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Amor a la musulmana
Por
Santiago Roncagliolo
Durante un tiempo salí con una chica marroquí. No pueden
imaginarse lo difícil que fue acostarme con ella. Se resistía con
todas sus fuerzas. Hasta ahora, yo lo atribuía a que las mujeres
musulmanas eran tan reprimidas como las católicas, pero el viaje a
Marrakesh me ha hecho comprender las cosas con más profundidad.
La capital turística de Marruecos tampoco se desnuda
fácilmente. Sus estrechos callejones están llenos de pasadizos
secretos y bordeados por muros altos e inescrutables. Las pequeñas
ventanas no parecen diseñadas para mostrar sino para ocultar a sus
habitantes, que además viven aislados del exterior por las gruesas
paredes que los protegen el calor. Marrakesh te exige desvelarla
paso a paso. Sin embargo, esa vocación por el misterio no tiene un
talante severo o represivo como el de los monasterios. Por el
contrario, forma parte de la seducción.
Mi musulmana –la llamaremos Fátima- solía quejarse de los
hombres occidentales. Decía que sólo querían acostarse con ella, y
que les resultaba demasiado fácil follar y demasiado difícil
escuchar. Que ni siquiera se tomaban el trabajo de fingir algún
interés por ella más allá de lo estrictamente cárnico. Tardé en
comprender que no se resistía al sexo para llegar virgen al
matrimonio, sino porque consideraba que hacerlo con una persona
querida era
una
experiencia más plena, y la única que valía la pena.
Por eso, cuando conseguí vencer sus resistencias, el
cambio fue sorprendente. Ella celebraba el sexo como un ritual. Cada
noche que llegábamos a su casa, se bañaba. Recuerdo especialmente su
obsesión por lavarse los pies. Cuando venía ella a mi casa, se
vestía y pintaba como si fuese a una cena de gala. Incluso me
regalaba a mí ropa interior, desodorantes y colonias. Necesitaba que
cada acto sexual fuese decorado y celebrado, como una misa de
domingo.
Yo consideraba todas esas abluciones simpáticas pero
exageradas, y a menudo, francamente engorrosas. Pero conocer
Marrakesh también le dio un sentido a eso. En el sur marroquí aún se
ven muchas mujeres con velo, y se mantiene la cultura patriarcal
machista, pero eso no necesariamente conlleva el grado de austera
misoginia habitual en la tradición cristiana. Por el contrario, los
mercados marroquíes están llenos de esencias y perfumes. Los jabones
de jazmín y aceites para masajes son productos cotidianos. Hay un
valle entero dedicado al cultivo de rosas, y una ciudad –Kelaa
M’Gouna- que vive de los productos de tocador con el aroma de esa
flor. Es costumbre regar de pétalos las mesas y las camas. Los
marroquíes no le hacen ascos a la sensualidad ni al placer de los
sentidos. Más bien, han desarrollado ambas cosas con delicadeza y
talento.
Creo que se debe precisamente a que aún creen en la
trascendencia. Fátima puede parecer ingenua por la importancia que
le daba a los detalles. Pero ahora entiendo que para ella las cosas
tenían un sentido trascendental. El sexo era símbolo de algo más. En
mi cultura de consumo, eso era inconcebible. En general, nos
interesa de la gente sólo lo que se puede tocar, y ni siquiera
estamos dispuestos a invertir demasiado para conseguirlo. Total,
tenemos al alcance de la mano todas las sensaciones enlatadas: si
queremos reírnos encendemos la tele, si queremos euforia tenemos
cocaína, y el sexo siempre se puede conseguir más barato. La
felicidad ya no es necesaria, porque podemos comprar una amplia gama
de productos mejores.
Por esa época, yo acababa de separarme y no quería tener
una relación estable. Ella decía lo mismo, pero no sabía cómo
hacerlo. A sus ojos, salir juntos inevitablemente imponía
compromisos que yo no reconocía, y la contradicción entre las
palabras y los hechos era una constante fuente de discusiones.
Dejamos de salir hace casi dos años, y nunca la he visto desde
entonces.
A veces me pregunto si realmente somos tan avanzados como
creemos, o si sólo hemos achatado nuestras expectativas al nivel de
un McDonalds espiritual. Para ser feliz, Fátima necesitaba cosas que
a mí no me hacían falta. Era más exigente que yo con la vida. Pero
no tengo claro si eso es bueno o malo.
Autobiografía Roncagliolesca
Abandoné el útero materno en 1975, tras cuatro días de feroz
resistencia. Fui deportado a México a los dos años por el gobierno
militar. Debo haber hecho algo terrible, pero no recuerdo qué
exactamente. Volví al Perú años después, y ahí publiqué mis primeros
libros para niños y una obra de teatro. Vine a Madrid por voluntad
propia en el año 2000, y desde entonces he publicado una novela
llamada 'El príncipe de los caimanes', un libro de cuentos llamado
'Crecer es un oficio triste', y otra novela que se llama 'Pudor'.
Luego conseguí los papeles. He sido negro literario, guionista de
telenovelas, periodista de investigación, asesor político, biógrafo
de una millonaria, traductor de literatura gay (y también hetero) y
he pasado unos meses sabáticos dedicados al servicio doméstico. Mi
trabajo está en vías de traducción a cuatro idiomas y no hablo
ninguno de ellos. También ha aparecido en ocho países de habla
hispana, pero a algunos no me han dejado entrar. Quizá me mude a
Barcelona. Ahí vive mi novia. Y hay playa.
Cedido por Cronopios
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