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EL HOMBRE HONRADO
Un
cuento de Monteiro Lobato
escritor brasileño
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¡Excelente sujeto! De allí nada malo viene al mundo. ¡Y honrado!
¡Ah, eso sí, honrado como no hay otro!
Era
lo que todos decían de Juan Pereira.
Juan
Pereira trabajaba en una repartición pública. Estuvo primero en una
escribanía, y después en el comercio, como dependiente del emporio
El Emperador del Calzado.
Dejó
el emporio por discrepar con la técnica comercial del “emperador”,
que aplicaba con fervor el viejísimo lema: gato por liebre. Y dejó
la escribanía por no conseguir aumentar, con sumas extras, el lucro
legal del honradísimo escribano, porque el muy ingenuo se atenía al
reglamento de costas, como si aquello fuese la tabla de Moisés.
Había
ingresado a la repartición como amanuense, hacía ya unos diez años,
sin conseguir dar un paso adelante. Nadie se empeñaba en su favor,
pues por honradez, no por orgullo, era incapaz de recurrir a los
expedientes empleados con tanto acierto por sus compañeros en la
lucha por el ascenso.
—Quiero ascender por merecimiento, legalmente, ¡hon-ra-da-men-te!—
solía decir, provocando sonrisas piadosas en los labios de los que
“saben lo que es la vida”.
Juan
Pereira se había casado muy joven, por amor, pues no concebía otra
forma de casamiento, y tenía ya dos hijas señoritas. Como fuese
sobremanera corto su sueldo, la pequeña familia aliviaba sus
penurias con la renta complementaria de los trabajos caseros. Doña
Maricota hacía dulces, las chicas cosían, y así, empujaban a pulso
el carrito de la vida.
Vivían felices. Felices, sí. Ninguna ambición los atormentaba, y el
ser feliz reside menos en la riqueza que en esa resignación discreta
de los humildes.
—Mientras haya salud, todo va muy bien— era la frase de Juan Pereira
y lo suyos.
Pero
vino un telegrama...
En
los hogares humildes, el telegrama es presagio cierto de desgracia.
Cuando el mensajero llama a la puerta y entrega el papelucho verde,
los corazones laten violentamente.
—¡Qué
será, Dios mío!
Pero
aquel no anunciaba adversidad alguna.
Un tío
de Juan Pereira, residente en el interior. Lo invitaba para actuar
de padrino en el matrimonio de una hija. La distinción era
inesperada. y Pereira, agradecido, fue.. En segunda clase,
naturalmente, porque nunca había viajado en primera, ni podía.
Bien
acogido, a despecho de su traje negro fuera de moda, ofició
gravemente de padrino. Dijo a los novios las humoradas habituales,
comió los dulces de la boda, besó a la ahijada, y al día siguiente
emprendió viaje de regreso.
Lo
acompañaron a la estación el tío y los novios, amables y contentos;
pero protestaron, mortificados, al verlo subir a un coche de
segunda.
— ¡No
permitimos! ¡Tiene que ir en primera!
—¡Pero si ya tengo el boleto de regreso!
—Eso
es lo de menos —replicó el tío—. Vale más el placer que el ahorro.
Yo pago la diferencia ¡No faltaba más!
Y
compró el billete de primera, meneando la cabeza:
—¡Este Juan!
Juan
Honrado, obligado así por primera vez en su vida, se instaló en un
vagón de lujo, y el confort del pullman, apenas el tren partió, le
llevó a meditar sobre las desigualdades de la vida.
La
Conclusión fue dolorosa. Verificó que la pobreza es el mayor de los
crímenes, o por lo menos el más severo e implacablemente castigado.
«Aquí, por ejemplo —reflexionaba—, en este coche de los ricos, hay
asientos con almohadones de plumas, aseo esmerado, ventanillas
amplias, criados a disposición de los viajeros. Lo mejor de todo.
«En
los coches de los pobres ocurre lo contrario y se percibe el
propósito de castigar con crueldad refinada el crimen de la pobreza:
nada de muelles en los trucks, para que el rodar áspero, trepidante,
haga padecer la carne humilde. En el banco de madera dura, todo
recto y anguloso, ni siquiera una cuenca que favorezca el reposo de
las nalgas. Bancos hechos de listones estrechos, separados entre sí
de manera que martirizan el cuerpo. El respaldo —una tabla a plomo—
llega sólo hasta una altura media, negando de esa manera la
limosnita de un apoyo a la pobre cabeza del “sentado”. Bancos en
suma, que más bien parecen concebidos para obtener el mínimo de
comodidades con un máximo de tortura. Las ventanillas, sin vidrios,
sólo con persianas se dirían hechas con el doble objeto de impedir
el recreo de la vista y de canalizar hacia adentro todo el polvo de
afuera. Nada de lavabos: el pobre se conserva mejor en la suciedad.
