIEGEL:
¿Con ocasión de qué fue eso?
HEIDEGGER:
En la Universidad de Berlín Husserl habló ante 1.600 oyentes.
Heinrich Mühsam habló en uno de los grandes periódicos de Berlín de
un «ambiente de palacio de deportes».
SPIEGEL:
En nuestro contexto la disputa en sí misma no tiene interés. Sólo
interesa que no hubo una disputa que tuviera algo que ver con el año
1933.
HEIDEGGER:
En lo más mínimo.
SPIEGEL:
Esa era también nuestra idea. Pero, ¿no es cierto que más tarde Vd.
retiró de Ser y Tiempo la dedicatoria a Husserl?
HEIDEGGER:
Es cierto. He explicado este hecho en mi libro De camino hacia
el lenguaje. En él escribí: «Con el fin de hacer frente a
falsas afirmaciones, ampliamente extendidas, hay que hacer notar
aquí expresamente que la dedicatoria de Ser y Tiempo,
mencionada en el texto del diálogo (p. 92), se mantuvo también
en la 4. a edición de 1935. Cuando el editor vio en
peligro la quinta edición del libro -por una posible prohibición- se
convino finalmente, a propuesta y por deseo de Niemeyer, retirar la
dedicatoria en esta edición, con la condición, que yo puse, de que
se mantuviera la nota de la página 38, que es donde realmente esa
dedicatoria recibe su fundamento, y que dice: “Si la siguiente
investigación da algunos pasos hacia adelante por el camino que abre
las ‘cosas mismas’, lo debe el autor en primera línea a E. Husserl,
que le familiarizó durante los años de estudio del autor en Friburgo
con los más variados dominios de la investigación fenomenológica,
mediante una solícita dirección personal y la más liberal
comunicación de trabajos inéditos”».
SPIEGEL:
Entonces ya no necesitamos preguntarle si es cierto que Vd., como
rector de la Universidad de Friburgo, prohibió la entrada o la
utilización de la Biblioteca de la Universidad o del Seminario de
Filosofía al profesor emérito Husserl.
HEIDEGGER:
Eso es una calumnia.
SPIEGEL:
¿Y
no hay tampoco una carta en la que se expresa esta prohibición a
Husserl? ¿De dónde ha salido ese rumor?
HEIDEGGER:
Tampoco lo sé, no encuentro para ello explicación alguna. Que todo
este asunto es inverosímil, puedo demostrárselo a través de algo que
tampoco se conoce: Durante mi rectorado, el ministerio pretendió
retirar al director de la Clínica Universitaria, profesor Tannhauser,
y al profesor de Química y Física, futuro premio Nobel, von Hevesy,
ambos judíos; tras una visita al ministro, logré mantenerlos en sus
puestos. Que mantuviera a estos dos hombres y que al mismo tiempo
actuara, de la forma que se ha divulgado, contra Husserl, profesor
emérito y mi propio maestro, es absurdo. Impedí también que
estudiantes y profesores prepararan una manifestación contra el
profesor Tannhauser delante de su clínica. En la esquela que la
familia Tannhauser publicó en el periódico de aquí se dice: «Hasta
1934 fue el respetado director de la Clínica Universitaria en
Friburgo i. Br. Brocline, Mass., 18.12.1962». Sobre el
profesor von Hevesy informaban las Freiburger
Universitätsblätter, Heft 11, febrero de 1966:
«Durante los años 1926-1934 von Hevesy fue director del
Instituto de Física y Química de la Universidad de Friburgo i. Br.»
Cuando yo dimití, ambos directores fueron cesados de sus cargos.
Había entonces profesores, que se habían quedado sin cátedra, que
pensaban: ahora es el momento de ascender. A toda esta gente la
rechacé cuando venía a verme.
SPIEGEL:
Vd. no participó en 1938 en el entierro de Husserl. ¿Por qué?
