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ENTREVISTA CON ARTURO ALAPE AUTOR DE "EL CADAVER INSEPULTO"
Por Manuel Tiberio Bermúdez
El paso del tiempo ha ido borrando del colectivo nacional el
nombre de Carlos Ruiz. Muchas personas, estoy seguro, no sabrían
decir a que ser humano nombra este nombre.
En cambio si decimos Arturo Alape, inmediatamente reconocemos a
uno de los escritores de más trayectoria en nuestra patria.
Escritor, investigador, periodista y pintor, Alape es una de
las plumas más reconocidas en Colombia, por su compromiso con la
literatura y especial con la vida. Sus libros son la huella hecha
tinta que ha ido dejando a lo largo de su prolífica vida literaria
Diario de un guerrillero (1970)
Las muertes de Tirofijo (1972)
Guadalupe años sin cuenta (coautor, 1976)
Un día de septiembre (1977)
El cadáver de los hombres invisibles (1979)
El bogotazo: memorias del olvido (1983)
Noche de pájaros (1984)
La paz, la violencia: testigo de excepción (1985)
Las vidas de Pedro Antonio Marín, Manuel Marulanda Vélez,
Tirofijo (1989)
Valoración múltiple sobre Tomás Carrasquilla (1990)
Julieta, el sueño de las mariposas (1994)
Tirofijo: los sueños y las montañas (1994)
Ciudad Bolívar: la hoguera de las ilusiones (1995)
Valoración múltiple sobre León de Greiff (1995)
Río de inmensas voces y otras voces (1997)
Mirando al final del alba (1998)
Sangre ajena (Novela, 2000)
Su más reciente libro "El cadáver insepulto" camina desde hace
pocas semanas por entre las manos de quienes ha seguido su
trayectoria como narrador. Con Arturo, quien ha sido uno de los
escritores que más presencia ha tenido en El Encuentro Nacional e
Internacional de Escritores por la paz de Colombia que cada dos años
se realiza en Caicedonia, Valle del Cauca, tuvimos el siguiente
dialogo que a continuación reproducimos y que además complementamos
con algunos comentarios sobre su nuevo trabajo.
¿A que mundo se va a asomar quien se anime a arrimarse a "El
cadáver insepulto"?
"Al mundo de la ausencia cuando se desaparece al ser amado.
Búsqueda insaciable tras las huellas del otro en la niebla
envolvente de la impunidad".
¿Cuanto tiempo le llevó terminar el libro?
"La comencé en el 2000 en la ciudad de Hamburgo durante mi
segundo exilio y la terminé en la finca del amigo y escritor Jairo
Mercado, recientemente fallecido".
¿En qué genero lo cataloga?
"Novela histórica con una estructura narrativa policíaca"
¿Cómo ha recibido la crítica y el público este nuevo trabajo?
"Formidable recibimiento por parte de los medios de
comunicación y un grupo lectores la están leyendo y en algunas
universidades la pusieron de texto".
No puedo desaprovechar la ocasión para preguntarle por las
nuevas generaciones de escritores. ¿A quien ves descollando en el
ambiente literario?
"Los nuevos escritores, no pueden negarlo, hacen parte de la
propia historia literaria del país: están en la búsqueda de su
propia voz literaria".
¿Qué tema le gustaría abordar y por qué no lo ha hecho?
"Los nuevos temas por abordar están en la memoria: los tengo
alineados para escribirlos según los pálpitos de la vida".
¿Qué caminos anda hoy el ser humano que es Arturo Alape?
Comencé la nueva novela, tengo planeado una exposición de mis
pinturas el año próximo, cada comienzo de la noche abrazo a mi hija
Paloma y todos los días pienso en alargar los pasos de la vida".
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Comentarios sobre la novela El cadáver insepulto de Arturo
Alape
Texto de Laura Restrepo
Esta ciudad nuestra cae de tanto en tanto en agujeros negros
-como el 9 de Abril o la toma del Palacio de Justicia- que le
calcina el corazón y que arrasan con la memoria colectiva de sus
habitantes. El Cadáver Insepulto repite el milagro que Alape sabe
hacer: a través de la palabra y de la reconstrucción de los hechos,
nos devuelve la razón de ser.
Laura Restrepo
Texto de Germán Pinzón
Con la palabra insepulto Arturo Alape condensa su nueva, y como
siempre, irrefutable reconstrucción histórica, en una metáfora
triple: La primera sepulta un crimen al que por todos los medios se
le quiso echar tierra. La segunda conduce ese hecho, gracias al hilo
de una heroica Ariadna, por el infinito dédalo de nuestras
investigaciones exhaustivas, nada menos que al presente. Tiempo
metafórico para repetir nuestra mímica fatal de enterrar viva a la
historia.
