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El ciego y mi mujer.
(Cuento)
por:
Marisol Flamenco
I
No era
más que un aprovechado. Sin embargo para mi mujer había sido el
hombre de su vida y no solo eso, el muy descarado tenía toda la
intención de pasar aquella noche de invierno en mi casa. ¿Qué le
podía decir yo a Lucrecia?, ¿acaso podía negarme a la súplica de sus
palabras?, ¿tenía yo el suficiente poder moral para impedirle
semejante locura? Las respuestas se confundían en mi cabeza y para
ser sincero no encontraba una sola que me pareciera cuerda.
Aquel
pasado regresaba gritando desde él mas allá y yo tenía un miedo
inexplicable, no lograba entender, él como ni él por que, pero yo no
quería que Fernando Moran se encontrara con mi esposa, mucho menos
quería que pasara aquella noche en mi casa. No en la casa donde he
vivido veinte años con mi mujer. Con esa mujer que me corta la
respiración con su sola presencia, que me envuelve en un mundo de
seducción, que me ama con locura y a la cual me entrego en cuerpo y
alma y espero hacerlo aun después de la eternidad.
Sin
embargo, las palabras de Lucrecia seguían resonando en mis oídos. No
pude evitar sentir celos cuando la vi con esa mirada tan distante,
con esos ojos que por primera vez en veinte años me fueron
totalmente desconocidos, sus palabras fueron una puñalada y me la
dio sin pensarlo. Lucrecia no pudo contener la emoción, no se como
se enteró de la llegada de Fernando Moran y mucho menos sé como hizo
para invitarlo a pasar esa noche en mi casa. Y nuevamente la duda
salió a mi encuentro, ¿acaso me han estado engañando todo este
tiempo? ¿Será posible que se quieran burlar en mi propia cara? La
alegría de Lucrecia me tenía inquieto y durante todo el día no hice
otra cosa que pensar en la llegada de aquel maldito ciego.
Caminé
como queriendo escapar de mí mismo, no tenía ni la más mínima
intención de llegar a mi casa, al menos no en ese momento. Yo sabía
muy bien que Lucrecia me estaba esperando y que de seguro me pediría
comprensión. Ella quería que su antiguo amigo pasara la noche en
nuestra casa. ¡Por todos los demonios! ¿Es que ella no se da cuenta
de mi dolor?
Son los
vientos de octubre y entre el soplar y el soplar del viento puedo
ver a lo lejos mi casa, miro el reloj y me doy cuenta que es hora de
llegar. Es hora de enfrentarme con la realidad, Lucrecia invitó a su
amigo a pasar precisamente esta noche en nuestra casa y supongo que
debo confiar en mi mujer y devolverle con este gesto todos esos años
de felicidad que desinteresadamente ella me ha dado.
Miro con
nostalgia mi casa, el corredor tan solitario donde deseamos
inútilmente ver nuestros hijos correr, pero ellos nunca llegaron, la
vida se cobró de esa forma todos los errores del pasado y para que
recordar todo ese pasado lleno de sufrimiento, para dejarme llevar
en este momento por el remordimiento. Creo que es mejor llegar a mi
casa y hablar seriamente con mi mujer.
Son los
vientos de Octubre, y el silencio de esta calle me recuerda que vivo
en un pueblo alejado del mundo y de todo lo que en él hay.
Las
dudas siguen asaltando mi ser, y no voy a negar que tengo miedo, si,
tengo miedo de perder esta noche a mi mujer y todo por culpa de un
amor que debió quedar en el pasado y el cual no debería volver. Sin
embargo, esta mañana al mirar la expresión tan distante de Lucrecia
me di cuenta, que ese pasado nunca se fue y que por el contrario fui
yo quien lo quise desaparecer. Ese antiguo amigo de mi mujer,
llegaría hoy y mañana quizás ella se irá con él. Yo, para ser
sincero no sé que hacer.
II
El
silencio era abrumador y el andar de las agujas del reloj convertía
la espera en mi mayor desesperación. ¿A que demonios venía aquel
maldito ciego? ¿acaso quería cobrarse la deuda que quedó pendiente?