HEIDEGGER:
Sobre esto sólo querría decir lo siguiente: el reproche de que rompí
mis relaciones con Husserl carece de base. En mayo de 1933 mi
mujer escribió a la Sra. Husserl, en nombre de los dos, una carta en
la que le testimoniábamos nuestro inalterable agradecimiento, y se
la envié a casa con un ramo de flores. La Sra. Husserl contestó
enseguida, dando las gracias de manera formal y diciendo que las
relaciones entre nuestras familias se habían roto. Que durante la
enfermedad y muerte de Husserl no le testimoniara una vez más mi
agradecimiento y mi respeto, es un fallo humano, del que más tarde
pedí disculpas por carta a la Sra. Husserl.
SPIEGEL:
Husserl murió en 1938. Ya en febrero de 1934 había Vd.
dimitido del rectorado. ¿Cómo sucedió?
HEIDEGGER:
Aquí no tengo más remedio que remontarme un poco más atrás. Con la
intención de superar la organización técnica de la Universidad, es
decir, de renovar las Facultades desde dentro, partiendo de sus
tareas objetivas, propuse nombrar como decanos para el semestre de
invierno de 1933‑1934 en algunas Facultades a colegas
jóvenes, pero, sobre todo, destacados en su especialidad, y desde
luego sin mirar cuál era su posición respecto del partido. De esta
manera fueron decanos los profesores Erik Wolf en la Facultad de
Derecho, Schadewalt en la de Filosofía, Soergel en la de Ciencias y
von Möllendorf, que en primavera había sido destituido como rector,
en la de Medicina. Pero ya durante las Navidades de 1933
estuvo claro que no podría sacar adelante la renovación de la
Universidad, que yo imaginaba, contra la resistencia de mis colegas
y contra el partido. Por ejemplo, los colegas tomaban a mal que
metiera a los estudiantes en responsabilidades administrativas de la
Universidad, justo como ocurre hoy. Un día me llamaron de Karlsruhe,
donde el ministro, por boca de su consejero ministerial y en
presencia del jefe estudiantil de la región, me exigió que
sustituyera a los decanos de Derecho y Medicina por otros colegas
que fueran bien vistos por el partido. Rechacé estas pretensiones y
ofrecí mi renuncia al rectorado, si el ministro permanecía en sus
exigencias, lo que fue el caso. Esto fue en febrero de 1934;
me retiré tras diez meses en el cargo, cuando los rectores
permanecían entonces dos o tres años. Mientras la prensa de dentro y
de fuera del país comentó de diversas maneras mi aceptación del
rectorado, no dijo una palabra de mi dimisión.
SPIEGEL:
¿Tuvo Vd. entonces tratos con Rust?
HEIDEGGER:
¿Cuándo es «entonces»?
SPIEGEL:
Se habla aún de un viaje que Rust hizo aquí, a Friburgo, en 1933.
HEIDEGGER:
Se trata de dos hechos diferentes. Con ocasión de una conmemoración
ante la tumba de Schlageter en su ciudad natal, Schonau im Wiesental,
tuve ocasión de saludar de manera breve y meramente formal al
ministro. Luego, el ministro no supo más de mí. No me esforcé
entonces por tener ninguna conversación con él. Schlageter era
estudiante de Friburgo y pertenecía a una corporación católica de
las que llevan colores. La conversación tuvo lugar en noviembre de
1933 en Berlín con ocasión de una conferencia de rectores. Le expuse
mi concepción de la ciencia y la posible configuración de las
Facultades. Tomó atenta nota de todo, hasta e] punto de que abrigué
la esperanza de que lo que le expuse podía tener efecto. Pero no fue
así. No comprendo cómo esta entrevista mía con el entonces ministro
de Educación se convierte en un reproche, cuando por la misma época
todos los gobiernos extranjeros se apresuraban a reconocer a Hitler
y a prestarle la habitual reverencia diplomática.
SPIEGEL:
¿Cómo se desarrollaron sus relaciones con el NSDAP, una vez que se
retiró del rectorado?
