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Pesadilla en el hipotálamo
Un
cuento de Julio César Londoño
Escritor
colombiano

Primero, un antecedente necesario. Soy un humanista, un erudito, uno
de los últimos representantes de estas especies que morirán con el
siglo y serán con los años una reliquia académica, una romántica
entelequia. Tal vez por esto mismo no le temo a la muerte. Tiemblo
en cambio de sólo pensar en un traumatismo cerebral, el golpe
preciso que borre de un tajo información atesorada en años de
aplicación. Imaginen lo que puede sentir una persona que al
despertarse una mañana y abrir el periódico encuentre que el
castellano de cada día es casi tan indescifrable como el sánscrito o
el pali; o que el álgebra elemental, la poética de Occidente, le
resulta de pronto más abstrusa que los diagramas del
estructuralismo, esa matemática del verbo; o que una serie de
palabras ya oscura –agua, cilantro, Rulfo, junio y las alondras– le
duele sin saber por qué.
Pero
bueno, dejemos esto aquí, no quiero parecerme a esos
prestidigitadores de la enumeración que relacionan sin sobresalto
alguno a Homero con Macedonio Fernández, al cristianismo con el
racionalismo, a Joyce con el agua, a la lógica con el sentido común,
a Ava Gardner con Teresa de Calcuta, a Arciniegas con la Academia de
Historia, a Poe con la novela negra, a Demóstenes con Barco, a los
tabloides con el Cantar de los cantares, a Borges con la crítica, a
Roma con la Meca, a la Meca con la Ceca y a la novela colombiana con
la literatura.
Todo
comenzó con los dolores de cabeza que fueron llegando como unos
golpecitos sordos y lejanos, y crecieron hasta alcanzar el estruendo
de una cantaleta interior, una ópera de cámara y un despertador
neumático reunidos, mas no recuerdo cuando advertí por primer vez
que estaba perdiendo la memoria –hasta el olvido puede ser materia
de olvido–. Recuerdo, sí, cómo comenzó: los acentos de algunas
palabras, los exponentes de los números, las comas de las frases,
los nombres de pequeños accidentes geográficos, los minutos de las
horas de las citas y la cifra de las unidades de las fechas
históricas fueron las primeras formas que se sumieron en ese triste
crepúsculo de la inteligencia. Pensé que eran secuelas del alcohol,
estimulante del que había abusado bastante en los últimos años, o de
la marihuana, arbusto del que me fumé varias hectáreas en mi
enmarañada juventud, pero los electros y las fantasmagóricas placas
de los médicos –Dios no nos falte con ellos– no revelaron nada.
Fisiológicamente mi cerebro estaba perfecto. No quise ir al
psicólogo. Si el psiquiatra es un Quijote despedazado por los
molinos de viento, el psicólogo es Sancho tropezando con la sombra
de esos molinos.
Un
día descubrí que los datos que olvidaba no quedaban borrados de una
manera completa sino como ruñidos parcialmente. Y una noche en que
estaba dedicado a la lectura aprovechando el silencio de las "altas
horas" como dicen los bardos, me pareció escuchar de las
profundidades del cerebro un crunch–crunch–crunch goloso. De pronto
lo vi claro. ¡Un gusano me estaba devorando las neuronas! No pasaba
un día sin que me percatara de algún olvido oneroso: el libro exacto
en que había escondido una suma importante; el capítulo en que
Sancho desface salomónicamente los entuertos de la Ínsula Barataria;
ciertos elementales y queridos algoritmos; el sabor de una fruta
escasa; la gracia de montar en bicicleta; el eco de la voz de una
mujer; el ya lejano rostro del abuelo.
Dije
que tuve la sensación de tener ruñida la memoria y así era,
literalmente hablando. El olvido es un fenómeno de carácter
continuo, no discreto,es decir que los seres humanos olvidan todo un
verso, el nombre de un autor, un compromiso, tomarse la pastilla, no
fracciones de estos sucesos, como era mi caso. Olvidaba un pedazo
del apellido de un amigo cercano, el objeto de una cita, una
fracción de hemistiquio, el agua de la pastilla, y con frecuencia la
palabra final de las frases que lograba recordar estaba roída con
descaro.