¿Agua para beber? ¡Que vaya a tener sed en casa de su abuela!»
Juan
Pereira sonrió. Acababa de ocurrírsele una linda “mejora" escapada a
la sagacidad de los técnicos: encauzar hacia dentro de los coches de
segunda la humareda caliente de la locomotora.
— ¡Es
increíble que todavía no hayan pensado en eso!
Se
acordó, después, de los teatros, y comprobó que allí era lo mismo.
Las galerías estaban construidas de modo de mantener viva en la
conciencia del espectador su odiosa condición de criminal.
—
¿Eres pobre? ¡Pues, toma! ¡Aguanta el dolor del lomo en el banco sin
respaldo, y resígnate a no ver ni oír lo que pasa en el escenario!
Juan
Pereira filosofaba aún estas desconsoladoras filosofías, cuando el
tren llegó.
Desembarcaron todos, a lo rico: paquetes y valijas a manos de
solícitos cargadores. Solamente él conducía la suya, pequeñita
maleta de cartón imitación cuero.
Salió
de la estación. En la calle, sin embargo...
--
Diario Popular, La Platea... ---voceaban...
... se
acordó del diario que compró durante el viaje y que había olvidado
en el coche.
¿Nada
vale un diario leído? ¡Sí que vale! Y tanto que Juan Pereira volvió
de prisa para buscarlo. Siempre es un pedazo más de papel en la
casa...
Al
entrar en el pullman vacío, tropezó con un paquete caído en el
suelo.
—
¡Vaya! ¡No soy yo solo el olvidadizo! --reflexionó, sonriendo y
recogiéndolo.
¿Qué
sería? La curiosidad no es privilegio de las mujeres. Pereira palpó
el envoltorio, lo olió y por fin rasgó, levemente, un ángulo del
paquete.
¡Dinero!
Era
dinero, en efecto. ¡Mucho dinero!, ¡Un dineral!
Juan
Pereira sintió como un temblor en el alma y sus mejillas se
encendieron. Si lo viesen en aquel momento, sólo en el coche, con el
paquete quemándole las manos... “¡Agarren al ladrón!” Olvidó el
diario leído y al instante partió en busca del jefe de la estación.
—¿Permiso?
El
jefe interrumpió el trabajo que lo absorbía. Lo miró con
displicencia y dijo:
—¿Qué
quiere?
—Encontré en un coche del expreso este paquete de dinero.
A la
mágica voz de dinero, el funcionario se irguió y abriendo
desmesuradamente los ojos en uno de los buenos asombros de su vida,
exclamó, patético:
—¡Dinero!
—Sí
dinero —confirmó Pereira—, en un coche del expreso... Regresaba de
Himenópolis. Y al desembarcar...
—Déjeme ver...
Juan
Pereira colocó sobre la mesa el envoltorio. El jefe, con sus
anteojos subidos sobre la frente, deshizo el paquete, y asombrado
vio que era, en verdad, ¡dinero, mucho dinero, un dineral!
Lo
contó con dedos trémulos.
——¡Trescientos sesenta mil reis!
Se
quedó pasmado. Miró fijamente a ese hombre tan extraordinario. Abrió
la boca. Después. Incorporándose, dijo con acento sincero,
extendiéndole la mano:
—Quiero tener el honor de estrechar la mano del hombre más honrado
con que jamás haya tropezado en mi vida. Es usted la misma honradez
personificada. ¡Choque!
Juan
Pereira se la apretó humildemente, y también las de los otros
auxiliares que se habían acercado, curiosos.
—Su
caso —-continuó el jefe— hará época. Hace treinta años que sirvo en
esta compañía y nunca tuve noticia de una cosa semejante. Dinero
perdido es dinero desaparecido. Sólo no ocurre así cuando lo
encuentra un... ¿cómo es su gracia?
----Juan Pereira.
—Un
Juan Pereira, el Honrado, ¡Choque de nuevo!
Juan
Pereira salió radiante de felicidad. La virtud tiene sus recompensas
—no hay que negarlo—— y la conciencia de un acto de aquellos crea en
el alma un inefable estado de éxtasis. Juan Pereira se sentía mucho
más feliz que si tuviese en el bolsillo, suya para siempre, aquella
enorme suma.
En su
casa narró el hecho minuciosamente, sin indicar, sin embargo, el
monto de lo hallado.
