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Lo hizo el
PIT-BULL
Relato de suspenso por Casando de Milos
La luna sobre el lago
Era un ojo de diamante que
miraba.
Las lágrimas de estrella
Resbalaban en su pátina.
Y arriba, en la colina,
La casa de los porches
Guardaba el secreto de su drama.
Aquiles no
andaba apresurado por el sendero que linda uno de los lagos de Los
Poconos, en el verde paisaje de Pensilvania, ni era su intención
hacerlo; mas bien trataba de retener toda prisa.
En este
anochecer y a cierta distancia, su figura medio encorvada le hacía
parecer más viejo de lo que era, pero no había cumplido todavía los
40 años. Andaba despacio, deteniéndose aquí y allá como si el
paisaje le absorbiera y le retuviera antes
de decidir su regreso a la casa de la colina en donde vivía con su
mujer. Se alucinaba en el espejo del lago con la cara enorme de una
luna llena en medio que sin expresión alguna parecía observarle.
“Un rostro
frío, escrutador, plano como una lámina plateada”, pensó. Por un
momento tuvo la impresión de que aquella luna le había penetrado y
hasta descubierto sus pensamientos. Pero rechazó la idea porque
Aquiles no creía en bobadas. Lo que estaba ocurriendo sólo él lo
sabía y mejor que nadie se enterara. Este pensamiento le produjo una
extraña impresión que desfiguró su rostro duro y hermético, lo que
dio un hálito maligno a sus ojillos pequeños y azules, casi sin
brillo, que se movían nerviosamente bajo unas cejas hirsutas. Su
piel, de un blanco azulado, de makarel, se puso de carne de gallina
al pensar en lo que estaría haciendo Adelaida en aquellos momentos
si es que a la desgraciada le quedaba todavía algún estertor de
vida. La alusión le reconfortó y le dio risa por dentro,
inevitablemente.
Y es que el
plan que había puesto en práctica no habría podido ser más perfecto.
Un plan que llevó a cabo casi como si hubiera sido dictado,
inconscientemente, por la misma Adelaida. En el fondo de sí mismo a
Aquiles le molestaba que hubiera sido así y tuviera que aceptarlo
como otra de las diabólicas humillaciones de Adelaida. Era como si
ella hubiera dicho: “¡Mira imbécil! ¡Así es cómo tienes que
asesinarme!” Para qué contradecirla. Ella había sido siempre así,
tan misteriosa, tan insinuante: imprevisible en todo lo que se
proponía hacer utilizando continuamente aquel arte sutil, tan suyo.
Aquiles atribuía su modo de ser culpando a las “raras” lecturas que
le absorbieron el seso y la convirtieron en peor que una bruja. ¡Una
bruja con un hacha entre piernas en lugar de una escoba!
A pesar de
odiarla tanto, Aquiles se recreó un momento recordando el tiempo en
el que él estuvo bastante interesado por ella. Diez años atrás,
Adelaida era todavía seductora exhibiéndose libremente en “Dorian’s”,
el Restaurante Night-Club de Nueva York donde la había conocido. La
recordaba como lo que todavía seguía siendo: una estrambótica
intelectual que al hablar despilfarraba tanta sabiduría como podría
tenerla una biblioteca ambulante, y con una moral que no la privaba
de nada que aprender y practicar. Agresiva y sensual, utilizando sus
atractivos físicos-que no eran pocos-y sus recursos económicos-que
tampoco estaban tan mal-ella consiguió seducirle. Y es que atrapar a
un macho de su condición y de su planta en aquellos tiempos en Nueva
York -él pensaba ahora con orgullo de sí
mismo- era una pelea dura entre las
féminas. Pero él se dejó llevar como era su costumbre con las
mujeres que le interesaban. Y es que Adelaida le interesaba. Era la
secretaria de un famoso “publisher” de una importante revista de
mucha venta y ganaba un buen dinero que malgastaba con él. Su papel
de “chulo” en la vida era el más apropiado.
A Aquiles-ni
él mismo lo entendía-siempre le sobraron las mujeres. Recordaba que
ellas acostumbraban decirle: “No es que seas un hombre muy
agraciado, tentador, pero eres varonil, fuerte, y, sobre todo, un
hombre manso”. El verdadero nombre de Aquiles era Ted Brian, y hubo
un tiempo que le apodaron “el manso de Alabama” por haber nacido
allí, y por su aspecto robusto, tosco y melancólico parecido a un
personaje de canción “country”. Fue la misma Adelaida quien buscando
siempre originalidad le llamó Aquiles por comparar su
invulnerabilidad con la del famoso personaje de la Mitología Griega.