Por
supuesto que me abstuve de comentar con nadie la hipótesis de los
gusanos en el cerebro (ya es bastante vergonzoso llevarlos en el
estómago) pero fui capaz de demostrarla con rigor. Transcribí a
máquina sobre papel carta un soneto en versos alejandrinos que se me
estaba desdibujando. Recordaba todo el primer verso, doce sílabas
del segundo, diez y media del tercero, ocho del cuarto y así hasta
el último, del que sólo recordaba dos sílabas átonas. Parecía un
caligrama sesgado, como si el erudito bicho (porque luego descubrí
que era uno solo) se hubiese propuesto devorar el texto siguiendo
maniáticamente la diagonal de la página. Puedo asumir que el lector
coincidirá conmigo en que el olvido sigue siempre trayectorias
quebradas, irregulares, y que la posibilidad de que esa trayectoria
sea una recta perfecta y prolongada es muy remota.
Además de geómetra el bicho era esteta. Devoraba con avidez
poemas, ensayos y canciones, los rumiaba días, semanas, para escoger
al cabo como un frugal gourmet, como el más quisquilloso antólogo,
el mejor verso, una paradoja rutilante del ensayo, la frase más
feliz de la canción, y vomitar el resto, que luego aparecía por allí
en algún recodo de las circunvoluciones de mi ruñido cerebro en
montoncitos ininteligibles de letras, claves y notas.
De
todas las expresiones numéricas que guardaba mi cerebro (y no eran
pocas) su favorita era la fórmula de Euler,
e? i + 1 = 0,
que es
considerada la más bella de las matemáticas porque reúne con
brevedad y sencillez cinco famosas entidades: ?, cero, e –la base de
los logaritmos naturales–, i –la unidad de los números imaginarios–
y el uno, la unidad de los reales. Ahí está todo. Le gustaba tanto
que en vez de ruñirla la lamía –como hace el niño con el chocolatín
para que no se le acabe.
Si
en un principio los estragos del gusano afectaron principalmente mi
vida intelectual, pronto sus efectos se extendieron a los más
elementales actos de la vida diaria. A veces se me olvidaba caminar
en mitad de un paso y me quedaba con un pie suspendido en el aire
ante la mirada compasiva de los transeúntes. Una amiga muy bella,
pobrecita, también resultó afectada. Un día le mandé un fax a la
oficina: "sueño con una fiesta para dos / con vino, velas, música y
vos". Por la noche vino a mi apartamento. La recuerdo en el umbral
de la puerta con su rostro de virgen fatal enmarcado entre dos
botellas de su vino favorito –su sonrisa luminosa encendía chispas
en el oscuro licor– y el blanco cuerpazo de insomnio ceñido en un
traje alto de seda turquesa –escotado, de tiritas, insoportable.
Conversamos primero de temas neutros, como dos animales exactos que
caminan en círculos sigilosos esperando un parpadeo del otro para
saltarle a la yugular. Yo salté primero, la toqué con rudeza y sin
palabras, mirándola fríamente a los ojos. Avergonzada, protestó
débilmente. Entonces le susurré ternuras obscenas, estruje la seda,
besé sus hombros y despedacé los encajes, y cuando la tenía ya
lúbrica, desnuda y paroxa se me olvidó de qué se trataba la cosa y
no pude entender qué significaban sus jadeos, lágrimas, insultos y
mordiscos. No me lo perdonó nunca.
Otra
noche sentí que una mano poderosa me apretaba la garganta. Desperté
congestionado. ¡Se me había olvidado respirar! Al día siguiente
decidí cortar por lo sano. Suprimirme. Reflexioné largo sobre el
método. Había que escoger el más seguro para no ir a fallar y añadir
a mis problemas de memoria la ceguera, la sordera o la invalidez. Un
amigo, un valiente teórico del tema, me aconsejó "la tina romana".
"Es simple –me dijo–. Te sumerges en la tina, que habrás llenado
previamente con agua tibia, te cortas las venas y te vas sumiendo en
un leve sopor. Es como flotar. Indoloro y efectivo. Era el método
preferido por los patricios en desgracia". Sonaba atractivo pero
rechacé su consejo porque es un método espantosamente lento. Tiene
uno demasiado tiempo para arrepentirse y salir corriendo para la
clínica manchándolo todo, salpicando el resto y exponiéndose a que
lo comparen con alguna malhadada actriz de televisión.
Los
venenos me atraían. Hay unos comprobadamente letales y vienen con
sabor a frutas. Fueron muy literarios en otros tiempos pero ahora
son propios de estratos deprimidos, y lo más probable es que uno no
aguante los últimos retorcijones, grite, y acuda algún entrometido
que lo salve. Luego el chisme, la compasión. No faltará quien
compare tu caso con el de una conocida actriz de reparto de
fotonovelas. ¡Además los vermes! La asquerosa idea de que a mi
muerte no sólo el cerebro sino todo mi cuerpo sería pasto de
gusanos, me desalentaba.