HEIDEGGER:
Tras la retirada del rectorado retorné a mis tareas docentes. En el
semestre de verano mis clases versaron sobre «Lógica» 2°. En el
siguiente semestre 1934-1935 di el primer curso sobre Hölderlin. En
1936 empezaron los cursos sobre Nietzsche. Todos los que
pudieron oírlas entendieron que se trataba de una discusión con el
nacionalsocialismo.
SPIEGEL:
¿Cómo se desarrolló la transmisión del cargo? ¿No participó Vd. en
la ceremonia?
HEIDEGGER:
No, rehusé participar en ella.
SPIEGEL:
¿Fue su sucesor un miembro comprometido del partido?
HEIDEGGER:
Era de Derecho; Der Alemanne, el periódico del
partido, anunció su nombramiento como rector con grandes titulares:
«El primer rector nacionalsocialista de la Universidad».
SPIEGEL:
¿Tuvo Vd. después dificultades con el partido o cómo fue la cosa?
HEIDEGGER:
Estaba permanentemente vigilado.
SPIEGEL:
¿Puede Vd. dar un ejemplo?
HEIDEGGER:
Sí, el caso del Dr. Hanke.
SPIEGEL:
¿Cómo llegó a saberlo?
HEIDEGGER:
Porque él mismo vino a decírmelo. Se había ya doctorado en el
semestre de invierno de 1936-1937, y durante el semestre de verano
del 37 fue miembro de mi seminario. Había sido enviado por el SD
para vigilarme.
SPIEGEL:
¿Y cómo decidió de repente ir a verle?
HEIDEGGER:
Tras mi seminario sobre Nietzsche del semestre de verano del 37 y
tal como en él se desarrolló el trabajo, me confesó que no podía ya
aceptar la vigilancia que le habían encomendado y que quería poner
en mi conocimiento esta situación, con vistas a mi ulterior
actividad académica.
SPIEGEL:
¿No tuvo Vd. además otras dificultades con el partido?
HEIDEGGER:
Sólo sé que mis escritos no podían ser reseñados, por ejemplo, el
artículo «La doctrina de Platón acerca de la verdad». Mi conferencia
sobre Hölderlin, que pronuncié en 1936 en el Instituto Germánico de
Roma, fue atacada de forma rastrera en la revista de las Juventudes
Hitlerianas Wille und Macht. La polémica que en
el verano de 1934 se inició contra mí en la revista de E.
Krieck Volk im Werden deberían volverla a leer
los interesados. En el Congreso Internacional de Filosofía de Praga,
en 1934, no formé parte de la delegación alemana ni fui
invitado a participar. De igual forma, seguí siendo excluido en el
Congreso Internacional de Descartes de París, en 1937, lo
cual resultó en París tan extraño que la dirección del Congreso allí
-el profesor Bréhier, de la Sorbona- se dirigió por su cuenta a mí
para preguntarme por qué yo no formaba parte de la delegación
alemana. Contesté que podrían informarse de este caso en el
ministerio de Educación del Reich, en Berlín. Algún tiempo después
me llegó de Berlín el requerimiento de integrarme con posterioridad
en la delegación, cosa que rechacé. Las conferencias «¿Qué es
Metafísica» y «De la esencia de la verdad» tuvieron que venderse,
sin título en la cubierta, bajo cuerda. Después de 1934, el
discurso del rectorado fue inmediatamente retirado de la venta por
orden del partido. Sólo debía ser comentado en los campamentos de
profesores nacionalsocialistas como objeto de polémica política.
SPIEGEL:
Cuando en 1939 la guerra...
HEIDEGGER:
En el último año de guerra, quinientos de los más conocidos
científicos y artistas fueron liberados de cualquier tipo de
servicio militar. A mí no me incluyeron entre ellos; al contrario,
fui destinado en el verano de 1944 a trabajos de
atrincheramiento al otro lado del Rin, en Kaiserstuhl.