Y francamente, ella se pegó a sus talones
-única parte corruptible-cuando corrió la voz de la “dulzura” que él
gastaba en la cama. De ahí vino su popularidad, y claro, después de
celebrar algunas sesiones juntos, Adelaida se sintió enamorada de
él y aprovechando ambos el paréntesis, se casaron.
La boda le
cayó a Aquiles mucho más que “anillo al dedo”, literalmente. A pesar
de que Adelaida le aventajaba en 10 años, su matrimonio había sido
una ganga. A decir verdad, él nunca tuvo una vida laboral muy
estable; trabajar le quitaba tiempo para vivir y le parecía un
esfuerzo perdido, de mal gusto. Su fuerte eran las mujeres. Las
manipulaba. ¡Ahí sí desplegaba todo su esfuerzo y trabajo! ¡Y qué
bien lo hacía!, pensaba. Y a cambio, sin pedirles nada, ellas
resultaban siempre generosas, no podía negarlo. Aprendió a admitir
que la vida era así y aprendió también a no molestarse por ello. A
las mujeres libres siempre les han fascinado los hombres cínicos, y
su postura como tal, no le causaba a él ningún trastorno-al menos
aparente.
Como fuera,
¿para qué seguir pensando ahora en todo ello? Ya todo pertenecía al
pasado, que es como decir muerto. Su experiencia con Adelaida
degeneró después hasta llegar a la pesadilla de aquel momento que ya
se estaba terminando y en el que por fin tendría la oportunidad de
empezar una nueva vida, sin la presencia de Adelaida,
pero con su
dinero -¡que bien ganado lo tenía!-
distribuyendo el producto de sus tres propiedades que
vendería y pasaría todo el efectivo a su poder. Le atraía la idea de
largarse a otro estado y empezar una vida diferente, más activa y
lucrativa iniciando algún negocio. Por fin podría despedirse de su
pasado y ya no necesitaría explotar por más tiempo a las mujeres y
así poder vivir tranquilo sin sentirse humillado por ellas. ¡Las
odiaba!.
Regresando al
momento actual, Aquiles pensaba que quitarse a Adelaida de en medio
no había sido cosa fácil. Astuta y desconfiada como fuera siempre,
estaba muy alerta de lo que pudiera acontecerle. Ya haría mucho
tiempo que ella recelaba de él. Se empeñaba en no comer ni beber
nada de lo que él preparaba. “Aparte de que no quiero morir
envenenada, no me gusta como guisan los hombres que no son
profesionales de la cocina”, dijo ella en cierta ocasión,
despiadadamente.
¡Desgraciada!
¡Cómo si el único medio de matar a alguien fuera sólo el veneno! El
abierto descaro de Adelaida y su presunta seguridad provocaban un
odio desesperado a Aquiles. ¡Le habría gustado machacarla a
martillazos! Pero ella se prevenía. Dormía con un revólver debajo de
su almohada en un dormitorio de camas separadas vigilada
continuamente por un perro pit-bull que jamás se alejaba de su lado.
Este reto constante que hablaba tan a las claras de su absoluta
desconfianza y prevención, exageraba más el sentimiento de Aquiles
en querer destruirla. ¡Qué necia!
El rostro
sucio sin afeitar de Aquiles volvió a esbozar una contrita sonrisa
mientras seguía pensando y al darse cuenta ahora de que a pesar de
tanta inteligencia que Adelaida creía poseer y verse tan lista, ella
misma se había tendido un lazo el día que le leyó en voz alta una
extraña historia de perros rabiosos que había captado su atención.
La tonta quiso estar impresionante.
Se trataba de
la narración verídica de un hombre que volvía rabiosos a sus perros
que luego utilizaba para matar gente. Una de esas historias
espeluznantes que vemos en las películas y que nos causan una
profunda impresión. Y es que Adelaida, cuando ella quería, podía
erizarle los pelos a uno como lo hacen esas películas. Era una
excelente lectora de las historias que leía en sus libros. La
dicción de su voz y el misterioso acento que sabía darle,
impregnaban y calaban hondo dentro de sus oyentes. Y en aquella
ocasión, el efecto que Adelaida trató de transmitir, fue totalmente
logrado a oídos de él, Aquiles.
Después, fue
fácil enterarse de los “detalles técnicos.” Aquiles se llevó el
libro que ella se dejó olvidado en una mesa de la sala y pudo leer
detenidamente en privado todo el relato. ¡Era un perfecto manual del
crimen!