"Los
médicos no fallan –me dijo un viejito cínico–, visita uno". No seguí
su consejo porque desconfío de ese gremio, como habrán notado.
Siempre hacen todo al revés. Si matan al que quiere vivir, entonces
por crasa simetría deben salvar a quien quiere morir.
Al
fin me decidí por el procedimiento clásico, un tiro. La perspectiva
de terminar mis días propinándome un estruendo cerca del oído no me
atraía –sufro de fobia al ruido– pero mi armero de cabecera me
garantizó un silenciador absoluto. "Te puedes matar en la alcoba sin
despertar a tu mujer, tú sabes, ellas lo complican todo", me
aconsejó Alexis, un profesional que sabe que la principal
preocupación de los suicidas es la familia, el dolor que se causa,
la indefensión en que se la deja. Tal vez por esto me aconsejó una
bomba. Era costosa pero resolvía todos los problemas de una vez: el
dolor, la indefensión, etc. Era un loco, claro, de modo que le
compré el silenciador, arreglé mis asuntos y fijé la fecha. El día
señalado tomé una habitación de hotel, saqué el arma, me la llevé a
la sien y... ¡Zas! Se me olvidó a qué iba y qué hacía yo en un hotel
con ese artefacto en la mano, y regresé a mi casa perplejo y
estúpidamente feliz.
Concluí que era tiempo de tomar un vermífugo. ¡Había que matarlo a
él no a mí! (la cobardía es la musa de la inteligencia). Era algo
tan sencillo que no me explico cómo se me había pasado. Así somos
los suicidas, ilógicos, obsesos, condenados a errar en círculos
hipnóticos, incapaces de optar por la tangente de la salvación
presos de una fatalidad centrípeta.
El
farmaceuta me recomendó un vermífugo caro. "Es lo último", me dijo y
yo creí advertir en esas palabras un sentido grave y premonitorio.
Lo tomé con aplicación durante quince días sin resultado. Doblé la
dosis y logré arruinarle el apetito. (Algo es algo, como dice la
irrefutable tautología popular, que nunca yerra porque jamás
apunta). Y si bien no fue capaz de devorar más información, aún
podía rebujarla: arruinaba la ortografía de documentos importantes,
trastocaba los números telefónicos, y con frecuencia invertía la
secuencia lógica de los actos cotidianos, de manera que yo terminaba
poniendo los huevos en la estufa antes de colocar la sartén,
vistiéndome para bañarme, cepillándome antes de comer, poniéndome
las medias sobre los zapatos. Era exasperante. En el trabajo... ¿De
qué hablábamos? En fin, lo cierto fue que un día, ya desesperado, me
tomé un vermicida para caballos. Sabía a fuego con enjundia, me
provocó gastritis y una jaqueca que me puso a llorar pero supe que
le había hecho mella porque en la noche lo sentí revolcarse por toda
la corteza superior. Calculé que podía matarlo con un par de tomas,
sólo que no estaba muy seguro de sobrevivirlo. Por lo pronto el
animal se asiló astutamente en el hipotálamo, central cibernética
del cerebro. Como quien dice: "Nos vamos a hacer pasito ¿verdad?"
No
todo era negativo. En la época dorada de su voracidad había ingerido
mucha información inservible, "cucarachas" que tiene uno en la
cabeza ocupando valiosos bytes: literatura neoclásica, filosofía
moderna, una frase insulsa de un fulano intonso y que por alguna
sinrazón se ha quedado grabada en la memoria, noticias de las
revistas del corazón, narrativa española, literatura europea del
siglo XVIII, poesía latinoamericana del XIX, nobeles, dramas de
Echegaray, memorias de prohombres, un crepúsculo mediocre que se
resiste a borrarse, el número telefónico de una ex cuya fealdad aún
me avergüenza, el sabor de la Emulsión de Scott, una escena de tango
que vuelve una y otra vez, versos de Nicolás Guillén y sernadas de
Ramón Gómez aferradas como garrapatas a una neurona zonza. A veces
me hacía cometer lapsos certeros, como sucedió con una adolescente
tentadora cuya sonrisa estaba nublada por una empalizada de brakes y
a quien le dije un día, arrebatado, queriendo agradecer sus besos
inolvidables, "¡Tu recuerdo será inoxidable!"
