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                                                                                                  05/26/2006

 

El crítico de cine Luis Alberto Álvarez:

A diez años de su muerte.

 

 Por Gabriel Jaime Caro (Gajaka)

 

Cada país latinoamericano ha tenido sus críticos y comentaristas de cine con su toque de genialidad. Los mismos críticos (ahí está el caso de Rocha, Ayala, siguiendo al Truffaut) se convierten en autores, y escriben una parte mas de la historia del cine. Pero son esos comentaristas versados en la materia, que cautivan, y envuelven a sus lectores con sus obsesiones y preferencias. A veces la parte onírica de un filme es definida más claramente por un cronista, que por los mismos autores de la obra.

 

Colombia tuvo en Luis Alberto Álvarez (el gordito gigante), el genio amoroso que todos admiraban y respetaban, por esa objetividad que irradiaban sus gustos cinematográficos. Logró escribir en un diario conservador (El colombiano) las críticas más osadas y directas que sobre la evolución del cine se podría esperar, en los años 70s y 80s. Para él desnudo en el cine era un arte muy exclusivo de mitologías, que ya las poseía la puesta en escena. Cómo disfrutamos juntos la proyección de estreno de El último tango en París, cuando todo el mundo iba a ver el trasero de María Schneider untado de mantequilla, y nosotros a ver el arte del cineasta italiano Bernardo Bertolucci. Acababa de llegar de Roma, y reemplazaba en la crítica escrita al comentarista de fin de semana Álvaro Ramírez Ospina.

 

Y es que Luis Alberto es un internacionalista, en el modo ambiguo y certero de expresarnos para poder dar este mensaje a todo el continente cinéfilo. Y este homenaje que se le hace ahora en Colombia por los diez años de su desaparición, es más que nada por su legado en videos de películas fundamentales, en varios idiomas, y de la música clásica y el jazz, que ahora reposan justamente en bibliotecas y colombos culturales de Medellín, Colombia. Su ciudad amada, en donde ejerció su apostolado, como sacerdote claretiano, y en donde quiso vivir, antes de perderse en anaqueles góticos de la Alemania que lo reclamaba, según parece, o la Roma, pienso yo, con sus ministerios corruptos.

Su corazoncito se quedó encerrado entre las montañas del valle de Aburra de Antioquia, para vernos crecer en juglaría.

 

L.A.A. era un genio que a todos trataba practicando toda serie de trucos, en donde caíamos por nuestra ignorancia o nuestra falta de atención, en esto me sumo, claro está que disfrutábamos de ciertos placeres con el cine, en donde coincidíamos en casi todo: cine joven alemán, cine de Alfred Hitchcock (El bote, Plot, Psicosis), sobre algunas actrices alemanas, y otras muy irlandesas que se paseaban por Hollywood (Tippi Hedren, entre otras), mientras ellos allá se mataban por el poder, sean católicos, o protestantes, con su olvido pagano, irresponsablemente.

 

Yo fui uno de sus amigos lejanos, que solo una vez al año veía, para saborearnos de algunas pelis que estaban en cartelera, las cuales había visto en New York. Recuerdo cuando en febrero del año 77 me publicó en El Colombiano, un texto sobre el cine de Robert Altman, Una ruptura, cineasta que hoy reconozco como uno de los más grandes innovadores del cine, que hoy lo copian muy mal como Crash, la ganadora del último Oscar como mejor filme del 2006.

Y claro ahí estaba Rainer Werner Fassbinder (acabadito de llegar al instituto Goethe), ¿a quién no le gustaba? - A los fashos, que estaban tan cerca de nosotros en Cine Clubes universitarios. Con Fassbinder y Werner Herzog, se iniciaron sus clubs invisibles de fans. Ambos extraordinarios, sea porque Herzog hacia uno o dos películas por año (memorables), y Fassbinder 5 o 7 (40 en 14 años). El uno Bethoniano y el otro mozartiano, ambos hijos de la posguerra, asombrosa; el uno heterosexual (Herzog) y el otro homosexual, que se hizo gay por sus admiradores que se le tiraban a la cama, en aquel mundo informal de la cocaína europea, y el teatro neo expresionista.

 

- Que rumba el genio - , decía la actriz Jeanne Moreau de Fassbinder, con quien trabajó en Querelle, su último filme.

Pero Luis Alberto seguía pensando en su hijo invisible, y todos le sacaban el cuerpo a esa retórica, sin serlos, una sintaxis que no pudo tener su momento, dada las ocupaciones de los nuevos seres del redil: audiovisualcitas de nuevo tipo, mas narcisos que el mismo espejo que los vio nacer. Mujeres que en su primera toma de conciencia, apoyaron artistas y personas geniales como este Luis Alberto, definitivamente un ser excepcional, - que ahoritíca está en el cielo – me decía una mejicana, de visita a la ciudad de la bandeja paisa. – qué rica, y ¿por qué no hacen una película sobre este tema que une a tantas personas en la mesa paisa? -

 

Ah sí, hasta mejicanos y sureños, griegos y suecos, disfrutan de la bandeja paisa. Podríamos comenzarla en New York, y terminarla en Medallo.

 

Talvez el cineasta Víctor Gaviria, a quien L.A.A. admiraba, le pudo haber seguido ese reto a un maestro como Álvarez, cargado de imágenes in extensión, de hacer sus propias películas como los cineastas franceses. Bueno todo este enredito para saber que no pudo hacer cine, porque en Colombia nunca en fácil hacerlo. Porqué los nuevos riquitos que se meten al cine, lo primero que pierden es su imaginación, y solo alcanzan la cultura rockera del hip hop, o jija. El medio latinoamericano adolece ahora de buenos documentalistas, y los cinemas novos, quedaron atrás. Chile está haciendo su historia en el cine, lo mismo México, Cuba, España y Argentina, los demás países como Colombia, Venezuela, no tienen una buena experiencia en el cinematógrafo.

 

Con todo este fragmento de homenaje a Luis Alberto Álvarez, debe de estar muriéndose de risa entre la pregunta y la respuesta, con mi tono irreverente que no da más, porque de pronto me nace a mi el hijo invisible.

 

Le publicaron sus dos volúmenes de críticas escritas en casi 20 años, en diarios y revistas, y que son todo un éxito comercial. Un culto entre uno y otro cargador de cámaras.

 

Con Luis Alberto podríamos concluir que el crítico puede ser ácido pero no parecido a un fascista de melena italiana o satalinista machista en sus rechazos (se salva el realismo socialista) tan comunes en aquellos que les hace falta más cine y lectura; y que no le quiten lo amoroso, de cuyo tronco o seto venimos los dos.

Un homenaje muy apropiado (The king is alive) en esta renovación de ideas y conceptos sobre el séptimo arte. Cuando los coyunturales pensamientos de una mala época  adiestran una corta posibilidad de éxito en la pantalla gigante. El buen cine nace del buen gusto, no importa que estos estén en Cherburgo.

 

Para Gloria Bermúdez (Westmuller)

 


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