Simplemente,
el “modus operandum” no podía ser más sencillo:
Había que
extraer de una rata el extracto de sus hormonas-un gráfico mostraba
la rata y el lugar de donde había que extraer-y después inyectarlo a
un perro. El virus rabioso de la rata no se hacía esperar y al cabo
de una media hora el animal se ponía rabioso y atacaba hasta a sus
amos.
¡Inenarrable!
Sin que Adelaida pudiera ni pensarlo, ella misma le había dado la
fórmula para poder eliminarla sin dejar rastro de su crimen.
Recordaba también de la buena idea que él tuvo un par de años antes,
de que ambos se hicieran un seguro de vida para asegurar un porvenir
al que quedara si uno de ellos faltaba. Adelaida aceptó bien el
propósito y se hicieron su seguro. También esto le venía bien a
Aquiles ahora, una vez se llegara a este final angustioso, dentro de
todo.
Pues bien;
todo se ponía tan de cara, que a Aquiles le parecía imposible. Roxy,
el pit-bull que era el eterno guardián de Adelaida, desgraciadamente
sería el asesino.
A las ratas,
estaba cansado de verlas en el sótano de la casa.
Meticulosamente, empezó a prepararlo todo sin que Adelaida se diera
cuenta de nada, ni tan siquiera sospecharlo. Con una trampa cazó a
la rata y siguiendo las explicaciones de la historia sacó el
extracto hormonal y lo guardó en un frasco que lo mantuvo a cierta
temperatura escondido en el sótano.
Luego
esperaría paciente la oportunidad de inyectar el extracto al pit-bull
cuando considerara que Adelaida le diera esa oportunidad al quedarse
sola con Roxy.
Por fin el
esperado momento había llegado aquella tarde.
Era un día de
verano, muy caluroso, y Adelaida había manifestado que no se sentía
muy bien por lo que quería descansar en su habitación y
despreocuparse de todo, rogándole a él de que no la molestara.
Llevaba puesto
un camisón de seda blanco, muy fresco, y había dejado suelta su
cabellera negra azabache sobre sus hombros acariciados por la seda.
Aquiles pensó que todavía se mantenía hermosa y hasta le pareció una
pena que tuviera que morir. Sin embargo, su admiración no retrasó su
propósito.
A poco,
Adelaida se quedó dormida. Fue entonces cuando Aquiles se llevó a
Roxy al sótano con la intención de inyectarle. El perro, dócilmente,
se dejó pinchar sin demostrar ninguna reacción al momento.
Cautelosamente, Aquiles regresó el perro a la primera planta de la
casa de la colina y lo dejó deslizar adentro de la habitación donde
Adelaida dormía placenteramente. Luego cerró la puerta y los dejó
juntos.
Eran las 5 de
la tarde de un día luminoso. No había nada macabro en el ambiente
soleado y lleno de vegetación de Los Poconos que hiciera pensar en
la consumación de un crimen, observó Aquiles. Pero la verdad es que
el mal no le teme a la luz ni necesita de efectos especiales para
enseñar sus dientes, él siguió aseverando.
Pacientemente,
con “mansedumbre”-como le correspondía a él-sabría esperar hasta
llegar al último resultado.
Aquiles
abandonó la casa del lago situada sobre una pequeña colina que
abarcaba un esplendido panorama, y sin saber hacia donde dirigirse
se introdujo por los bellos y frondosos bosques de Los Poconos,
caminando de aquí para allá, deteniéndose a conversar un instante
con vecinos u otros paseantes, hasta decidir sentarse durante un
buen rato a orillas de uno de los majestuosos lagos cuya bella vista
parecía servirle de tranquilizante.
Así pasó un
largo tiempo y ya en hora crepuscular, cuando las pequeñas barcas y
veleros de los veraneantes fueron lentamente anclando en los
malecones del lago, empezaron a despuntar las primeras estrellas
apareciendo poco después como una intrusa, una inmensa luna
oscilante en la brisa del lago, que mantenía embrujado el paisaje.
El canto de los grillos le recordó a Aquiles el lamento de un
velorio: el de Adelaida.
Finalmente,
cansado de su larga espera, se levantó para empezar su marcha lenta
de regreso a su casa con la impaciente curiosidad por saber lo que
habría ocurrido.
Cuando llegó,
la oscuridad ya lo poblaba todo. Sólo el claro de luna permitía su
visibilidad. En la casa no había ninguna luz encendida, pero pudo
ver que la puerta del porche estaba abierta, es decir, ajustada, y
anticipadamente se le abrió cuando iba a entrar, empujada por el
fuerte viento.