Mi mujer
estaba ahí parada, mirando a la nada, buscando en aquel sepulcral
silencio las palabras, pero estas no estaban. Se habían marchado al
mísero mundo del olvido.
Era una
tarde de Octubre, el viento soplaba con intensidad, y parada frente
a la ventana estaba ella. Descifrando entre susurros el futuro. Un
futuro que yo conocía perfectamente, pero que por miedo o por
imbésil no quería aceptar. ¿Qué pasaría después de esa noche? La
mirada soñadora y la sonrisa seductora de Lucrecia me respondió.
Lucrecia
no me podía engañar ni con la mirada, yo la conocía más de lo que me
conocía a mí mismo, yo sabía que aquel ciego, si, ese aprovechado
hijo de su cruel desgracia había sido el aire que ella respiraba.
Lucrecia lo había amado tanto que hasta fue capaz de renunciar a su
dote y a sus comodidades por ir de tras de él, pero claro, yo no lo
podía permitir, yo no lo dejé y descubriendo sus planes a Lucrecia
de él hábilmente alejé.
Lucrecia
nunca supo él por que él nunca apareció. Sin embargo Fernando Moran
si lo sabe y temo que hoy venga a cobrarse esa deuda que para él
quedó pendiente.
¡Mil
veces maldita la hora, en la que se le ocurrió venirnos a visitar!
III
Aquel
ciego, antiguo amigo de mi mujer, había sido – y por la expresión
romántica de mi esposa – seguía siendo el amor de su vida.
El
vendría a casa, yo le abriría la puerta, le estrecharía la mano, mi
esposa lo miraría con lástima, el simplemente sentiría el olor a su
perfume, y estrecharía cariñosamente su mano; mientras que mi
esposa, por temor y por respeto a estos veinte años de matrimonio se
limitaría a darle un beso en la mejía, y yo, tendría que fingir que
no me daba cuenta que esa noche era el reencuentro de dos amantes.
Luego
pasaríamos al comedor, disfrutaríamos una rica cena a la luz de las
velas y Lucrecia lo miraría con ternura, mientras que él buscaría
bajo la mesa sus pies para decirle que la sigue amando.
Verdaderamente es una lástima que Fernando Moran no pueda ver. En
realidad se perderá la expresión mágica que tendrán los ojos de
Lucrecia, esa expresión que solo tienen los ojos de una mujer
enamorada.
Fernando Moran había sido y continuaba siendo un pobre iluso, ciego
de nacimiento y sin mas dote que la ropa que andaba puesta aspiraba
a ser un gran músico, el no lograba comprender que su destino estaba
marcado por la oscuridad y era allí donde él debía estar. Y aunque
para ser sincero el pobre hombre tenía talento, lastimosamente era
ciego y eso le dificultaba una y mil veces poder superarse. Pero lo
logró, y ahora era un músico famoso y reconocido, y mi mujer lo
sabía.
IV
Esa fría
noche de Octubre Fernando Moran estaría en mi casa, probablemente
cantaría dejándose alumbrar por el fuego de la chimenea. Lucrecia lo
miraría con amor y yo sería testigo de la traición.
Esa
noche mientras el sueño acariciara mi propia muerte, ella y el se
entregarían al amor y al placer. ¡Por Dios, yo sé que, ese maldito
ciego, hará el amor con mi mujer!
- Las
lágrimas se apoderaron de mi rostro, un nudo se hizo en mi garganta,
mi cabeza giró mil veces y mi corazón palpitaba fuertemente, sentí
un escalofrío extraño y vi nuevamente el reloj, eran exactamente las
cuatro de la tarde y en la calle, el viento soplaba, las hojas de
los árboles caían, y aquel paisaje fúnebre y frío me hizo recordar,
yo había jurado amar a Lucrecia hasta el final y yo sabía que ni la
misma muerte nos podía separar, yo lo sabía, pero ella no lo
comprendía.
Era una
tarde de Octubre y entre el soplar y el soplar del viento, parado
frente a la ventana, puedo ver a mi mujer, tendida en el suelo, con
la mirada perdida y fría, tal cual esta ahora el alma mía. Ahí está
mi Lucrecia, en la espalda, tiene clavado un puñal.
Sonrío y
pienso – ahora, solo falta él.
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