Por todo esto, El cadáver insepulto es también una novela. Y
por el peculiar ímpetu lírico de Alape. Por lo todo lo otro, e
históricamente, Baudrillard no dudaría en cobijarla con uno de los
títulos más diáfanos: El crimen perfecto. El asesino de la realidad.
O sea, de la verdad. Un libro que no puede faltar en el catálogo de
lo estremecedor. Y lo vergonzoso que después de los siglos parecería
imponérsenos como identidad nacional.
Texto de Javier Darío Restrepo
La mirada lúcida del novelista.
(A propósito de El cadáver Insepulto, de Arturo Alape.)
Arturo no lo dijo todo sobre el 9 de abril. Lo que aún quedó
por decir después de la exhaustiva investigación de su libro El
Bogotazo, lo está contando con las dos voces que narran su nueva
novela: doña Tránsito viuda de Toro y el periodista Felipe González
Toledo.
Cuando el país apenas se sacudía las cenizas de los incendios
de aquel abril, se abatió sobre él la marea negra de la dictadura
del general Gustavo Rojas Pinilla, que dejó sus más ominosas marcas
en las fuerzas armadas; una tragedia agregada al inmenso drama de la
violencia partidista. Los historiadores y los periodistas han
contado esa historia, pero hay otra visión indispensable para la
comprensión cabal de estos años de tormenta: la del artista.
Escritores, pintores, escultores, músicos se asomaron al
recuerdo de guerras y violencias y lo transformaron. Alejandro
Obregón transfiguró ese dolor colectivo de los años 50 en su óleo
Violencia; y lo mismo hizo Rodrigo Arenas con sus esculturas
monumentales. Gabriel García Márquez transmuta en símbolo universal
nuestras violencias en Cien Años de soledad y en El día señalado,
por ejemplo. Sucede lo mismo cuando Héctor Rojas Herazo escribe
Celia se pudre o En Noviembre llega el Arzobispo; Elisa Mújica en
Catalina, o José Antonio Lizarazo en El amor y la Derrota y en El
día del odio. Sobre estos relatos y otros más afirmaba en 1952
Germán Arciniegas que "la novela es en lo general un documento más
exacto que la historia." Es una expresión hiperbólica que, sin
embargo, tiene fundamento: en la visión del novelista hay una
claridad y lucidez que le faltan al historiador.
Detrás del novelista que crea historias de violencia o de
guerra suele haber una víctima que narra. Es igualmente cierto que
los vencedores son los que escriben y falsean la historia, y que las
víctimas la recuperan cuando denuncian la injusticia sufrida. Pero
el sentido de esa historia, su profundidad y riqueza sólo aparecen
cuando la memoria ilumina los hechos y el arte traza sus contornos.
Decía Bertold Brecht que "la verdad es concreta; en una época de
horrores impensables, tal vez sólo el arte puede satisfacer."
La voz de Tránsito en la novela de Alape es la de incontables
víctimas; el novelista ha utilizado ese testimonio como materia
prima para crear la imagen imborrable de la mujer fuerte y a la vez
tierna; en apariencia débil y vulnerable, en sus actuaciones audaz e
implacable. Cuando la escena debería ser dominada por el capitán
Ezequiel Toro, su marido, es ella quien convoca la atención y la
admiración como toda esa muchedumbre de viudas que parece colmar y
llenar de fuerza y de coraje las páginas de nuestra violencia.
El artista transforma la realidad histórica y revela
profundidades que se ocultan a la primera mirada del historiador y
del cronista. Adorno explica los dos pasos de ese proceso que sigue
el artista cuando expresa y transforma su dolor o el dolor ajeno: el
primero es la distancia, que le da una perspectiva reveladora de los
hechos. Entre el Bogotazo de Alape y el Cadáver Insepulto, se da la
diferencia que aporta la distancia. El otro paso lo da al imprimirle
forma a la historia. "Al dar forma al mal, invierte su situación,
deja de ser contenido pasivo de la historia, desaparece la víctima y
surge el creador." De nuevo el cronista e historiador se diferencian
del novelista.