SPIEGEL:
En el otro lado, en la parte suiza, cavó trincheras Karl Barth.
HEIDEGGER:
Es interesante cómo sucedió. El rector invitó a todo el cuerpo
docente a ir al aula 5 y pronunció un breve discurso del
siguiente tenor: lo que iba a decir había sido acordado con el jefe
del distrito y con el jefe de la región del NS. Quería dividir todo
el cuerpo docente en tres grupos: primero, el de los profesores de
los que se podía prescindir totalmente; segundo, el de los que se
podía prescindir a medias; y el tercero, el de los imprescindibles.
En el primer lugar de los totalmente innecesarios fue citado
Heidegger y luego Ritter. En el semestre de invierno de 1944-1945,
cuando acabé de cavar trincheras en el Rin, di un curso con el
título: «Poetizar y pensar», en cierto sentido una continuación de
mi curso sobre Nietzsche, es decir, de la discusión con el
nacionalsocialismo. Después de la segunda hora, fui enrolado en la
Volkssturm; de los profesores que fueron llamados, yo
era el más viejo.
SPIEGEL:
Creo, profesor Heidegger, que no es necesario que oigamos los hechos
hasta su jubilación de facto o, digamos, hasta
su jubilación legal. Son, ciertamente, conocidos.
HEIDEGGER:
Conocidos, desde luego, no son. Es un asunto bastante feo.
SPIEGEL:
A
no ser que Vd. quiera decir algo.
HEIDEGGER:
No.
SPIEGEL:
Quizá debamos resumir: en 1933 cayó Vd., como persona
apolítica en sentido estricto, no en sentido amplio, en la política
de ese supuesto resurgimiento...
HEIDEGGER:
...en el camino de la Universidad...
SPIEGEL:
...en el camino de la Universidad. Un año después, más o menos,
abandonó Vd. la función que había aceptado. Pero en un curso de 1935,
que fue publicado en 1953 con el título de
Introducción a la Metafísica, decía Vd.: «Lo que hoy
-se trata, pues, de 1935- se ofrece por ahí como filosofía del
nacionalsocialismo, pero que no tiene lo más mínimo que ver con la
interna verdad y la grandeza de este movimiento (a saber, con el
encuentro de la técnica, extendida en todo el planeta, y del hombre
moderno), pesca en esas turbias aguas de los “valores” y las
“totalidades”». ¿Añadió Vd. el texto entre paréntesis en 1953, en el
momento de imprimir -como si quisiera explicar al lector de 1953
dónde había visto Vd. «la interna verdad y la grandeza del
movimiento», es decir, del nacionalsocialismo- o estaban ya los
paréntesis explicativos en 1935?
HEIDEGGER:
Estaban ya en mi manuscrito, lo cual correspondía exactamente a la
concepción que yo entonces tenía de la técnica, y no todavía a la
concepción posterior de la esencia de la técnica como im-posición.
Si no lo expuse oralmente fue porque estaba convencido de que mis
oyentes lo entenderían correctamente; los tontos, espías y fisgones
entendieron otra cosa... que es lo que querían.
SPIEGEL:
Seguramente incluiría Vd. también ahí al movimiento comunista.
HEIDEGGER:
Sí, por supuesto, como determinado por la técnica planetaria.
SPIEGEL:
¿Quién sabe si no incluiría Vd. también la totalidad de los
esfuerzos norteamericanos?
HEIDEGGER:
También eso lo diría. Mientras, a lo largo de los últimos treinta
años, se ha hecho cada vez más claro que el movimiento planetario de
la técnica moderna es un poder cuya capacidad de determinar la
historia apenas puede apreciarse. Hoy es para mí una cuestión
decisiva cómo podría coordinarse un sistema político con la época
técnica actual y cuál podría ser. No conozco respuesta a esta
pregunta. No estoy convencido de que sea la democracia.