—Has
hecho muy bien —aprobó la esposa—. ¡Pobres, pero honrados! Un hombre
limpio vale más que un bolso de dinero. Siempre he dicho esto a las
chicas, y ahí tenemos el ejemplo de este vecino nuestro de la
izquierda, que es rico pero roñoso como un cochino.
Pereira la abrazó conmovido, y todo habría quedado en eso, si el
demonio no hubiese venido a hurgar la curiosidad de la honrada
mujer. Doña Maricota, después del abrazo, le preguntó:
—Pero, ¿cuánto había en el paquete?
—Trescientos sesenta mil reis.
La
mujer parpadeó seis veces, corno si le hubiesen arrojado tierra a
los ojos.
—¿Cuán... cuán... cuánto?
—¡Tres-cien-tos se-sen-ta mil reis!
Doña
Maricota continuó parpadeando durante varios segundos ofuscada. En
seguida abrió los ojos y la boca. La palabra dinero nunca le sugirió
la idea de cientos de mil reis. Pobre como era, dinero significaba
para ella diez, quince, veinte, a lo sumo treinta mil reis. Al oír
la historia del paquete, se imaginó que se trataba de algunos
cuantos mil reis, apenas. Cuando, sin embargo, supo que la suma
alcanzaba el vértigo de trescientos sesenta mil reis, sufrió el
mayor impacto de su vida. Permaneció algunos momentos como
petrificada, con las ideas fuera de su lugar. Después, volviendo en
sí de improviso, avanzó hacia el marido, y, en un acceso de cólera
histérica, lo tomó de la solapa del saco y lo sacudió nerviosamente:
--¡Idiota! ¡Trescientos sesenta mil reis no se entregan ni en la
mano de Dios! ¡Idiota! ¡Idiota! ¡ Idioooota!
Y
cayó en una, silla, presa de un llanto convulsivo.
Juan
Pereira se quedó pasmado. ¿Sería posible haber vivido tantos años
con aquella criatura y no conocerle todavía el alma a fondo? Trató
de explicarle que sería absurdo variar de proceder porque variaba la
cantidad. Que tan ladrón es quien hurta cien mil reis, como quien
roba un cuarto de mil reis; que la moral....
Pero
la mujer lo interrumpió con otra sarta de insultos y gritos
histéricos, y se retiró a su cuarto, mesándose los cabellos, loca de
desesperación.
Las
hijas estaban en la calle. Cuando volvieron y supieron lo ocurrido,
se pusieron inmediatamente del lado de la madre, iracundas contra la
tal honradez que las privaba de una fortuna.
--
¡Usted, papá!...
Juan
Pereira quiso imponer su autoridad paterna. Regañó y les hizo ver
cuán indecoroso era pensar de semejante manera.
Fue
peor. Las muchachas se echaron a reír con sarcasmo; después
suspiraron, el corazón puesto en la vida regalada que tendrían si el
padre hubiese tenido "mejor cabeza”.
—Automóvil..., un chalet en Higienópolis..., medias de seda.
—Sombreros de Mme. Lucille..., vestidos de tafetán...
—
¿Tafetán? ¡Seda lamée!
—
¡Niñas! —Exclamó Pereira—. ¡No permito!
Ellas
sonrieron y se retiraron de la sala, murmurando con desprecio:
—¡Pobre! ¡Hasta da lástima!...
Aquella nunca imaginada irreverencia le apenó más aún que el rechazo
de la esposa. ¿Por qué? ¿Tener aquella recompensa después de toda
una vida de sacrificios orientada por el culto severo del honor?
¿Insultos de la esposa, censura y sarcasmo de las hijas? ¿Se habría,
acaso, equivocado?
Comprobó
que sí. Se había equivocado en un punto. Debió haber entregado el
dinero en secreto, de manera que nadie tuviese noticias del caso...
Los
diarios del día siguiente comentaban el insólito acontecimiento
Alabaron con calor aquel ‘gesto raro, nobilísimo, revelador de las
finas cualidades morales que cimientan el carácter de nuestro
pueblo”.
La
mujer leyó la noticia en voz alta, durante el almuerzo y, como no
había postre, dijo a la hija:
—Oye,
Candoca: lleva este elogio al almacén y ve si nos compras con él
medio kilo de mermelada...
Juan
Pereira la miró con infinita tristeza. No dijo una palabra. Soltó el
- cubierto, se levantó, tomó el sombrero y salió.
En la
oficina se consoló. Lo recibieron con parabienes y elogios.
—Tu
acción es de aquellas que honran a la especie humana dijo,
estrechándole la mano, un compañero
Pereira se la estrechó, pero ya sin emoción alguna, prefiriendo en
lo íntimo que no le hablasen de eso.