Su primer
impulso fue el de precaución; el perro podría andar suelto y
atacarle a él. Se dio cuenta de su error al no haberse procurado un
arma. No obstante, él no podía tener un arma. Adelaida jamás se lo
habría permitido y se habría enterado si la hubiera tenido
escondida. Tampoco era fácil robarle la pistola que ella tenía en la
cabecera de su cama.
Trató de
serenarse. La casa parecía no tener rastros de vida. Despacio, con
precaución, atravesó el porche y fue acercándose a la casa hasta
entrar en ella.
Su interior
estaba a oscuras y había un silencio de cementerio. Flotaba el
terror en todos los muebles y cortinas que estaban corridas en todas
las ventanas. Parecía como si de repente se encontrara en una casa
que le fuera desconocida en la que entrara por primera vez. Sintió
un escalofrío recorrerle por todo el cuerpo.
Mesurando sus
pasos, se acercó a una lámpara y la encendió. El gran silencio era
remarcable y sólo se vio roto por el viento que entró por la puerta
abierta levantando ruidosamente las páginas de unas revistas que se
encontraban sobre una mesita del “living”.
Sin perder su
cautela, Aquiles se adentró en el pasillo que llevaba a la
habitación donde dejara a Adelaida dormida en compañía de Roxy.
Se situó
frente a la puerta de entrada al cuarto y pudo ver que la puerta se
mantenía cerrada. Todavía aguardó unos segundos, pero ya sin más
expectación se tiró al puño de la puerta y la abrió.
La habitación
estaba también a oscuras y no podía ver si el cuerpo de Adelaida
seguía echado en la cama. Entonces encendió la luz y…
No tuvo ni el
suficiente tiempo para reaccionar. Roxy, mantenido en silencio en un
rincón del cuarto, apareció ante su vista como un animal deforme,
tres veces más grande de lo que era. ¡Enorme! Y tenía una horrenda
mirada rabiosa en los ojos. Sin darle tiempo a moverse, el perro se
le echó encima y de un zarpazo lo tumbó al suelo. Vencedor, el perro
se colocó encima de su tembloroso cuerpo con una fuerza de mil
boxeadores y empezó a despedazarle.
Los gritos
espantosos de Aquiles quedaban ahogados dentro de la casa con todas
las ventanas cerradas y tiradas las mullidas cortinas. Era imposible
de que alguien pudiera oírle y auxiliarle y mucho más improbable que
Adelaida, “su bruja odiada”-quien había esperado afuera hasta que él
se metiera en la jaula para dejarlo encerrado-acudiera para
liberarle y matara al perro antes de que su trabajo genial llegara a
una conclusión: la de dejar a su esposo hecho pedazos.
Poco después,
si, el disparo anhelado por Aquiles, por fin estalló. Un poco tarde
para no ser devorado. Pero este disparo en la noche representaría
para ella como el triunfo de una ejecución. Adelaida, todavía con el
camisón de seda puesto y su larga cabellera negra suelta hasta media
espalda, tuvo el valor de dar muerte a su querido Roxy con ese único
balazo en la cabeza que había disparado contra él, poco antes. Ella
sabía que serían inevitables las lágrimas derramadas por esa
criatura inocente que había utilizado como “intermediario” pero que
había sido siempre su más fiel y adorado animal.
Después,
silenciosamente, con una indiferencia de verdugo se dirigió a
guardar el revólver en un armario junto a un “secreter” el cual
abrió con una llavecita que tenía en su llavero personal y sacó unos
papeles para revisarlos con delectación una vez mas. Su mirada se
llenó de luz al palpar la Póliza del Seguro de Vida que ella pagó
cuando Aquiles era su esposo. Le tuvo bien enganchado con esa póliza
que él soñaba en cobrar algún día, y que por fortuna ya no la
cobraría jamás. ¡El infeliz le había obedecido en todo, hasta en la
forma de morir! Sin perder su maliciosa sonrisa, Adelaida guardó sus
papeles con todos los requisitos legales para actualizarlos.
Cuando regresó
al cuarto, escenario de la horrorosa carnicería, ella pudo ver
todavía el corazón de Aquiles colgándole a un lado, como descosido
del cuerpo y aún sangrante. Sin impresionarse, pudo murmurar: “¡El
tuyo o el mío, corazón! ¡Fuiste tú quien eligió suicidarse!”
Fue entonces
cuando creyó llegado el momento de llamar a la policía.
El dictamen
forense dijo: “Muerte por despedazamiento a consecuencia del ataque
de un perro rabioso. No hay ningún sospechoso aparte del perro que
le atacó y que murió de un balazo en la cabeza al ser descubierto
por su ama.”
El caso quedó
cerrado como un desafortunado accidente, del cual nunca más se
habló.
F I N
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