SPIEGEL:
Pero «la» democracia no es más que un concepto colectivo, bajo el
que caben muy diversas ideas. La cuestión es si todavía es posible
una transformación de esta forma política. Después de 1945 se ha
manifestado Vd. sobre las aspiraciones políticas del mundo
occidental y ha hablado también de la democracia, de la expresión
política de la concepción cristiana del mundo y también del Estado
de Derecho, y ha denominado a todas estas aspiraciones «medias
tintas» (Halbheiten).
HEIDEGGER:
Ante todo le pido que me diga dónde he hablado yo de la democracia y
de todo lo demás que Vd. ha enumerado. De «medias tintas» podría,
sí, calificarlas porque no veo en ellas una efectiva discusión con
el mundo técnico, porque tras ellas está siempre, a mi modo de ver,
la idea de que la esencia de la técnica es algo que el hombre tiene
en sus manos, lo cual, en mi opinión, no es posible. La técnica en
su esencia es algo que el hombre, por sí mismo, no domina.
SPIEGEL:
¿Cuál de las corrientes que hemos esbozado sería, a su modo de ver,
la más adecuada a su tiempo?
HEIDEGGER:
No lo sé. Pero sí veo en ello una cuestión decisiva. Habría que
aclarar, por lo pronto, lo que Vd. entiende por «tiempo». Más aún,
habría que preguntar si la adecuación a su tiempo es la pauta de la
«verdad interna» de la acción humana, si la acción que marca la
pauta no es el pensar y el poetizar, a pesar de la mala fama de ese
giro.
SPIEGEL:
Pero es evidente que en ninguna época el hombre ha dominado sus
instrumentos, véase el aprendiz de brujo. ¿No es demasiado pesimista
decir: no dominaremos este instrumento, indudablemente mucho más
grande, de la técnica moderna?
HEIDEGGER:
Pesimismo, no. Pesimismo y optimismo son, en el ámbito de la
reflexión que estamos intentando, posturas que se quedan muy cortas.
Pero, sobre todo, la técnica moderna no es un instrumento y no tiene
nada que ver con instrumentos.
SPIEGEL:
¿Por qué tenemos que estar tan fuertemente dominados por la
técnica...?
HEIDEGGER:
Yo no digo dominados. Digo que aún no tenemos un camino que
corresponda a la esencia de la técnica.
SPIEGEL:
Sin embargo, se le podría objetar de manera completamente ingenua:
pero, ¿qué es lo que está aquí dominado? Todo funciona. Cada vez se
construyen más centrales eléctricas. Cada vez se producirá con mayor
destreza. En la parte del mundo altamente tecnificado, los hombres
están bien atendidos. Vivimos en un estado de bienestar. ¿Qué falta
en realidad?
HEIDEGGER:
Todo funciona. Esto es precisamente lo inhóspito, que todo funciona
y que el funcionamiento lleva siempre a más funcionamiento y que la
técnica arranca al hombre de la tierra cada vez más y lo desarraiga.
No sé si Vd. estaba espantado, pero yo desde luego lo estaba cuando
vi las fotos de la Tierra desde la Luna. No necesitamos bombas
atómicas, el desarraigo del hombre es un hecho. Sólo nos quedan
puras relaciones técnicas. Donde el hombre vive ya no es la Tierra.
Hace poco tuve en Provenza una larga conversación con René Char, el
poeta y resistente, como Vd. sabe. En Provenza se han instalado
ahora bases de cohetes y la región ha sido devastada de forma
inimaginable. El poeta, que no es precisamente sospechoso de
sentimentalismo y de glorificar el idilio, me decía que el
desarraigo del hombre, que está sucediendo, es el final, a no ser
que alguna vez el pensar y el poetizar logren alcanzar el poder sin
violencia.
SPIEGEL:
Sin embargo, hay que decir que estamos bien aquí y que en nuestro
tiempo no tendremos que marcharnos; pero, ¿quién sabe si el destino
del hombre es estar en la Tierra? Es pensable que el hombre no tenga
destino alguno. Pero, de todos modos, puede contemplarse también
como una posibilidad humana salir de la Tierra a otros planetas;
para lo cual falta aún seguramente mucho tiempo. Pero, ¿dónde está
escrito que el hombre tenga aquí su sitio?
