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Las musarañas
Un
cuento del escritor serbio Ratomir Rale Damjanovic
Traducción de Biljana Bukvic
bukvic@EUnet.yu
La
llave media en la cerradura superior, dos vueltas a la derecha, en
dirección opuesta; la grande, en la mediana, dos veces a la
izquierda, y una vuelta más hasta que no se oiga el sonido de las
rejas invisibles que en forma de cruz vinculan la puerta con la
pared, la pequeña, amarilla, en la cerradura inferior y después, dos
movimientos a la izquierda. ¡Crac! a la izquierda, ¡crac! a la
derecha, arriba–abajo, la cerradura superior – la llave inferior, la
cerradura inferior – la llave mediana con la fundita amarilla...
Cada vez con más frecuencia alguien roba las bombillas en el
entrepiso, así que, en el corredor semioscuro, ni su papelito le
ayuda mucho. Más invoca en la memoria la distribución de las
cerraduras que lee lo que se ve escrito. Como aquel famoso director
que, ya delante de la orquesta, primero sacaba un papelito del
bolsillito de su frac concentrándose en él por un momento y sólo
después de doblarlo cuidadosamente y de volverlo de nuevo en su
bolsillito, levantaba su batuta y daba la señal a la orquesta. El
misterio se descubrió después de la muerte del maestro. “A la
izquierda: los violines, a la derecha: los violonchelos”, estaba
escrito en el papelito, pero ¿cómo se llamaba aquel director? ¿Y
dónde había leído esa historia?
Al resolver el enigma de las cerraduras, iba a por su amigo
Janko, y después se dirigían ambos hacia la taberna danubiana cerca
de la Antigua Capitanía. Si no lo lograba, cerraría tan sólo la una,
aquella antigua suya, cuya llave es como cualquier otra y no grande
y complicada como si fuese para abrir el universo. Lo único
importante era recordar eso. En caso contrario, al regresar,
mientras intentaba abrir las no cerradas, las enmarañaba tanto que
apenas entraba en su piso.
Es verdad que pasó unas noches en un banco junto a orillas del
Danubio, pero todo lo demás está bien. De vez en cuando pierde el
rumbo, pero todavía se vale solo.
Las nuevas cerraduras fueron idea de su hija, para que se
asegure bien mientras está en el barco, lejos de casa, aguas arriba
o aguas abajo... Y adentro no hay nada excepto los mapas fluviales,
un uniforme de capitán, los libros que compraba en los puertos, un
poco de dinero que guarda en un cajón abierto para no olvidar dónde
lo dejó y un televisor viejo en el que se ven malas noticias y
mujeres semidesnudas. Podía haber comprado en uno de los suburbios,
por la misma cantidad de dinero, un piso dos veces más grande pero,
así está en el río, en su cabina de capitán en el quinto piso con
una gran vista al Danubio. Cerca del restaurante “Venezzia” y del
club de remo “Radetzky” donde se reunen lobos del río. Al frente de
la Isla de Guerra. No lejos de la desembocadura del Sava en el
Danubio. Al pie de la Torre de Sibinyanin Janko y Gardos, desde
donde las campanas de la iglesia vigilan las orillas. Con vista a la
Fortaleza de Kalemegdan, donde el tamiz histórico es el más denso.
“Al pie de Belgrado, la ciudad gloriosa, clara y serena” –
recordaba ese verso de Orlando furioso de Ariosto – llevaban los
caminos de los ejércitos imperiales.
La
hora de Janko y de él era alrededor de las 11. Un cafecito y una
copita de aguardiente de uvas, sólo una, a las 12 el Informe sobre
nivel de aguas del transistor grande colgado en una columna de
hierro que “trabaja” todo el día, más tarde, la sopa de pescado, una
cerveza pequeña, la de los jubilados, los diarios, y pláticas,
pláticas...
Qué haría el ser humano con tanta pena en sí mismo si no
existieran palabras.
El Informe sobre nivel de aguas, que de costumbre escuchaba
hace años, ahora no es como antes, pero siempre algo hierve en él –
como si toda la cuenca fluvial esté en sus entrañas – cuando se
alborotan las aguas por el éter. Pero, antes eso sonaba diferente:
Ici Belgrade – Aquí Belgrado. El gong resonaba larga y ahogadamente
y la voz del locutor batía como con un mazo: “Un golpe en el gong
señalará las 12 en punto; el Informe del día sobre nivel de aguas
fluviales”.
El radio en los tiempos de postguerra estaba “encendido” todo el
día, así que parecía que esa emisión de mediodía, avanzaba por el
éter como derribando algún dique invisible. Como si todas las aguas
corrieran por la voz del locutor, o como si el Mar de Panonia, del
cual apenas habían oído poco en la escuela, regresara por los lechos
de muchos ríos a su lugar natal conquistando jardines, huertos,
patios, casas... Disfrutaba del extraño juego de voces en el que se
alternaban y entremezclaban los nombres de ciudades y ríos...
Los ríos están bajando o subiendo, hay en todo eso un cierto
orden y principio, los barcos navegan, el Danubio inunda sus
orillas, pero no puede ir más allá de lo que se desbordó después de
la Gran Migración de 1690, cuando en Srem la peste causaba estragos.
