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EL SUEÑO
Por: Zahur Klemath Zapata
Era
un amanecer de atmósfera pesada. Había olor de aguas detenidas en
aquel callejón. Me detuve mientras mi mente flotaba sumergida en
pensamientos vagos. Por un instante perdí la noción del tiempo y
regresé en el preciso momento que me caía una gota de agua en mi
cabeza. Comencé a caminar de nuevo por aquel callejón solitario por
entre la neblina, mis pasos sonaban sordos contra el empedrado, la
luz de una lámpara se reflejaba en el suelo húmedo y se difundía
entre la bruma. Los edificios eran viejos en aquel callejón. De
cuando en cuando salía un obrero y se perdía en la distancia.
La
luz de la mañana penetraba a través de la neblina y se podía ver los
transeúntes caminar por las calles, envueltos en sus abrigos y toser
de cuando en cuando. Abroche mi chaqueta con la esperanza de
conservar más calor en mi cuerpo y permanecí caminando el resto de
la mañana.
Al
llegar a mi casa, caminé hacia el baño y dejé correr el agua para
que se llenara la tina con agua bien caliente. Me desnudé con esa
habitual costumbre y caminé al baño y me sumergí en la tina. Por
unos minutos me quedé dormido y de repente oí una voz que venía de
afuera, era como si alguien gritara mi nombre fuertemente. Me senté
rápidamente y miré confundido en todas las direcciones buscando al
de la voz que me llamaba. No hubo señal alguna a mi alrededor, todo
permanencia igual. La puerta entre abierta del baño dejaba colar un
vientecillo suave y frío que me golpeaba la cara y el pecho. Me
levante lentamente mirando por entra el marco de la puerta y ésta.
Tomé la toalla y me seque el cuerpo, mientras me concentraba con la
mente y los ojos a encontrar de donde había venido la voz. Dí dos
pasos, quedé frente al espejo mirándome. Estaba sorprendido de lo
que me estaba pasando. Miré fijamente al otro yo que se movía al
mismo tiempo y mi mirada quedó fija en mi mirada, alcé lentamente la
mano tomándome el rostro con los dedos y acariciándome los pómulos
pálidos, Moví suavemente las manos hacia el espejo con la seguridad
absoluta de tocarme a mi mismo, en el último segundo en que se unía
mis dedos y el espejo, saltó una luz de duda y mis yemas chocaron
contra el espejo. Retiré mi mano y di un paso atrás, controlé mi
pensamiento y dejé que mi cuerpo se relajara. Extendí mi brazo al
costado izquierdo donde estaban mis objetos personales, tomé el
talco y me frote con él. Me sentí fresco, suave, con la sensación de
limpieza. Salí de allí dirigiéndome a la cómoda de donde tome ropas,
caminé luego a la cocina a prepararme un taza de café.
Sentado al frente de mi mesa de trabajo recosté la cabeza sobre el
espaldar de mi sillón, dejé que mis músculos se relajaran. La
sensación de que algo se movía detrás de mi era casi perceptible, me
voltee rápidamente, pero todo estaba intacto a mi alrededor, sólo un
libro cayó del estante sin ninguna explicación. Me levante y caminé
hacia él y lo recogí, colocándolo nuevamente en el estante.
Comencé a trabajar como de costumbre. En aquel tiempo me dedicaba a
investigar sobre los fenómenos parapsicológicos, mi mesa siempre
estaba llena de libros viejos y de poca circulación en las
bibliotecas. Estos libros raros y curiosos me servían para ahondar
en los misterios de las ciencias ocultas.
Trabajé toda la tarde y al caer la noche dejé los papeles sobre la
mesa y me tiré de espalda sobre el sillón a dejar que mi cuerpo se
relajara, era como dejar que mi cuerpo flotara en el vacío. Cerré
mis ojos y caí en un sueño profundo.
No
puedo recordar lo que pasó, hay una laguna en mi mente, como si el
tiempo no hubiese existido mientras dormía, solo recuerdo que el
teléfono sonar y estirar mi mano para responder el llamado. Escuché
una voz a través del teléfono que me hablaba y no le podía entender
muy claro lo que decía.
-
Hola, -
-
¿Si? le (conteste)-
-
Si, Tu.(me respondieron secamente)-
-
¿Quién habla? (Pregunté con curiosidad.)
-
¿Soy yo, no me recuerdas? Acaso ya me has olvidado.-
Busqué rápidamente en los escondites de mi memoria este timbre de
voz y entre más lo buscaba más me confundía.
-
¿Recordarte? (le dije, en tono pensativo como si una pequeña luz se
iluminara en mi mente)
-
Si, soy el otro yo, el del espejo.- Era tan segura su afirmación que
me hizo estremecer. Pensé velozmente en todas las cosas, aludes de
figuras rondaron por mi pensamiento desapareciendo luego en la
oscuridad de mi mente con la misma velocidad que llegaron.) -
-
¿De qué espejo me estas hablando? (dije)
-
Tu sabes muy bien de que estoy hablando.-
Miré en mi interior, comencé a recordar rápidamente los sucesos del
día, vi mi imagen proyectada en el espejo y de repente se rompía.
-
Tu sabes que todos los espejos están rotos.-
Hubo una pausa, soledad y silenciosa.
-
Ahora ya sabes de que estoy hablando.-
-
No, no es posible, yo conozco esa voz. (Le dije asustado y
perplejo.)
-
¿De que voz hablas?
-
De tu voz. ¿Acaso no la conoces? (le dije en tono afirmativo.)
-
Oh! ya comprendo, pero esta bien. (Pronuncio secamente mientras
terminaba la frase. Luego continuo.) Bueno ahora me toca explicarte
todo lo referente al espejo y así estarás más tranquilo.
De
inmediato reaccioné negativamente y movido por el instinto de
conservación le dije.
-
No hay ninguna explicación referente al espejo, cualquier palabra
que pronuncie romperá el hechizo y no estoy dispuesto a que eso
suceda.-
-
Esta bien, tú te harás responsable. -
Se
hizo un silencio y quedé con una sensación de estar flotando en el
espacio y suspendido de la nada. Miré a mi alrededor buscando que
era lo que me sujetaba, pero no había nada, solo la oscuridad de la
noche.
-
¿Me escuchas? ¿Contesta? No tengas miedo. (Nuevamente me hablo la
voz.)
-
¿Miedo? (le respondí inmediatamente)
-
¿Tu sabes de que estoy hablando?
-
No deseo hablar más contigo. Estoy un poco fatigado.-
-
Espera los últimos segundos. (Dijo.)
-
¿Qué importa?, yo ya sé cual será el final.-
-
Es sorprendente, pensé que te negarías en el último momento, me
voy.-
-
Bien. (Dije.)
-
Oí su voz que comenzaba a vibrar en todo mi cuerpo y decía.-
-
Anda y clávate el cuchillo. Tú sabes en que sitio.-
Se
hizo un silencio profundo y el silbido de la tetera lo cortó
violentamente.
Siento caer una gota fría sobre mi columna vertebral y va bajando
lentamente hasta la última vértebra. Miro a mi alrededor, veo la
máquina de escribir que no ha terminado una frase, los manuscritos
esparcidos sobre la mesa y los libros cerrados, el sofá vacío en su
sitio y mi cuerpo flácido con los brazos desgonzados que cuelgan de
los hombros, la cabeza hacia atrás recostada sobre el sillón y con
los ojos cerrados, entre la oreja izquierda y el hombro veo correr
un hilo de sangre y un pedazo de espejo clavado en mi garganta.
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