HEIDEGGER:
Si no estoy mal orientado, sé, por la experiencia e historia
humanas, que todo lo esencial y grande sólo ha podido surgir cuando
el hombre tenía una patria y estaba arraigado en una tradición. La
literatura actual, por ejemplo, es en gran parte destructiva.
SPIEGEL:
Nos molesta la palabra destructiva en la medida en que suena a
nihilismo, palabra que, debido precisamente a Vd. y a su filosofía,
ha ampliado enormemente su contexto significativo. Nos sorprende oír
la palabra «destructiva» con relación a la literatura, aunque Vd.
podría o tendría que verla formando parte íntegramente de ese
nihilismo.
HEIDEGGER:
Yo diría que la literatura a la que me he referido no es nihilista
en el sentido que esta palabra tiene en mi pensamiento (Nietzsche,
II, p. 335 y ss.)
SPIEGEL:
Vd. ve con toda claridad, y así lo ha expresado en su obra, un
movimiento universal que conduce o ha conducido ya al Estado
tecnológico absoluto.
HEIDEGGER:
¡Sí! Pero justamente el Estado técnico corresponde poquísimo al
mundo y la sociedad determinados por la esencia de la técnica.
Frente al poder de la técnica, el Estado técnico sería su más servil
y ciego esbirro.
SPIEGEL:
Bien. Pero ahora se plantea la cuestión: ¿puede el individuo influir
aún en esa maraña de necesidades inevitables, o puede influir la
filosofía, o ambos a la vez, en la medida en que la filosofía lleva
a una determinada acción a uno o a muchos individuos?
HEIDEGGER:
Con esta pregunta volvemos al comienzo de nuestra conversación. Si
se me permite contestar de manera breve y tal vez un poco tosca,
pero tras una larga reflexión: la filosofía no podrá operar ningún
cambio inmediato en el actual estado de cosas del mundo. Esto vale
no sólo para la filosofía, sino especialmente para todos los
esfuerzos y afanes meramente humanos. Sólo un dios puede aún
salvarnos. La única posibilidad de salvación la veo en que
preparemos, con el pensamiento y la poesía, una disposición para la
aparición del dios o para su ausencia en el ocaso; dicho toscamente,
que no «estiremos la pata», sino que, si desaparecemos, que
desaparezcamos ante el rostro del dios ausente.
SPIEGEL:
¿Hay una relación entre su pensamiento y la venida de ese dios? ¿Hay
entre ellos, a su juicio, una relación causal? ¿Cree Vd. que podemos
traer al dios con el pensamiento?
HEIDEGGER:
No podemos traerlo con el pensamiento, lo más que podemos es
preparar la disposición para esperarlo.
SPIEGEL:
Pero, ¿podemos ayudar a ello?
HEIDEGGER:
Preparar esa disposición sería la primera ayuda. El mundo no es lo
que es y como es por el hombre, pero tampoco puede serlo sin él.
Esto guarda relación, en mi opinión, con que lo que yo denomino «el
ser» -usando una palabra que viene de muy antiguo, equívoca y hoy ya
gastada- necesita del hombre, que el ser no es ser sin que el hombre
le sea necesario para su manifestación, salvaguardia y
configuración. La esencia de la técnica la veo en lo que denomino la
«im-posición» (Ge-stell). Este nombre, malentendido
con facilidad por los primeros oyentes, remite lo que dice,
rectamente entendido, a la más íntima historia de la metafísica, que
aún hoy determina nuestra existencia. El imperio de la «im-posición»
significa: el hombre está colocado, requerido y provocado por un
poder, que se manifiesta en la esencia de la técnica. Precisamente
en la experiencia de que el hombre está colocado por algo, que no es
él mismo y que no domina, se le muestra la posibilidad de comprender
que el hombre es necesitado por el ser. En lo que constituye lo más
propio de la técnica moderna se oculta justamente la posibilidad de
experimentar el ser necesitado y el estar dispuesto para estas
nuevas posibilidades. Ayudar a comprender esto: el pensamiento no
puede hacer más. La filosofía ha llegado a su fin.