Y los días corren, vuelan... El hombre siempre navega río abajo, a
pesar de esforzarse río arriba, es decir, de oponerse a la corriente
vital.
Janko es más un tipo de tierra firme, nunca subió a un barco,
pero le gusta mucho escuchar los cuentos de marineros. Con seguridad
que ya está inquieto, en su piso, esperando la orden: “¡A la
cubierta inferior, mi teniente!” “Radetzky” es la segunda casa de
los barqueros, pescaderos, jugadores a los naipes y jubilados. A la
entrada un letrero: “¡Prohibido hablar de política!” De pescados, de
fútbol, naipes, mujeres, remo, de pesca con caña, de barcos está
permitido hablar – de la política y de los políticos: no. Tampoco
del Gobierno, con el cual mantienen un pacto de no agresión. Algo
como una asociación por la paz, desde cuando las autoridades les
dejaron “Radetzky”, destruyendo todos los quioscos, cafés y bares
que brotaron arriba y abajo al lado del malecón. Para Zemun
“Radetzky” es una República de Dubrovnik cuya autonomía reconocían
dos imperios, así que el Gobierno municipal de Zemun tampoco tenía
otro remedio.
El vecino del piso inferior, cuya cara nunca ha visto a la luz
del día, le advierte de vez en cuando que cierre todas las
cerraduras y compruebe la cocina, aunque después de lo que le
ocurrió con la placa, ya no usa la cocina. El café lo toma con Janko,
la comida que le trae su hija – no la calienta nunca. Si cambia el
color u obtiene un mal olor, la echa a la basura, lava la vasija y
le dice a ella que se comió todo. Les llama regularmente, para que
su hija y su yerno no le visiten, pero él no contesta al teléfono.
No está en casa, está en “Radetzky”, mira las naves, los barcos, las
barcazas, evalúa tipo de cargas, la hora, su velocidad... Cuando
gimen o asesan.
Muchas veces recorrió por el Danubio aguas arriba y aguas
abajo.
El barco es su verdadera casa. Aun en los puertos, mientras
otros buscaban diversión, él prefería permanecer en su cabina. Se
sabía que le gustaba leer, particularmente desde cuando murió su
mujer. Estaba entonces muy lejos, río abajo, cerca de la Tabla de
Trayano. Necesitó tiempo para llegar al entierro, lo cual su hija no
le perdonó nunca. Y parece que tampoco Dios, puesto que desde
entonces empezó a irle mal. Se le mezclaron las orillas, la brújula
se echó a bailar delante de sus ojos, se le confundieron los días y
los años.
Los médicos le encontraron una enfermedad en latín: la
demencia.
En otras palabras: pensar en las musarañas. O el naufragio.
Así empezó. Arribó a un cabo de miedo e inseguridad. Como el
barco perdido del poeta. Los lobos marinos recitaban sus versos en
cantinas de puertos:
“Harta de la vida, temiendo a la muerte, como
un barco perdido con el cual juega la marea,
para pavorosos naufragios mi alma se prepara.”
Duró mucho esa prematura agonía de jubilado, hasta que
descubrió “Radetzky”, la nave de Zemun en tierra, a la que tenían
acceso y las mujeres. Habían unas de voz ronca.
También otras, de faldas cortas, que llevaban los tripulantes
jóvenes.
Los
marineros creen que la presencia de una mujer en el barco anuncia
desgracia. Si no en el río, con seguridad más tarde, en tierra. En
casa, fuera de casa, en cualquier lugar algo ocurriría, solían
decir, y tenían razón. Siempre ocurría algo.
Las botellas se abrían en la orilla, cerca del barco, y a veces
una moza vestía el uniforme marino sobre su cuerpo desnudo. Una vez,
en Veliko Gradiste, él también llevó una muchacha a la cubierta. Un
encuentro casual en la biblioteca adonde iba para sacar o devolver
libros entre dos navegaciones. Se sabía en el puerto que al capitán
de “Dyerdap” le gusta leer, así que le dejaban las nuevas ediciones.
Ella quería ver el barco, sólo echar un vistazo a su interior, y
nada más, pero embriagada de vino tinto quería también algo más de
lo que él quería. Después se durmió con su camiseta de marinero
puesta.
No volví a verla.
Cuando arribó de nuevo en Gradiste, salió a la orilla, dio un
paseo por las calles y los bares, visitó la biblioteca, pero ya
habían pasado tres meses. Bueno – dijo – las mujeres esperan a los
barcos en los puertos... Hay otros capitanes, él no es el único...
Seguramente ya había frecuentado algún barco...
Por un tiempo evitaba irse temprano a la cama, porque soñaba
con su rostro y ardía por su calor. Como si estuviera en la caldera
del Danubio.
Pronto se supo de ese su amor. Los marineros pitaban al pasar
junto a Veliko Gradiste.
Un día llamó a su puerta un chiquillo de unos quince años: “Es
usted el capitán Pavle?”, preguntó. “Sí, yo soy”, contestó mientras
observaba al chico. Le pareció conocido.
