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El
Descubridor del Mar del Sur
Por
Jairo Aníbal Niño
escritor
colombiano
A sus
oídos llegó un rumor como el que levantaría una poderosa
conversación de pájaros. Luego percibió un resplandor azul detrás
del cerro.
Vasco
Núñez de Balboa detuvo la marcha de su tropa. Desmontó y lentamente
levantó la cabeza en dirección de la cima erizada de arbustos
espinosos. Desde allí tendría la fortuna de ver las aguas del nuevo
mar. El sería el primero en vislumbrarlo y reclamaría la gloria de
su descubrimiento.
Ese
sueño había estado navegando tercamente en su ánima desde el día en
que un indio le habló de un océano tan grande como el mundo, que
estaba en algún lejano lugar del occidente, detrás de las montañas.
Vasco
Núñez, ante esa noticia, sintió en su corazón de tahúr que un as de
oros había llegado a su mano y se dispuso a jugarlo de la mejor
manera posible, con el fin de ganarle esa partida al destino.
El juego
había sido largo, sangriento y azaroso. En una ocasión, una india
con figura de sota de copas estuvo a punto de matarlo al ofrecerle
una vasija con licor emponzoñado, y no podía olvidar el abrazo de la
gigantesca boa que, como un sinuoso as de bastos, intentó
estrangularlo.
– ¿Lo
acompaño? –preguntó con ansiedad el clérigo Andrés de Vera.
– No.
Todos ustedes esperan en este lugar. Me pertenece el derecho de que
mis ojos sean los primeros en ver el mar del Sur y descubrirlo.
El perro
Leoncico lanzó un gruñido sordo y Vasco Núñez de Balboa sonrió al
comprobar que su bestia lo estaba respaldando.
El
enorme animal se colocó frente a la tropa y se echó en el suelo.
Leoncico era uno de los más despiadados combatientes españoles. Un
escribano puntilloso que los acompañaba y que tenía la manía de
contabilizarlo todo, ya había perdido la cuenta de los indios caídos
bajo sus dentelladas. El animal crecía todos los días en astucia y
en fiereza. Sus dientes habían adquirido un ominoso color rojo. Sus
fauces abiertas mostraban dos amenazantes hileras de rubíes
afilados.
–
Cristóbal Colón descubrió una nueva tierra. Yo voy a descubrir un
nuevo mar. Ojalá un hijo mío descubra un nuevo cielo –dijo Núñez de
Balboa al emprender el ascenso.
Los
miembros de su tropa permanecieron inmóviles. El viento sopló con
fuerza y trajo agridulces perfumes de la selva.
– Huele
a mujer pichona –susurró un soldado.
– Huele
a presentimientos –musitó otro.
– No. Lo
que olfateamos es el rico sudor del oro –dijo el clérigo.
Andrés
de Vera, alto y flaco, tenía la sotana arremangada y sujeta a la
cintura con un bejuco de agua. Completaba su atuendo un casco de
fierro, botas altas y un gran crucifijo de acero que pendía de su
cadera como una espada. Cayó de rodillas y cuando los demás lo
imitaron, comenzó a rezar en voz alta. Fervorosamente sostenía en
sus manos un rosario hecho con pepas de oro, perlas, y zafiros
blancos.
Sobre el
horizonte surgió una bandada de aves. Daba la impresión de que no
volaba sino que caminaba sobre el aire con sus anchas patas en forma
de platos. Los pájaros se alejaron prontamente caminando sobre los
altos cielos de la selva.
Núñez de
Balboa apuró el ritmo de su trepada. Todas sus pasadas fatigas se
transmutaron en un ansia acezante que le llenaba la boca con un
sabor a frutas de polvo. Se le dulcificaron también los recuerdos de
los pantanos, los insectos, las víboras y los bosques tan altos y
tupidos que caminar por ellos era hacerlo a través de una noche
oscura. En esas ocasiones los indios guías repartían ramas de
árboles fosforescentes que los hombres se colocaban a manera de
lámparas en el pecho. Al marchar cortando la noche tenebrosa de esas
selvas apretadas, parecía que cada hombre había cazado una estrella.
Rememoró de manera lejana los combates en los que los indios habían
caído bajo el fuego de los arcabuces, el filo de los aceros y la
ferocidad de los perros. Sin poderlo evitar, le llegó, también, el
retrato memorioso de la hermosa india Mincha.
Vasco
Núñez de Balboa estaba muy cerca de la cima del cerro y su cuerpo se
sacudió con una alegría y una exaltación nunca antes experimentadas.
El legendario y maravilloso mar del Sur estaba, por fin, a su
alcance. Nada ni nadie le quitaría la gracia de ser la primera
criatura venida del viejo mundo que lo acercaría por primera vez a
los ojos.
Se
detuvo un instante y vislumbró a sus hombres, que inmóviles, lo
esperaban abajo, al pie de la colina.
De
repente, una sombra pasó por su lado. El perro Leoncico, como una
exhalación, llegó a la cima y contempló la inacabable llanura de
agua del nuevo mar. Miró a su amo de manera desdeñosa y aulló
largamente. Abajo, la tropa se estremeció porque por primera vez
había oído el esotérico canto de los perros.
Vasco
Núñez de Balboa, presa la ira, la frustración y los celos,
desenvainó su espada para darle un golpe, pero lo detuvo el hecho de
pensar que no podía matar impunemente al verdadero descubridor del
mar del Sur.
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