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El
crítico de cine Luis Alberto Álvarez:
A diez
años de su muerte.
Por
Gabriel Jaime Caro (Gajaka)

Cada
país latinoamericano ha tenido sus críticos y comentaristas de cine con su
toque de genialidad. Los mismos críticos (ahí está el caso de Rocha,
Ayala, siguiendo al Truffaut) se convierten en autores, y escriben una
parte mas de la historia del cine. Pero son esos comentaristas versados en
la materia, que cautivan, y envuelven a sus lectores con sus obsesiones y
preferencias. A veces la parte onírica de un filme es definida más
claramente por un cronista, que por los mismos autores de la obra.
Colombia tuvo en Luis Alberto Álvarez (el gordito gigante), el genio
amoroso que todos admiraban y respetaban, por esa objetividad que
irradiaban sus gustos cinematográficos. Logró escribir en un diario
conservador (El colombiano) las críticas más osadas y directas que
sobre la evolución del cine se podría esperar, en los años 70s y 80s. Para
él desnudo en el cine era un arte muy exclusivo de mitologías, que ya las
poseía la puesta en escena. Cómo disfrutamos juntos la proyección de
estreno de El último tango en París, cuando todo el mundo iba a ver
el trasero de María Schneider untado de mantequilla, y nosotros a ver el
arte del cineasta italiano Bernardo Bertolucci. Acababa de llegar de Roma,
y reemplazaba en la crítica escrita al comentarista de fin de semana
Álvaro Ramírez Ospina.
Y es
que Luis Alberto es un internacionalista, en el modo ambiguo y certero de
expresarnos para poder dar este mensaje a todo el continente cinéfilo. Y
este homenaje que se le hace ahora en Colombia por los diez años de su
desaparición, es más que nada por su legado en videos de películas
fundamentales, en varios idiomas, y de la música clásica y el jazz, que
ahora reposan justamente en bibliotecas y colombos culturales de Medellín,
Colombia. Su ciudad amada, en donde ejerció su apostolado, como sacerdote
claretiano, y en donde quiso vivir, antes de perderse en anaqueles góticos
de la Alemania que lo reclamaba, según parece, o la Roma, pienso yo, con
sus ministerios corruptos.
Su
corazoncito se quedó encerrado entre las montañas del valle de Aburra de
Antioquia, para vernos crecer en juglaría.
L.A.A.
era un genio que a todos trataba practicando toda serie de trucos, en
donde caíamos por nuestra ignorancia o nuestra falta de atención, en esto
me sumo, claro está que disfrutábamos de ciertos placeres con el cine, en
donde coincidíamos en casi todo: cine joven alemán, cine de Alfred
Hitchcock (El bote, Plot, Psicosis), sobre algunas
actrices alemanas, y otras muy irlandesas que se paseaban por Hollywood (Tippi
Hedren, entre otras), mientras ellos allá se mataban por el poder, sean
católicos, o protestantes, con su olvido pagano, irresponsablemente.
Yo
fui uno de sus amigos lejanos, que solo una vez al año veía, para
saborearnos de algunas pelis que estaban en cartelera, las cuales había
visto en New York. Recuerdo cuando en febrero del año 77 me publicó en
El Colombiano, un texto sobre el cine de Robert Altman, Una ruptura,
cineasta que hoy reconozco como uno de los más grandes innovadores del
cine, que hoy lo copian muy mal como Crash, la ganadora del último
Oscar como mejor filme del 2006.
Y
claro ahí estaba Rainer Werner Fassbinder (acabadito de llegar al
instituto Goethe), ¿a quién no le gustaba? - A los fashos, que estaban tan
cerca de nosotros en Cine Clubes universitarios. Con Fassbinder y Werner
Herzog, se iniciaron sus clubs invisibles de fans. Ambos extraordinarios,
sea porque Herzog hacia uno o dos películas por año (memorables), y
Fassbinder 5 o 7 (40 en 14 años). El uno Bethoniano y el otro mozartiano,
ambos hijos de la posguerra, asombrosa; el uno heterosexual (Herzog) y el
otro homosexual, que se hizo gay por sus admiradores que se le tiraban a
la cama, en aquel mundo informal de la cocaína europea, y el teatro neo
expresionista.
- Que
rumba el genio - , decía la actriz Jeanne Moreau de Fassbinder, con quien
trabajó en Querelle, su último filme.
Pero
Luis Alberto seguía pensando en su hijo invisible, y todos le sacaban el
cuerpo a esa retórica, sin serlos, una sintaxis que no pudo tener su
momento, dada las ocupaciones de los nuevos seres del redil:
audiovisualcitas de nuevo tipo, mas narcisos que el mismo espejo que los
vio nacer. Mujeres que en su primera toma de conciencia, apoyaron artistas
y personas geniales como este Luis Alberto, definitivamente un ser
excepcional, - que ahoritíca está en el cielo – me decía una mejicana, de
visita a la ciudad de la bandeja paisa. – qué rica, y ¿por qué no hacen
una película sobre este tema que une a tantas personas en la mesa paisa? -
Ah
sí, hasta mejicanos y sureños, griegos y suecos, disfrutan de la bandeja
paisa. Podríamos comenzarla en New York, y terminarla en Medallo.
Talvez el cineasta Víctor Gaviria, a quien L.A.A. admiraba, le pudo haber
seguido ese reto a un maestro como Álvarez, cargado de imágenes in
extensión, de hacer sus propias películas como los cineastas franceses.
Bueno todo este enredito para saber que no pudo hacer cine, porque en
Colombia nunca en fácil hacerlo. Porqué los nuevos riquitos que se meten
al cine, lo primero que pierden es su imaginación, y solo alcanzan la
cultura rockera del hip hop, o jija. El medio latinoamericano adolece
ahora de buenos documentalistas, y los cinemas novos, quedaron atrás.
Chile está haciendo su historia en el cine, lo mismo México, Cuba, España
y Argentina, los demás países como Colombia, Venezuela, no tienen una
buena experiencia en el cinematógrafo.
Con
todo este fragmento de homenaje a Luis Alberto Álvarez, debe de estar
muriéndose de risa entre la pregunta y la respuesta, con mi tono
irreverente que no da más, porque de pronto me nace a mi el hijo
invisible.
Le
publicaron sus dos volúmenes de críticas escritas en casi 20 años, en
diarios y revistas, y que son todo un éxito comercial. Un culto entre uno
y otro cargador de cámaras.
Con
Luis Alberto podríamos concluir que el crítico puede ser ácido pero no
parecido a un fascista de melena italiana o satalinista machista en sus
rechazos (se salva el realismo socialista) tan comunes en aquellos
que les hace falta más cine y lectura; y que no le quiten lo amoroso, de
cuyo tronco o seto venimos los dos.
Un
homenaje muy apropiado (The king is alive) en esta renovación de
ideas y conceptos sobre el séptimo arte. Cuando los coyunturales
pensamientos de una mala época adiestran una corta posibilidad de éxito
en la pantalla gigante. El buen cine nace del buen gusto, no importa que
estos estén en Cherburgo.
Para Gloria Bermúdez (Westmuller)
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