Todos
se manifestaron curiosos de saber cómo había sido “la cosa”, y lo
rodearon.
--
Cuéntanos sin escatimar pormenores, Pereira.
—-Muy
sencillo —respondió, secamente— Encontré un paquete de dinero que no
era mío, y lo entregué. Eso es todo.
—¿Al
dueño?
— No.
A un jefe, allá...
——Muy
bien. Pero escucha, no debiste haber entregado el dinero antes de
saber a quién pertenecía.
—
Exactamente —añadió otro—. Antes de saber a quién pertenecía y antes
de que el dueño lo reclamase...
— ¡ y
probase, pro-ba-se que era suyo! —concluyó un tercero.
Juan
Pereira se irritó.
—Pero, ¿qué les importa a ustedes todo esto’? Hice lo que mi
conciencia me ordenó, y basta! No comprendo esa media honradez que
sugieren ustedes. ¡Qué diablos!
— No
se fastidie, compañero! Damos nuestra opinión acerca de un hecho
público que los diarios comentan. Usted es hoy un caso, y los casos
se
debaten.
El
jefe de la sección entró en ese momento, y la conversación cesó.
Cada cual ocupó su puesto y Juan se absorbió en el trabajo, con el
ceño fruncido y el corazón atormentado.
A la
noche, en la cama, más sosegada ya, doña Maricota volvió al asunto:
—Fuiste demasiado precipitado, Juan. No debiste darte tanta prisa
para entregar el paquete. ¿Por qué no lo trajiste a casa primero? Yo
hubiera querido, al menos, ver, tocar...
—¡Vaya una idea! Ver, tocar...
—Le
hubiera bastado a una pobretona como yo, que nunca palpó un billete
de cincuenta. ¡Trescientos sesenta mil reis!
— ¡No
suspires de esa manera, Maricota! Basta con la escena de ayer...
—
¡Imposible! Es más fuerte que yo...
—Pero, ven aquí, Maricota. Sé sincera, ¿te parece que hice mal
procediendo honradamente?
—Me
parece que debías haber traído a casa el dinero, y consultarme.
Hubiéramos guardado el paquete, esperando que el dueño lo reclamara
y pro-ba-se que era suyo...
—Era
lo mismo. Ese dinero nunca sería mío.
—Quedaba siéndolo. Mira, Juan, tú nunca has pensado bien. No tienes
buena cabeza. Por eso vivimos esta vida miserable, comiendo el pan
que el diablo amasó...
—¡Vida
miserable! Siempre fuimos felices. Nunca nos dimos cuenta de que
éramos pobres...
Sí. Pero ahora me doy cuenta, porque sólo ahora se nos presentó la
ocasión de enriquecernos. Fue la grande que Dios nos mandó.
--¡Dios!
—Dios, sí, y tú lo ofendiste dándole un puntapié. Podíamos ser ricos
hoy, haciendo caridad, beneficiando a los enfermos... ¡Cuánta cosa!
Pero, la tal honradez... ¡La tal honradez!
—Sí.
Todo tiene su valor en la vida. Ladrón es quien hurta un peso; pero
quien roba mil es caballero. Mira a tus compañeros: Nuñez, que
empezó contigo en la escribanía, ya hace roncar su automóvil propio
y tiene casa.
—
¡Pero es un ladrón!
—
¡Qué ha de ser! Claraboya, ese tiene ya una fábrica de sombreros.
Miguel, hasta quién, santo Dios!, compró, días pasados un terreno en
Villa Mariana...
—
¡Pero ese es un circulador de billetes falsos, mujer!
—
¡Nada de eso! Tiene buena cabeza. ¡No es un cretino como tú!
***
Y ya
no tuvo compostura la vida del hombre honrado. ¡Adiós, paz! ¡Adiós,
concordia! ¡Adiós humildad! La casa se transformó en un perfecto
infierno. Sólo oía suspiros, quejas, palabras duras. Perdió la
esposa. No conseguía reconocer a la dulce compañera de antaño en la
mujer amargada, irreductible de ideas, que la visión de los
trescientos sesenta mil reis había hecho nacer en su mente.
Y
aquel coro que con ella hacían las hijas siempre irónicas,
sarcásticas...
—El
vestido de Climenes costó cinco mil reis. ¿Cuándo tendremos uno así?
—Pues, mira: a veces uno encuentra en la calle vestidos así, no uno,
sino centenares.
Pero, ¿qué se consigue? Encuentra. Pero desencuentra...
Y
suspiraban.
También en la repartición se acabó el sosiego. Todos los días lo
torturaban con alusiones e indirectas irónicas.