Alape usa su poder creador para revivir la figura de Felipe
González Toledo con los materiales de la memoria y de su
sensibilidad de artista. Allí aparecen como en un caleidoscopio, el
periodista apasionado por la investigación judicial, el maniático
de la exactitud, la víctima de la censura y del censor instalado en
la redacción de El Espectador con su lápiz rojo y su insoportable
arrogancia; regresan los dilemas éticos del meticuloso cronista
judicial. Todo adquiere una dimensión nueva dentro de la atmósfera y
el mundo creados por el escritor. Es tal la fuerza transformadora de
la memoria puesta al servicio de la creación literaria, que viejas
crónicas de Felipe, como la del baúl escarlata o el obstinado
seguimiento del reportero a los restos de Juan Roa Sierra, aparecen
bajo una luz, distinta de que se aprecia en El Bogotazo o en las
crónicas de El Espectador en abril de 1948.
Es posible que en el futuro el recuerdo del 9 de abril y de la
dictadura del general Rojas quede asociado a personajes tan
siniestros como el coronel Cuervo Araoz, o a un héroe gris como el
capitán Ezequiel Toro, o a la vitalidad profesional de Felipe
González Toledo. Pero sin duda alguna, una mujer como doña Tránsito
viuda de Toro dominará esa zona crepuscular de la memoria histórica.
La existencia de mujeres como ella parece absolver a nuestra
historia de todos sus errores y crueldades. Encontrarla en el relato
de Alape tiene toda la gratificación de una revelación presentida.
Texto del poeta Rogelio Echavarría
Amigo Arturo Alape: Yo te llamaría historiador aficionado (no
es un error de ortografía) porque tu obra literaria imbrica con
maestría la ficción y la historia, sin desmedro de ninguna. En El
Cadáver Insepulto, título que no sólo se refiere a una víctima
señalada sino a una aciaga y vergonzosa etapa de la vida colombiana
(lo de vida es irónico tratándose de expediente de muerte),
inventas una certera crónica aprovechando el caso real de una
valientísima dama (a quien llamar heroína no sería exageración) que
se dedicó a investigar el asesinato de su esposo y a buscar su
cadáver hasta poderle dar condigna sepultura, denunciando al mismo
tiempo, con su conclusión a los victimarios. No creo que traicione
nuestra confidencialidad al advertir que te basaste en el gran
reportaje que Felipe González Toledo le hizo a la viuda del capitán
Tito Orozco en el semanario Sucesos que él y yo fundamos y dirigimos
en la oscura etapa en que la prensa fue amordazada para que no diera
a conocer las diarias noticias de la imposición de un partido
minoritario por medio de la más azarosa violencia. Tu obra es una
verdadera y meritoria creación propia e independiente, que confirma
y saca avente tu inspirada vocación de resucitador de muertos
Texto de Álvaro Castillo
El capitán de la policía Ezequiel Toro avanza en medio de la
multitud de la
Manifestación del Silencio el 7 de febrero de 1948, en Bogotá.
Es testigo
del pueblo que camina organizado para protestar contra la
violencia que
empieza a invadir el país. El mismo capitán se ve enfrentado al
terrible
dilema de disparar o no contra ese pueblo cuando el 9 de abril
es asesinado
Jorge Eliécer Gaitán. Estos dos hechos cambiarán su vida para
siempre. Cinco
años después es arrestado por las fuerzas del estado y desde
entonces su
rastro se pierde. Un periodista, cronista judicial, Felipe
González Toledo
es testigo de los mismos acontecimientos. Se encuentra en medio
de las
páginas de un periódico con un aviso que le llama la atención:
Tránsito Ruiz
de Toro, la esposa del capitán, está buscando a su esposo. El
cronista es el
primero en contar la historia de esta desaparición. A partir de
este momento
el capitán Toro vuelve a existir. De la multitud de cadáveres
de "El
Bogotazo Memorias del olvido" pasamos al "Cadáver insepulto" de
un solo
hombre. El único rastro que no puede borrarse es la memoria que
compartimos
y nos une. En tanto esta memoria exista seguimos siendo. La
nueva novela de
Arturo Alape atrapa y seduce al lector y lo hace cómplice de
los recuerdos
que habitan a sus personajes. El poeta irlandés William Butler
Yeats habló
alguna vez de la "gran memoria". La que recorre esta novela es
la de todos
nosotros. El hombre avanza en medio de una multitud y nos mira
a los ojos
para después desaparecer en las tinieblas del horror. Si el
destino de todos
es el morir merecemos hacerlo en medio de los nuestros. Si no
es posible que
algunos tengan una tumba en la tierra por lo menos merecen una
en el viento
para ser libres, "en esta vida y en la otra vida". Detrás de
cada hombre hay
una novela, una historia que merece y necesita ser contada.