Entonces decidí enfrentarlo psicológicamente. Me dediqué a
coleccionar fragmentos literarios donde los gusanos aparecen como
alegoría de todo lo despreciable y repugnante, y en las mañanas le
recitaba la creciente y mórbida colección. Hasta inventé un símil
para referirme a ese retorcido proceso que convierte el vigor y la
belleza de la juventud en decrépita vejez. "El hombre padece una
metamorfosis invertida –escribí– que de la prodigiosa mariposa de la
mañana hace el viscoso gusano de la tarde". Le leía trozos selectos
de Kafka y Cioran, y "gusano" se me volvió un adjetivo comodín que
usaba casi indiscriminadamente para calificar sujetos abominables y
sucesos ingratos.
Para
mi sorpresa, nada de esto lo afectó. Al contrario, lo noté
especialmente animado y de buen comer. Entonces cambié de táctica.
No volví a leer nada de Proust ni de Durrell, que le encantaban, y
me enfrasqué en los peores fárragos de la literatura clásica, amén
de códigos, minutas, directorios telefónicos, Lewis Carroll, el
Guinnes book, tablas de logaritmos, Bachelard, Bajtín, revistas
culturales y poesía centroamericana, amén de los ensayos de Paz,
Fuentes, Donoso, los dos Vargas, etc. Todo fue en vano, el bicho no
se inmutó y hasta encontró infinidad de perlas entre toda esa
hojarasca que me hicieron dudar del juicio que me había formado de
la obra de algunos autores. Además era inútil sitiarlo porque yo
mismo me había encargado de surtirle bien la despensa en casi
cincuenta años de aplicada lectura. Sentí envidia de esa criatura
exenta de afanes vulgares, que no veía televisión ni tenía que sacar
a pasear el perro ni hacerle la venia a notables nulidades ni
sacrificar buena parte de su tiempo en un trabajo mediocre para
sobrevivir, cuya vida estaba consagrada por entero a la ciencia pura
y al arte, que no tenía que ocuparse del manejo de los cacharros de
la tecnología, que usufructuaba olímpicamente de mis desvelos, cuyo
oficio era mucho más civilizado que el mío puesto que mientras yo
tenía que leer mucha basura él sólo leía y releía fragmentos
escogidos, y podía demorarse en un párrafo, regodearse en una frase,
acariciar recuerdos ya perdidos, amontonados en la trastienda del
inconsciente, quizá volver a sentir la hierba, el rayo de sol que se
filtraba entre los cabellos de una niña haciéndome entrecerrar los
ojos en una vacación remota y casi inocente.
De
pronto comprendí mi ingenuidad. Era inútil todo lo que intentara
porque nadie conocía mejor que él mis pensamientos. Era probable que
los conociera primero que yo... ¡Incluso que los manipulara! El
descubrimiento me derrumbó. Me sentí impotente. Violado. La
eventualidad de ser un títere, una marioneta manipulada por un
gusano, me sumió en una depresión rabiosa, ya no me atrevía ni a
pensar, la paranoia me estaba paralizando, llegué hasta contemplar
la posibilidad de consultar un psicólogo, ¡cómo estaría! Volví a
rumiar la idea del suicidio. Pensé volarme los sesos con una 9 mm
que nos desintegrara a los dos de una buena vez, quise ahorcarme,
guillotinarme, la cabeza se me volvió el objetivo, el bunker del
enemigo.
Un
hecho providencial me salvó. Descubrí que dormía doce minutos
exactos cada tres horas. Su frenética actividad lo obligaba a
descansar varias veces al día, siempre durante doce minutos exactos,
intervalos que aproveché para tramar el plan –que era simple,
inducirlo a abandonar mi caja craneana.
El
primer paso fue irme a la casa del páramo, errar por esos parajes
lunares, descender por el cañón empapándome de verde y agua, de sol
y pájaros, pateando bolas de cagajón seco y aplastando hormigas
grandes como grillos, robando frutos de arbustos indiferentes,
aspirando el olor a humus y arcilla roja, escalando las escarpadas
laderas del cañón para regalarme al fin la panorámica y tirarme boca
arriba en la hierba sin pensar en nada ni en nadie. No encendí radio
ni televisor en quince días. Cenaba con los peones en la cocina y me
quedaba con ellos allí, en torno al rescoldo del fogón, oyéndolos
comentar las faenas de las últimas jornadas –la vaca pintada se
había derrumbado; el gavión había resistido la primera crecida del
río; la cebolla estaba bonita–, y preparando las de los días
siguientes. A veces hablaban de amores, crímenes y aparecidos, pero
siempre se acostaban temprano y me dejaban luchando contra la
tentación de abrir los libros, fumando como un condenado por los
corredores hasta la medianoche, cuando me metía a la cama y lograba
dormir gracias al cansancio y al arrullo del río.