Cierta vez, uno de sus compañeros dijo apenas entró:
—
¿Saben una cosa? Encontré en la calle un lindo broche de brillantes.
—Y
está claro: se lo llevaste inmediatamente al jefe, digo, al Gabinete
de Objetos Perdidos.
— ¡No
soy ningún tonto! Lo llevé..., al monte de piedad. Me dieron
trescientos sesenta mil reis, y los convido a una francachela el
domingo próximo.
Y
volviéndose hacia Juan Pereira, con guiñadas a los compañeros,
añadió:
-- ¿Tú
también irás, verdad. Pereira?
El
mártir no respondió, fingiéndose absorto en el trabajo.
—No
nos honra. Es un hombre honesto... Raza privilegiada, superior, que
no se mezcla... ¡Pues nosotros vamos a beber copiosamente, a
bebernos el broche enterito! No todos nacen con vocación para santos
del calendario...
Lo
peor fue que desde el malhadado hallazgo. Juan Pereira empezó a
decaer socialmente. Parientes y conocidos no hacían ya caso del
tonto.
Si
alguien recordaba su nombre para algún negocio, era fatal la
sonrisita de piedad.
—No
sirve… Es un pobrecito...
Se
convencieron todos de que Juan Pereira no era "un hombre de su
tiempo”. El secreto de todas las victorias está en ser un hombre de
su tiempo.
Seis
meses después el descalabro doméstico era completo. Perdida la
alegría de antes, doña Maricota se mostraba agria de genio. Vivía
desalentada, ociosa, descuidaba los quehaceres domésticos.
Suspirando siempre.
—
¿Para qué luchar? Nunca saldremos de pobres... Las ocasiones no se
presentan dos veces, y quien deja de agarrarla de los cabellos está
perdido.
Aquel
abandono agravó la situación económica de la casa. Todas las
obligaciones recaían ahora sobre el jefe, cuyo sueldo no aumentaba.
Juan
Pereira le tomó asco a la vida y perdió el ánimo de vivirla hasta el
fin. Deseó la muerte y acabó pensando en el suicidio. Sólo la muerte
pondría término a aquel constante martirio, excesivo para un alma
bien formada como la suya.
Un
día el propietario de la casa aumentó el alquiler. Doña Maricota dio
la noticia al marido, llena de indiferencia.
—Estuvo el dueño de casa, y dijo que a partir del próximo mes, serán
siete mil reis más...
—¡Siete mil reis más! ¡De lo contrario, a la calle!
—
¡Pero eso es una explotación inicua! —Exclamó Pereira—. La casa es
una ruina, y nosotros no podemos, positivamente, no podemos...
—Así
es. Y cuando uno de esos demonios pierde paquetes, porque como tú
bien sabes, solamente ellos tienen paquetes como aquel para perder,
todavía aparece quien se los restituya. ¿Ves ahora cómo forman ellos
los tales paquetes? Arrancando el pan de la boca de unos míseros
como nosotros, de los honrados.
—
¡Por el amor de Dios, Maricota, no me hables más así, que soy capaz
de una locura!
—Estás arrepentido, ¿verdad? ¿Te convenciste de que eres un tonto?
Pues cuando encuentres otro paquete haz lo que harían todos:
metértelo en el bolsillo. Quien roba a un ladrón tiene cien años de
perdón.
Estaban sentados a la mesa, solos, bebiendo el magro café de la
noche.
—Y
todavía no sabes una cosa —prosiguió como indecisa, después de una
pausa.
--
¿Cuál?
—
Ignacita me dijo que ya andas con un apodo en las espaldas...
—
¿Qué?
—
¡Juan Tonto! Nadie dice Juan Pereira...
El
mártir se levantó de pronto, movido por un violento impulso
interior.
—
¡Basta!—exclamó en un tono de desvarío que asustó a la mujer y,
soltando de golpe la taza, se retiró a su cuarto precipitadamente.
Doña
Maricota, casi clarividente, sostuvo su taza a mitad de camino de la
boca. Y así quedó, suspensa, hasta que cayó hacia atrás, sin
sentido.
Había
escuchado el disparo que acababa con el último hombre honrado...
MONTEIRO
LOBATO, uno de los más notables cuentistas brasileños de todos los
tiempos. 1882-1948.
Hacendado, se inició en la literatura como narrador y defensor de
las grandes causas nacionales de su país. Famoso en el mundo entero
por sus libros infantiles. Figuran entre sus obras más notables:
Vieja Praga; El Fierro y La lucha por el petróleo; Ciudades Muertas;
Negrinha.
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