Esa maestra que
busca a su esposo es todas las mujeres que buscan a aquellos que se
han
perdido. Lo importante es no dejar que todo caiga y se
desvanezca en el
olvido. Cuando esto sucede realmente estamos muertos.
Texto de Herbert Tico Braun
En mi libro Mataron a Gaitán aparece citado en una página el
capitán Tito Orozco, defensor de la Quinta División de Policía el 9
de abril. En este libro de Arturo Alape aparece toda la vida de Tito
Orozco, y su heroica esposa, y la vida de esa triste Bogotá de los
años cincuenta bajo la represión del régimen conservador. Esta es
una admirable historia novelada que poco tiene de ficción.
Texto de Marcela Ferrari
¿Hola Arturo, cómo estás?
Hace unos minutos terminé de leer tu novela. Me gustó mucho. La
primera parte me ubicó, la segunda me pareció lenta pero central
para el cruce de los personajes y las historias, la tercera me
envolvió y la última página me conmovió. La devoré sin haber leído
previamente" El Bogotazo..." para no condicionar la lectura.
¿Qué decirte? no sé cuánto hay de ficción en este policial
trágico de los comienzos (?) de la violencia en tu país, de lo que
tampoco conozco demasiado.
No puedo evitar pensar en lo mucho que nuestros países tienen
en común y en cómo presentas a los desaparecidos de distinto modo en
la reconstrucción de los distintos intérpretes/personajes: víctima
para los familiares, golpista para los responsables, una baja más
para los ejecutores materiales, un objeto de interés para el
periodista. Sólo al final aparece el costado militante.
La reconstrucción de la memoria colectiva en nuestro país con
respecto a los desaparecidos de la última dictadura, o las
intenciones de reconstrucción de la memoria oficial, atravesaron
etapas similares: subversivos para los dictadores; víctimas para las
familias y para la sociedad durante el juicio a las juntas abierto
con la recuperación democrática. Sólo dos décadas después, en forma
paralela, nuestra sociedad estuvo en condiciones de rescatar a los
militantes y esa faz de luchadores es aquella de la que se apropian
los miembros de los movimientos de piqueteros de nuestros días. Aún
para quienes condenamos esa etapa feroz, como en tu libro, resulta
justo y sencillo condenar los sucesos represivos, la ferocidad, lo
inhumano, lo inexplicable. Pero o se ve muy rápidamente o permanecen
opacos las múltiples posiciones que ocupan y el sinnúmero de ideas,
valores, acciones, sensaciones, sentimientos que confluyen en una
persona. Eso está muy logrado en tu Ezequiel: oficial de policía
formado en la fuerza, con conciencia popular, sospechado por los
gaitanistas, buen marido y padre, comprometido con sus subalternos,
luchador, combatiente contra la dictadura, derrotado, deprimido,
disminuido, suplicante, cadáver y metáfora de una sociedad.
Lástima que tras esa noche del Bogotazo siguieran noches tan
largas... Gracias por hacerme "cómplice" de tu última empresa. Un
abrazo y hasta pronto.
Texto prensa
El Cadáver Insepulto, novela de Arturo Alape, antídoto para no
olvidar la memoria histórica perdida.
Novela pos-Bogotazo. El Cadáver Insepulto es la metáfora de un
país cercado por el miedo, la censura de prensa, la tortura y el
asesinato. En 1953, doña Tránsito Ruiz de Toro, madre de cinco
hijos, maestra de primaria, solitaria, comienza su dramático viaje
durante cinco años por el territorio nacional para indagar, recoger
extrajuicio pruebas y testimonios de quienes participaron en la
desaparición y fusilamiento de su esposo, el capitán de policía
Ezequiel Toro.
Felipe González Toledo, cronista judicial de los años cuarenta
se transforma inevitablemente, por los acontecimientos políticos
ocurridos después del 9 de abril de 1948, en cronista policiaco-
político al denunciar éste y otros crímenes cometidos por los
regímenes de la época que dejaron huellas imborrables en la memoria
colectiva.
Admirable reconstrucción del hecho histórico en exhaustiva
investigación, contada través de una impecable estructura narrativa
y un preciso lenguaje. Policial trágico de los comienzos de la
violencia en el país; tensa escritura sobre la dura ausencia
convertida por los avatares de la vida en constante presencia;
Bogotá, ciudad asfixiada por la confluencia de temores y miedos
entrelazados; conflicto existencial de la orden militar como
escalera fúnebre y camino hacia la muerte.
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