La
semana siguiente la dediqué a la música. Me levantaba tarde, abría
la ventana y el ruido de los pestillos provocaba la aparición casi
inmediata de una taza de café humeante sostenida por una criatura
diminuta de ojos grandes y limpios, pestañas indias y mejillas
chapeadas; daba vueltas (no concibo la vida sin un buen número de
vueltas inútiles por ahí) y si hacía sol me bañaba en la ducha del
patio interior; si no, esperaba que saliera y si no salía no me
bañaba. Desayunaba, me sentaba en la mecedora del extremo del
corredor, el mirador que domina el fértil y laborioso Cañón de
Tenerife, y escuchaba a Mozart, Dvorak, Vivaldi, Kítaro, en especial
las composiciones suyas que asociamos con la naturaleza en virtud de
tácitas convenciones semióticas que identifican los movimientos
rápidos y predominio de notas agudas (por ejemplo) con la alegría y
la primavera, y los lentos y graves con las tempestades del alma o
del cielo. El bicho debía estar perplejo porque no se movía, ni
devoraba ni trastocaba nada. Quizá habían llegado a su nariz ráfagas
de verde y sol, y sus miopes ojitos, que sólo habrían visto
penumbras rojizas, ya presentían paisajes de neblina, rocas, viento,
escarcha y frailejón.
La
semana siguiente la dediqué a la lectura de textos bucólicos: Las
geórgicas, Por el camino de Swann, María, Morada al sur, Hojas de
hierba, hasta que el bicho no pudo más y se asomó. Caminaba por la
cuchilla de la cordillera cuando sentí un hormigueo en el oído
derecho. Me detuve. Sentí que asomó la cabeza. (Era muy pequeña para
poder agarrarla. Esperé. Sudaba). De pronto arrumó sus anillos
posteriores, estiró los anteriores y sacó la mitad del cuerpo, lo
que aún no era suficiente. Yo estaba paralizado, no me atrevía ni a
respirar, un movimiento en falso y el bicho se espantaría. Era
probable que saliera un poco más y entonces sería fácil agarrarlo.
También podía suceder que, satisfecha su curiosidad, quizá
desencantado del yermo paraje, ¡regresara a su bien surtida
neuroteca para siempre! Esta posibilidad me aterró tanto que mandé
la mano instintivamente abandonando toda precaución, lo agarré de la
cabeza y jalé. Tenía 3 centímetros de largo y el aspecto típico de
un intelectual. Era flaco, pálido y cabezón. Pensé destriparlo ahí
mismo pero algo me contuvo. Quizá el pensar que en esa cabecita
frágil que latía asustada entre el índice y el pulgar de mi mano
derecha estaba ahora una parte considerable de mi base de datos fue
lo que me detuvo. Quizá ya lo consideraba una parte de mí. Busqué
una lupa y lo examiné. Su cuerpo era joven, esbelto y de una
transparencia didáctica pero su cabeza estaba muy arrugada y en sus
ojos brillaba una inteligencia que me aterró. Lo metí en un pequeño
cilindro de plástico transparente, lo tapé bien, le hice orificios
de ventilación, lo guardé con llave en la gaveta de la mesa en que
escribo, y esa noche dormí tranquilo por primera vez en mucho
tiempo.
La
tranquilidad, cualquiera lo sabe, es un desarreglo nervioso que no
puede durar mucho tiempo. En los días siguientes noté que mi memoria
y mi capacidad de análisis habían empeorado. Me sentí mucho más
estúpido que de costumbre. (He dicho que soy culto, no inteligente).
Antes, cuando el bicho anidaba en mi cabeza, me sucedía que de
pronto recordaba sucesos que había olvidado por completo, que
estaban definitivamente perdidos, y todo era porque él, harto ya de
esa información, la había vomitado y volvía a pertenecerme. Otras
veces ocurría que alguna de mis neuronas entraba en sinapsis con su
cabecita, operación que se establecía por el contacto de antenas y
dendritas, y yo podía utilizar su información. También podía pasar
que, movido por la piedad o la vergüenza, me ayudara con mis
investigaciones. Trataré de explicarme.