“¿Y su buque, se llamaba ‘Dyerdap’?”
“Sí, así se llamaba.”
“¿Tenía usted en su cabina el libro Martin Eden de Jack London?”
Martin Eden era de la estirpe marinera. También él, con la
tripulación de “Dyerdap” escuchó tantas veces el Informe sobre nivel
de aguas fluviales.
“Sí”, dijo, “tenía ese libro.”
Entonces el chico le dijo: “¡Hola, papá!”
Al día siguiente le llamaron los organizadores del encuentro,
felicitándole la paternidad; en la reunión anual de los jubilados
aquella era la broma principal.
Seguramente Jankan ha salido a comprar algo y aparecerá en cada
momento.
El Informe sobre nivel de aguas fluviales es para él como un
vínculo con su pasado y su buque en el exilio actual. Un retorno a
la infancia cuando en su patio, repitiendo tras el locutor los datos
de nivel, alternaba los ríos, los buques, las orillas y ciudades en
su entusiasmo infantil por la crecida imaginaria de las aguas. En
“Radetzky” le gastan pequeñas bromas pero siempre se callan y
tranquilizan cuando empieza la emisión, escuchando también ellos,
con una oreja, el Informe.
Quizá debería pulsar un poco más el timbre. Ya llevaba por lo
menos cinco minutos pulsando. Desde cualquier lugar adonde hubiera
ido su amigo, ya debería haber llegado y vuelto. Llamará con el puño
a la puerta, eso siempre se oye mejor.
¡Quizá se hayan cruzado! Seguramente bajó a comprar algo y lo
está esperando delante del edificio. O quizá... ¡Dios no lo
quiera!... se haya “acostado” para siempre...
“¡Capitán!”, le llamó alguien desde la oscuridad, “¿capitán,
está todo bien?”
Desde arriba prorrumpió un pálido rayo de luz.
Algún vecino de Janko, se diría, quien cuida de Janko como el
suyo lo cuida de él. Le pregunta si todo está bien.
Golpeaba demasiado fuerte a la puerta, pero no tenía otro
remedio cuando Janko no responde. Y el diablo nunca duerme. Le
gustan más los jubilados solitarios. De entre ellos se compran más
barato las almas.
Así le dice. Y se disculpa por el ruido.
“He venido a por un amigo, pero no está en casa.”
“Sí, lo veo. Pero, mi capitán, ésta no es la casa de su amigo
sino la suya. Ni siquiera se dirigió a casa de su amigo, está
llamando a su propia puerta.”
“¡No me diga! Es por eso que nadie responde.”
“Bueno...”
“Sí, sí, entiendo, no estoy adentro, pero es muy bueno que así
sea. Ya he comenzado a preocuparme por Janko. Y seguro que él está
preocupado por mí, preguntándose por qué me demoro. A las 12 se
emite el Informe sobre nivel de aguas.”
Tomado de Cronopios
Sobre el autor
Ratomir Rale Damjanovic – prosista y periodista. Ha publicado
las novelas: El asco (SKZ, 1995), La versión de Sancho (SKZ 1999,
Narodna knjiga 2001), El cielo sobre el circo (la novela para
jóvenes – Narodna knjiga 2004); las colecciones de cuentos:
Conmemoración (Beletra, 1993), La Noche Vieja (Rad, 1997), El solo
de Jonny (Rad, 2005); libros de ensayos: Unas palabras sobre la
lengua – dilo en serbio para que todo el mundo te entienda (Beletra,
1991; Cigoja, 2000), El habla de la poesía (Museo del Arte Teatral
de Serbia, 1997), De la recitación (Itaka, 2001), Homero, el
Ciclópeo y los serbios (Prometej, 2002). Redactó (con Sanja Cosic y
Novo Tomic) la antología SERBIA – el pueblo serbio, la tierra
serbia, el espíritu serbio en obras de autores extranjeros (Itaka,
1996-2000). Galardonado con el premio “Milos Crnjanski” en el campo
de la novelística. Su novela El cielo sobre el circo obtuvo el
premio “Rade Obrenovic” que se otorga en el festival Juegos
Infantiles de Zmaj a la mejor novela para jóvenes publicada en
serbio (2004). Durante treinta años se presentó como rapsoda
profesional en recitales solistas de poesía en el mundo entero.
Grabó en los discos y CDS versos de los poetas más conocidos del
mundo. En la actualidad trabaja como periodista en Radio Belgrado.
Por sus logros en el periodismo obtuvo el reconocimiento más
prestigioso de Belgrado – “El Premio de Octubre”. Vive en Belgrado.
Tanto en sus novelas como en sus cuentos Damjanovic trata el
mundo de los artistas, siendo la más conocida de sus novelas La
versión de Sancho (publicada en varias ediciones) en la que el
protagonista principal (el actor), un Don Quijote contemporáneo,
chocando con la realidad y con los molinos de los nuevos tiempos
quiere quitarse su armadura quijotesca, para librarse de su aspecto
de caballero de la triste figura y aceptar la filosofía y la
realidad de Sancho Panza.
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