SPIEGEL:
En otros tiempos -y no sólo en otros- se ha pensado que de todos
modos la filosofía actúa indirectamente con frecuencia, directamente
rara vez, pero que podría actuar indirectamente muchas veces, que ha
ayudado a que irrumpan nuevas corrientes. Si se piensa, tan sólo
entre los alemanes, en los grandes nombres de Kant, Hegel, hasta
Nietzsche, por no mencionar a Marx, puede comprobarse cómo, mediante
rodeos, la filosofía ha tenido un enorme efecto. ¿Cree Vd. que este
efecto de la filosofía ha terminado? Y cuando Vd. dice que la
filosofía ha muerto, que ya no existe, ¿se incluye en ello la idea
de que este efecto de la filosofía, aunque alguna vez se dio, hoy ya
no se da?
HEIDEGGER:
Lo acabo de decir: mediante otro pensamiento es posible un efecto
indirecto, pero ninguno directo, como si el pensamiento pudiera ser
la causa de un cambio del estado de cosas del mundo.
SPIEGEL:
Discúlpenos, no queremos filosofar, de lo que no somos capaces, pero
estamos en el punto en que convergen política y filosofía, por lo
cual le pedimos que nos perdone, si le arrastramos ahora a un
diálogo sobre ello. Vd. ha dicho exactamente que la filosofía y el
individuo no pueden hacer otra cosa que...
HEIDEGGER:
...ese preparar la disposición de mantenerse abiertos para la
llegada o la ausencia del dios. La experiencia de esa ausencia no es
algo negativo, sino una liberación para el hombre de lo que en
Ser y Tiempo llamé la caída en el ente. A ese
preparar la mencionada disposición pertenece la reflexión sobre lo
que hoy hay.
SPIEGEL:
Pero en realidad aún tendría que venir el famoso impulso exterior,
un dios o lo que sea. Así pues, el pensamiento, por su cuenta y
bastándose a sí mismo, ¿ya no puede hoy producir efectos? En otra
época los produjo, en opinión de los que en ella vivían y, creo yo,
en la nuestra.
HEIDEGGER:
Pero no de forma directa.
SPIEGEL:
Hemos nombrado ya a Kant, Hegel y Marx como grandes incitadores.
Pero también de Leibniz han partido impulsos para el desarrollo de
la física moderna y, con ello, para el surgimiento del mundo
moderno. Creemos -lo ha dicho antes- que Vd. no cuenta ya hoy con
tales efectos.
HEIDEGGER:
En el sentido de la filosofía, ya no. El papel que la filosofía ha
tenido hasta ahora lo han asumido hoy las ciencias. Para esclarecer
suficientemente el «efecto» del pensamiento tendríamos que dilucidar
más detenidamente qué significan aquí efecto y acción de producir.
Sería necesario distinguir cuidadosamente entre ocasión, impulso,
fomento, ayuda, impedimento y cooperación. Pero sólo lograremos la
dimensión adecuada para estas distinciones cuando hayamos dilucidado
suficientemente el principio de razón. La filosofía se disuelve en
ciencias particulares: la psicología, la lógica, la politología.
SPIEGEL:
¿Y quién ocupa ahora el puesto de la filosofía?
HEIDEGGER:
La cibernética.
SPIEGEL:
¿O la devoción, que se mantiene abierta?
HEIDEGGER:
Pero eso ya no es filosofía.
SPIEGEL:
¿Qué es entonces?
HEIDEGGER:
Yo lo llamo el otro pensar.
SPIEGEL:
Vd. lo llama el otro pensar. ¿Podría formularlo un poco más
claramente?
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