El
proceso de recordar siempre me fascinó. ¿Cómo recordamos
voluntariamente? ¿Cómo buscamos sin fichero, Internet, guías ni
códigos un dato rebujado en la memoria? Vamos por la calle, nos
cruzamos con miles de personas cuyos rostros pasan por nuestra
retina sin romperla ni alarmarla. De repente uno de ellos dispara la
alarma. En fracciones de segundo el cerebro ha encontrado en su
archivo ese rostro y nos grita: ¡Yo conozco esa persona! ¿Dónde la
he visto? Por supuesto no es un amigo ni una celebridad, es un
rostro clasificado de alguna manera en algún rincón de la memoria.
Los esfuerzos que hacemos por recordar son vanos porque carecemos de
método para hacerlo. El único "método" que empleamos es una especie
de pujo mental acompañado de sudación, ansiedad, neurosis y mordida
de lengua, comida de uña, tamborileo de dedos o algún tic
equivalente. No tenemos clasificados los rostros por fechas, razas,
eventos, fisonomías ni orden alfabético –orden que, por otro lado,
de nada serviría en este caso. Resignados, aunque "picados",
seguimos nuestro camino. Lo que ignoramos es que este pique es un
reto para nuestro cerebro, quien lanza un haz de avisados
bibliotecarios hacia la memoria a frenéticas velocidades, como un
ejército riguroso que revisara una ciudad casa por casa en busca de
un personaje. El cerebro parece entonces una ciudad negra rasgada
aquí y allá por súbitos diamantes.
Nosotros, entre tanto, seguimos caminando, pensando en otra cosa –no
todos los bibliotecarios están comprometidos en la pesquisa– y hasta
nos olvidamos del asunto. De pronto ¡zas! ¡Claro, fue en la fiesta
de Maritza! Así es como recuerda usted, señor lector, y así
recordaba también yo antes del bicho, porque después de él el
recuerdo, el zas, me llegaba con un informe exhaustivo del dueño del
rostro, de Maritza y de todos los invitados, y esto, es obvio, sólo
le sucede a quien tenga la desgracia de tener un gusano sabio en la
testa.
Esos
tiempos habían quedado atrás. Ahora recordaba como cualquier mortal
–un poco peor, para ser exactos, pues ya no había sinapsis ni
hallazgos repentinos ni lapsos por el estilo de "¡Tus besos
inoxidables!"; mis asociaciones y metáforas daban grima, y tal vez
no hubiere ya, tampoco, el apagón providencial que me salvara del
próximo pistoletazo. Además estaba ese vacío allí, el no–bicho, algo
como ese hueco en el alma que deja un amigo muerto. Porque, ¿cómo no
simpatizar con una criatura que ama a Durrell, Proust y la fórmula
de Euler en un mundo famosamente vano, en medio de una especie
vertiginosa que corre hacia ninguna parte, cuyas opiniones están
dictadas por los noticieros como en cualquier opereta de ficción,
cuya fe no es sagrada, cuyas pasiones son lánguidas, su ética amorfa
y su becerro oro goldfille? ¿Cómo no asombrarse de los hallazgos que
él hacía en libros que yo había recorrido sin hallar absolutamente
nada? ¿Cómo no agradecer esa mano crítica que separaba con precisión
el oro de la escoria, que no temblaba al censurar un antiguo ni
dudaba para aplaudir un contemporáneo?
Lo
cierto es que un día que llegué a la casa con unas copas me encontré
de pronto llorando con el cilindro en la mano, confiándole mis
cuitas al gusano sabio. Lo saqué de su prisión, lo contemplé con el
amor que inspiran la inteligencia y la fragilidad de los insectos,
esos pites inocentes y prodigiosos, y lo puse con cuidado en el
pabellón de la oreja derecha –no fuera a caerse y sufrir un
traumatismo cerebral–. El bicho pasó de inmediato a su gabinete, no
sin antes limpiarse las patitas en el umbral, acto que me estremeció
de ternura y cosquillitas.
Las
cosas han vuelto a la "normalidad". Aunque mi amnesia empeora, las
sinapsis son cada vez más frecuentes y de mejor calidad. Y si bien
mi ruñido cerebro es menor cada día, el suyo crece y sus
razonamientos son muy buenos porque no están entorpecidos por
prejuicios de ninguna clase ni por el necio narciso de la especie
humana. Quizá sea él quien me dicta estas líneas.
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